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No todos los días se ve un camión en Brasil. Porque acá, a la altura de San Telmo, Brasil se pone angosta. Angostísima. El bocinazo lo escuché desde el baño compartido que me ofrece la pensión; estaba lavando a mano el otro par de medias, con un jabón blanco que había encontrado tirado en la ducha. Me vino al pelo.

Y digo el otro par de medias porque traje dos: uno lo tengo puesto. No sé por qué cuento estos detalles caseros; o sí: tal vez porque a ustedes los considero mi familia durante esta estancia en Buenos Aires que me proporciona Un Caño. A ustedes los lectores me refiero, que anoche vinieron a la puerta de “Saudade” a felicitarme por haber anunciado la proeza de Luisito Suárez. “No, bo’, no es culo, es conocimiento. ¡Vamo’ arriba!”, le contesté a un montevideano, afectando uruguayidad. Me regaló un kilo de yerba Canarias, el loco. “Soy Ariel Benega, Ariel Benega, no te olvides de saludarme”, me tironeó del gamulán un par de veces. Concedido.

Decía que el bocinazo lo escuché nítido, pero lejos estuve de pensar que yo era el destinatario. Golpeando las manos, entró a la pensión un hombre de flequillo inconfundible: era Julito López, un amigo de la adolescencia. Acababa de descargar novillos en Liniers y se le había ocurrido visitarme antes de volverse a Ameghino, nuestro lugar en el mundo. Le di un abrazo, todavía incrédulo, y no tardó en explicarme que llegó hasta la pensión gracias al dato que le había pasado mi hermano: “Está en Buenos Aires”, había sido la precisa contraseña. Corajudo como cuando jugaba de back en Atlético, allá en la liga del pueblo, Julito encaró con el Mercedes con acoplado por el centro. Un crack.

Él guarda un cariño especial por Uruguay desde unas vacaciones familiares en Santa Ana, cerca de Colonia, que lo marcaron. Nunca me lo confesó, pero siempre pensé que en esa playa había dado su primer beso porque cada tanto me hablaba de una tal Loreley Artigas. Vaya a saber, ideas mías. La cuestión es que, por Loreley o por el Maestro Tabárez, Julito quería ver el partido de la Celeste; pero no solo eso: también quería que fuera en un lugar bien oriental. Así que arrancamos para Medio y Medio siguiendo el consejo de Obdulio, el portero del edificio de al lado.

Propuse tomarnos un colectivo, ahora que me aprendí el recorrido del 29, mi preferido. Pero Julito quiso ahorrarme el viático y me obligó a subir al camión: encaramos por Independencia, cuesta arriba. Al cruzar 9 de Julio dejó de mirar el GPS, metió un volantazo y se montó al carril del Metrobús. Yo me empecé a peinar, consciente de que hasta la tapa de los diarios no parábamos, pero a las cinco cuadras se le dio por frenar de golpe. “Vamos, lo dejo acá que Evita me lo cuida”, se largó de un salto del camión, tirándole un beso a la imagen gigante que lo había impresionado en el edificio de un ministerio, razón de sus maniobras impropias. No sabía, hasta ayer, que Julito era peronista.

En Medio y Medio, los rituales uruguayos estaban a la orden del día. Había promotoras que enseñaban a cebar el mate moviendo el termo con la axila, imitadores de Gardel (no me vengan con la pavada esa que nació en Francia), videos con los goles de la última campaña de Rampla Juniors… De todo, bah. El clima igual era tenso, por más que las distracciones fueran varias. Es que había temor a que se infiltrara algún inglés, con tanto turista europeo que anda dando vuelta en estos tiempos. Por las dudas, a los cara rara se les pedía en la entrada que mencionaran un jockey: el que no contestaba “Irineo Leguisamo”, el nombre de aquel histórico jinete uruguayo, no tenía chances de ingresar.

Julito se comía las uñas, y cada tanto las mezclaba con un sorbo al chop de cerveza Patricia que se pidió para aflojarse un poco. El primer gol de Suárez lo sorprendió en otros menesteres: estaba discutiendo con un veterano sobre quién había sido mejor, si Maradona o el Ruben Paz. El encanto del fútbol es su carácter igualador, reflexioné mientras se abrazaban, olvidándose de todo, al son de la repetición de la tele.

Ya para el segundo tiempo, creyéndose realmente un uruguayo, mi amigo desplegó la bandera que traía escondida en la campera: “Piratas GO HOME”, se leía en letras rojas. Me empezó a dar un poco de vergüenza, aunque el lugar era un loquero de gritos de aliento. El gol de Rooney los aplacó un poco, hasta que llegó el milagro del segundo de Luisito. Ahí, lo reconozco, yo también me excedí en parte: no estuvo bien aprovechar el torbellino para comerme los maníes del fan del Ruben Paz. Cuando el árbitro pitó el final, me quise fundir en un sentido apretón con Julito, pero no pude; estaba en la puerta, intentando convencer a unos policías que nos habían seguido la pista.

Ojalá lo larguen pronto. Yo no sé dónde meterme el camión, imaginate el acoplado.

Día 9. Suiza mira el reloj y termina pidiendo la hora.