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Dentro de la literatura hay un género al que podemos llamar futbolístico. Y dentro de este género, otro. El que el ensayista Marcos Aguinis define en su libro ¡Ay, fútbol mío!, como ese en dónde hay un tipo que va a la cancha cuando salen campeones y recuerda con emoción a su abuelo muerto.

Aguinis rescata el relato “El abuelo mira desde el cielo”, de Sergio Víctor Calma. En “El abuelo mira desde el cielo” se cuenta la historia de un nieto que recuerda, obviamente, a su abuelo cuando su club está a un minuto de lograr el campeonato. El público ruge. La fiesta está por llegar. Pero el nieto sólo piensa en su abuelo que no va a poder ver a su equipo salir campeón.

Capitulo4

De pronto, una lluvia de papeles brota desde las tribunas. Como aves, los papeles se elevan sobre el estadio y arman una nube. Esa nube va tomando distintas formas. Primero, un dragón. Luego, un caballo alado. Después, una wafflera. Y enseguida, el rostro del abuelo del protagonista de esta historia. Emocionado, el nieto, observa que el rostro de su abuelo, formado por esos papelitos que flotan, sonríe. Todos los que están en el estadio lo ven. No pueden dejar de mirarlo. Muchos jugadores tampoco. Un aire de sorpresa y misterio inunda las instalaciones. Se hace un silencio respetuoso. Pero el rostro del abuelo, de pronto, deja de sonreír, abre su gran boca y dice:

–¡Guarda con Pertunato, pelotudos!

Pertunato aprovechando que la defensa esta distraída mirando la gran cara del abuelo, se mete en el área en diagonal. Un defensor alcanza a reaccionar y lo voltea. Penal. Patea Pertunato. Convierte el gol. Termina el partido. El equipo del nieto y del abuelo pierde sobre la hora y no sale campeón. Y empiezan los insultos.

–Anciano del orto, tuviste que cagarla. ¡Distrajiste al equipo! –grita un hincha.

–¡Chupame la pija! –contesta el abuelo siempre desde la nube de papelitos.

El intercambio de puteadas sigue. El nieto, disimuladamente, se va. Pero la nube de papelitos con el rostro del abuelo lo sigue. Y continuará haciéndolo siempre, a cualquier lado que vaya, por lo que se convertirá en algo normal la aparición del gran rostro del abuelo formado por papelitos cada vez que alguien de la familia suba a la terraza.

Además de este cuento, en el ensayo también se comenta otro de Álvaro Garayalso. Se trata de “El abuelo no murió… Se fue con la enfermera”. Allí se narra también la emoción de un nieto al recordar a su abuelo muerto durante el festejo de un campeonato. Hasta que lo descubre en la platea celebrando con una morocha de pechos y caderas contundentes. El abuelo aprovecha los abrazos para toquetear y bombearla como un perrito.

Podés comprar el libro “Una historia del fútbol” en el sitio de la editorial Planeta y en todas las librerías del país.

Pero Aguinis le da más importancia al siguiente cuento de Zelmar E. Gardi, “Muchas veces fuimos a la cancha con el abuelo”:

“¿Cómo olvidarme de mi abuelo? ¿Cómo olvidarme de ese viejo gordo y grandote, con músculos en el cuello, de generosos codos, hombros en T y renegrido pelo a base de tintura? Sus lentes gruesos y sus lentos caminares, que se hacían animosa marcha cuando íbamos a la cancha. Porque iba con mi con mi abuelo a la cancha. Y eso no se olvida.  

Me pasaba a buscar, cuando la siesta ya dejaba de ser amenaza. El beso a mi mamá y a mi papá. La emoción del pasillo rumbo a la calle. Rumbo a la cancha. Rumbo a la vida.

Viejo hermoso, que disfrutaba de ese fernet que le dejaba un guiño de alegría después de clavárselo como rito obligado antes del partido en Los Hermanos Kamarazov-Café Bar.

A veces era fernet. Otras, hesperidina. O caña. También vodka, gin, whisky, ajenjo, aguardiente, pisco, alcohol fino Benvenutto rebajado con Fanta Naranja, chicha, cerveza con Rivotril. Bebidas variadas, sí. Pero todas eficaces para encender aquella chispa en sus ojos. Chispa que a su vez, encendía la sonrisa. Y claro, cuando ya la perla de sus dientes brillaba entre sus labios, se acercaba al billar. El jugueteo con los tacos decía presente. Y los parroquianos pedían: 

–¡El helicóptero! ¡El helicóptero!

libro saborido

Y mi abuelo, haciendo girar el taco de billar sobre su cabeza, con una velocidad sorprendente, se subía al mostrador, tomaba carrera y saltaba sobre las mesas. Eso era El Helicoptero.

–¡Cayó en la cuatro! ¡Gané!

El festejo era del feliz triunfador de la apuesta ‘Adonde cae Don Héctor’. Un clásico en el bar antes de ir a la cancha. Lo mismo que ‘Cuantas botellas aguanta partirse Don Héctor sobre la frente’, ‘¿Don Héctor le toca el culo al policía o no?’, o ‘Don Héctor esquiva el Rápido a La Plata’, en donde todos gozaban de las gráciles figuras que mi abuelo dibujaba cuando lograba esquivar al ómnibus o cuando lo agarraba medio de chanfle con el paragolpes delantero y lo lanzaba hacia la vereda.

Y al final, el clásico coma alcohólico en el Fiorito. ¡El Hospital Fiorito de Avellaneda! ¡Cómo no recordarlo! De ahí, siempre, nos volvíamos a casa. Porque fuimos a la cancha con mi abuelo Héctor. Pero nunca llegamos. Eso es lo que aprendí con el abuelo. La vida es siempre ir, pero nunca llegar. ¡Gracias abuelo!

Emotivo.

Otros cuentos que Aguinis destaca son:

“El día que ganamos el campeonato el abuelo la quedó en una avalancha”, de Fulvio Ganzúa.

“Mi abuelo murió y, en lugar de ir al velorio, me fui a la cancha porque él lo hubiera deseado así”, de Armando Tronemberg.

“Me comuniqué con el espíritu de mi abuelo el día en que salimos campeones y él me dijo que preferiría que saliéramos segundos pero él estar vivo”, de Alcira Argumedo.

Quizá el más llamativo sea el de Oscar Fulvence, “Abuelos son los abuelos”, en donde un nieto se emociona al recordar a su abuelo muerto, pero resulta que el abuelo que recuerda no es el abuelo de él sino el de otro tipo que se llama Ernesto y que no fue a la cancha.

Aunque el más disruptivo sea “Abuelo y la concha de tu madre”, dónde un nieto se queja del abuelo que lo hizo hincha de un club de mierda que nunca sale campeón. Allí cuenta que lo recordaría con más cariño si le hubiera regalado un I-Phone 6.

(Nota de autor:

La referencia más antigua sobre este subgénero del cuento futbolístico es este breve escrito de Graham Greene, simpatizante del Chelsea. Consta de una oración larga y una más corta.

“Oh, Grandpa! How much you would be enjoying this moment!

You, who showed me this passion I carry on as it were a tatoo on my epidermis, and also on the cutaneous and subcoutaneous layers that cover the steroideal muscles, which vibrate at the sight of the green vegetal rectangle thah will be the supporter of the fight between those colossus, who give their life for taking in their audinal conducts that only winners know and enjoy like a vaginal cavitie which,  receiving a member, explodes in the pleasure of the desired and searched through the ninety minutes where suspense will be a cruel, psicopath God who through the beheavioral  slopes of the bloody way that goes over bodies that beat and cant stop posing its ocular bascales in the waiting of the cyclical definition in the proceedure of the comparison.

Today, those vicoseocularglandular vulves, are filled with tears beacause of you… Grandpa.”

Traducción:

“!Oh, abuelo! ¡Cómo estarías disfrutando este momento!

Vos que me enseñaste esta pasión que llevo encima como si fuera una tatuaje en mi epidermis y en las capas cutáneas y subcutáneas que cubren los músculos esteroidales que vibran ante la vista del verde rectángulo vegetal que será soporte de la lid entre esos colosos que dan la vida por llevarse en sus conductos audinales esa aclamación que sólo los vencedores conocen y gozan como una cavidad vaginal que al recibir un miembro estalla en el placer de lo anhelado y buscado a través de los 90 minutos donde el suspenso será un cruel y psicópata dios que por las vertientes conductuales de la sanguínea senda que atraviesa cuerpos que laten y no puede dejar de posar sus básculos oculares en la espera de la definición coyuntural en el trámite del cotejo.

Esas vulvas oculo-viscosoglandulares, hoy, se me llenan de lágrimas por vos… Abuelo.”)