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Se viene la Copa América, y después del Mundial de Brasil parece haber un nombre -además del de Messi- asociado inmediatamente con el seleccionado argentino que competirá por el trofeo en Chile: el de Javier Mascherano.

JEFELos periodistas Andrés Eliceche y Alfredo Ves Losada escribieron en conjunto, a cuatro manos y a dos orillas (uno trabajó en el país y el otro desde España) , una biografía del volante que publicó recientemente la editorial Planeta y que ya está en venta en todas las librerías del país.

Gentilmente, nos cedieron un fragmento de su trabajo para que podamos compartir con nuestros lectores. Les dejamos seis pequeños extractos que recorren la vida del hoy símbolo de la selección.

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SUB 15

Un viaje llamó al otro: en junio volvieron a Europa, ahora a jugar el Mundialito de Salerno, en Italia. Entonces vino el primer gran cambio táctico del equipo; Tocalli había decidido que

Mascherano y Colace compartieran el eje del campo. De los dos, Mascherano sería el de mayor despliegue defensivo, para cubrir los espacios que podían generarse en la línea de tres defensores.

Jugó con la camiseta 8: empezaba a ser titular.

En el segundo partido, Javier festejaría su primer gol con la camiseta nacional: corrió con la pelota dominada desde la mitad de la cancha y antes de pisar el área ¡pum!, derechazo y a cobrar. La bola se metió contra el palo izquierdo del arquero estadounidense. En la casa de los Mascherano, en San Lorenzo, también hubo festejos vía satélite, porque la señal TyC Sports emitía el amistoso en directo.

El jueves 8, un día antes de perder 2-1 la final contra Brasil, la Selección celebró el cumpleaños número 16 de ese chico serio, al que no le gustaba demasiado prenderse en las cargadas; ese chico al que algunos compañeros, en voz baja, con afecto y sin entender muy bien el significado de las palabras, llamaban «el autista». Una asociación libre que señalaba al diferente: Mascherano no era un adolescente rebelde, la norma de ese rango etario. Tampoco era autista, por supuesto: en todo caso, su mente huía hacia adelante. Hacia el futuro mediato, el tiempo en el que terminaría erigiéndose en el jefe supremo de la Selección argentina.

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RIVER

Donde más había notado que su debut oficial en River se demoraba era en la Selección sub 20. Ahí solía ser capitán de jugadores con muchas horas de vuelo en sus clubes:

 370285Mi situación era bastante incómoda. Pero no porque me lo hicieran sentir, sino porque yo me sentía raro de ver que todos jugaban en Primera y eran jugadores importantes en sus clubes y yo todavía nada.

Llevaba dos años entrenándose con la Reserva, y cada semana había creído que su estreno en las grandes ligas estaba cerca. En febrero de 2002 —el 02/02/02—, el entonces técnico Ramón Díaz lo había incluido en los 15 minutos finales en un amistoso contra Belgrano de Córdoba, en el Chateau Carreras. Pero por compromisos con la Selección, lesiones y turbulencias propias de River, no volvió a tenerlo en cuenta.

—Usted —le reprochó una vez Díaz— parece más un jugador de la Selección que de River. Va a tener que venir más a entrenarse porque si no, le va a ser muy difícil jugar.

El contexto también había alimentado su ansiedad: un mes antes, por ejemplo, Kun Agüero había jugado su primer partido en la Primera de Independiente con 15 años recién cumplidos.

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WEST HAM

Obviamente que era duro: venía de jugar un mundial que había sido bastante bueno, y llego a West Ham, y hago tres partidos y no juego nunca más. Era duro. Pero sabía que no me podía rendir.

Veía los partidos desde la tribuna y llamaba cada día a su representante para decirle que iba a volverse loco. Pero igual se mataba en cada trote, en cada pique. A medida que los días se acortaban y el invierno caía sobre Inglaterra, el mejor número 5 argentino de su generación tachaba como un preso los días sin ser tenido en cuenta:

Yo lo tomé como una prueba. Una prueba que quizás hasta ese momento era la primera, el hecho de llegar a Europa y encontrarme con esto, con que no juego. Siempre, en todos los equipos jugué; en éste, no. Bueno, hay que superarlo.

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BARCELONA

A la mañana siguiente, visitó el entrenamiento en la Ciudad Deportiva Joan Gamper. No estaban ni Messi, ni Milito, ni ninguno de los campeones del mundo españoles, porque habían
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sido convocados por sus selecciones. Javier también había sido citado por Batista, pero antes quería conocer personalmente al hombre que en dos años había armado un equipo de fantasía.

Llegó media hora antes del desayuno. Pep lo esperaba en su oficina. La escena era digna de Mad Men: luz tenue, zapatos a un costado, música clásica de fondo y un libro en las manos. Inmediatamente quedó claro que hablaban el mismo idioma. Desde ese instante, el jugador trataría de absorber cada consejo y también cada obsesión de su nuevo entrenador, tal como había hecho con otros pesos pesado como Pellegrini, Pekerman y Benítez.

El lenguaje del nuevo DT se parecía sobre todo al de Bielsa, y no por casualidad: es célebre la historia del cónclave entre el rosarino y el catalán en un campo santafesino un par de años atrás, cuando Guardiola y su amigo el escritor y cineasta David Trueba se encerraron 11 horas con el Loco para que les explicara cómo se hacía para diseñar un equipo de cazadores furtivos y luego dirigirlo honestamente en la picadora de carne del fútbol de élite.

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UN PIE AFUERA 

Javier hablaba mucho con Sabella. Cada vez se hacía más duro viajar 15 horas para sufrir como lo hacían por los resultados y por el recibimiento que tenían. Desde hacía mucho tiempo el dolor superaba la alegría. Y el número 14 creyó profundamente que era el final, como venía pensando desde la Copa América.

En las primeras charlas que tuve con Sabella, había una realidad: primero no sabía si el técnico iba a contar siempre conmigo. Y después, veía que dar vuelta la historia era muy difícil. Era una situación muy compleja.

El caso de Messi seguía siendo un enigma: cada semana se despachaba con goles en serie en los torneos europeos, pero su desempeño en la Selección seguía siendo irregular. Y si hay algo que el hincha argentino sabe hacer para tratar de mejorar el rendimiento de un jugador es insultarlo como a un criminal: el 10 era el blanco perfecto. En el resto del mundo miraban anonadados. Y al rosarino, que toda su vida había soñado con ganar un mundial, también empezaron a martirizarlo las hojas membretadas de la AFA.

Con Javier, eran dos.

Pero Alejandro, a través de su manera de manejarse y del vínculo que fuimos creando, me fue convenciendo.

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 CAPITÁN

A Mascherano no le hacía falta el brazalete elástico para que su rol de referente se notara. Y aunque cada vez que podía defendía el liderazgo de Messi, estaba claro que uno era clave para ganar, y el otro, también.

Lo tenía bastante presente el hincha, pero sobre todo lo entendía Sabella:

—La trascendencia de Javier en el grupo no cambió cuando le pasó la cinta a Leo: un capitán nunca deja de ser capitán. Sigue siéndolo. Hay tres tipos de capitanes: uno por lo que juega, otro por la personalidad, y un tercero, que es el que junta ambas cosas. Leo es el mejor jugador del mundo, y su peso es indiscutido: todos quieren que se sienta bien. Pero Javier seguía teniendo peso por lo que había representado y lo que seguía representando. Siempre demostró ser una persona honesta, de bien, un ser humano excepcional, un líder para el grupo fuera del campo y para el equipo adentro. Un jugador como él, con tanta trayectoria y tantos pergaminos, que trabajó con técnicos tan importantes, me fue útil para seguir creciendo como entrenador. Lo utilicé, en el buen sentido de la palabra. Él siempre fue muy abierto.

Sabella había hablado del tema con Guardiola y con Rafa Benítez en sus primeros meses, y a medida que el tiempo fue pasando, no hizo más que confirmar las palabras de ambos.

—Si fue tremendamente valorado por los técnicos que tuvo, y jugó en clubes tan importantes, es por algo. Las respuestas que me dieron Rafa y Guardiola fueron excelentes siempre. Así que dos más dos son cuatro.

Dos más dos: catorce.