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La culpa la tiene Neymar.

Llegué a esa conclusión anoche, después de haberme convertido por un día en un improvisado jefe de prensa. Desde la mañana el teléfono había estado dele sonar en “Saudade”, la pensión que todavía me siguen pagando los de Un Caño para que yo cuente mis impresiones del mundial desde Brasil; la calle, sí, acá en San Telmo. El punto es que Elsa, la franquera de los fines de semana, estaba ocupada haciendo unas tortas fritas para mitigar el frío dominguero, y no me quedó otra que atender.

La verdad, no me sobraban actividades en la agenda, así que había decidido quedarme adentro, con ganas de ver “Héroes”, la película del Mundial 86 que me traje de Ameghino para matar los ratos libres. Los gritos de Valeria Lynch, Bilardo acomodándose la corbata, Francescoli abriendo bien esos ojos saltones, Tata Brown llorando… Cuántas emociones, que lo parió. Saqué un pañuelo de tela, busqué un huequito que había dejado sin usar en mi último resfrío y me eché a llorar como un marrano. Estar tan cerca de volver a vivir una final de un mundial me está matando en vida. Pero de lo lindo, digo.

No me quiero ir del tema: en un momento que puse la pausa para ir al baño escuché el repiqueteo de la campanilla del teléfono; como Elsa andaba con las manos engrasadas me mostré bien predispuesto a atender. En el fondo, les confieso, lo hacía con la esperanza de ligar una torta frita de rebote. Bueno, fueron ocho al final. La cosa es que atendí yo: era un periodista brasileño, desesperado por ubicar a Amarildo, el dueño de “Saudade”. Me sorprendió bastante, y por las dudas atiné a responder que el “señor” había salido. No podía decirle que el viejo se había ido a tirar la guita al casino de Puerto Madero, quedaba mal. Porque ésa se la descubrí el domingo anterior: al mediodía, el viejo se pide un taxi y se escabulle con la recaudación de la semana a tirarle unas fichas al 10, su número favorito. Me lo confesó Lito, otro habitante de la pensión, que una vez lo acompañó.

La cosa es que corté y al ratito pum, teléfono de nuevo. Un inglés balbuceando palabras en español: lo único que se le entendía era “míster Amarildo”. “Nou está”, le dije, sacándole provecho a las clases de inglés que tomé con Susana Poggio en mi adolescencia, allá en Ameghino. Después, una colombiana de la Cadena Caracol: “Ay, por favor, que me gustaría hablar con el gran Amarildo Tavares da Silveira”, intentó seducirme. Pero yo no me llamo una voz en el teléfono. Más tarde un japonés, un uzbeko, un afgano, un australiano, un ecuatoriano, un pampeano…

Me volvieron loco.

Resulta que este viejo de porquería, enterado de la lesión de Neymar, había aprovechado para hacerse pasar por otro Amarildo, el que reemplazó a Pelé en el Mundial de Chile 62. Aquella vez, el negro tuvo que bajarse en el medio del torneo por un patadón que le había metido un checo y aquel Amarildo, el original, terminó salvándole las papas a Brasil: hizo tres goles, uno en la final, y su selección salió campeona. La jugada de este viejo estaba clarita, quería aprovechar la volada para publicitarse. Lo supe a la noche, cuando volvió de la timba y me lo contó, un poco lamentándose por haberse perdido la oportunidad de salir en todos los medios del mundo. Sabiendo que la prensa iba a comparar lo que le pasó a Neymar ahora (lamento haberlo anticipado esa mañana en esta columna) con lo que sufrió Pelé aquella vez, el Amarildo trucho empezó a mandarles mensajes por Twitter a los periodistas que cubren el mundial. Porque la nota estaba cantada: todos iban a querer contar de nuevo la vieja historia, tan parecida a la de ahora. Y qué mejor que entrevistar a Amarildo. El viejo, en sus mensajes, les pasó la tarifa también: quería cobrar 100 dólares por reportaje si era para una radio, 250 para los canales de televisión y pasajes y dos entradas para la final si los que lo buscaban eran los de la FIFA.

Lo acepto, ahora me dan ganas de que Brasil se morfe a los alemanes: el viejito lindo este me dijo que si gana la verdeamarela me lleva a Río el domingo. Ojalá llame Blatter.

Día 26. Van Gaal entrena a los holandeses con una táctica robada a Los Caballeros de la Quema: todos atrás y Dios de 9.