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En su libro Carceleros, el periodista Marcelo Izquierdo, reconstruye la epopeya de uno de los tantos humildes clubes que nutren las categorías de ascenso del fútbol argentino. A las vicisitudes y dificultades que dan carácter y pertenencia a todo ese sufrido pelotón de equipos, General Lamadrid suma una contingencia determinante para su identidad: la vecindad de su cancha con la prisión de Devoto. Y ese involuntario azar del catastro municipal templa el espíritu y las vivencias de sus hinchas.

La breve lista de personalidades ilustres que pasaron por sus filas (el chango Cárdenas, Silvano Maciel, Jose Mesiano -El hombre que anuló a Pelé- y Gigliotti, entre otros); la reveladora nómina de sus próceres, desconocidos para el gran público de fútbol; el impreciso origen de su nombre; el sacrificio de sus dirigentes; la integración del club con el barrio; las pocas tardes de gloria y los bizarros cruces de dos mundos paralelos, el carcelario  y el futbolero, construyen la mitología de un club muy querible, del que vale la pena conocer su historia. Compartimos un capítulo.

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El verdadero aguante*

chica 350bLa prisión siempre miró con codicia al club. En 1963 los guardiacárceles se apoderaron de una porción de los terrenos, la que da a la calle Bermúdez, para utilizarla como depósito del penal. Allí se levantan varios galpones en una franja donde solían jugar los pibes del club. Alejandro Martínez, su actual presidente, recuerda que pasaba largas horas con una pelota en ese terreno lleno de pozos y montañas donde habían armado dos arquitos improvisados para jugar al fútbol. “Un día llegamos y el terreno ya no era nuestro.” Los reclamos fueron airados pero la prisión no dio marcha atrás. Se quedó con el terreno de la calle Bermúdez. Entonces los directivos se apresuraron a construir una tapia que dividiera esa porción recién cercenada de las instalaciones que aún conservaban. El trabajo se hizo a las apuradas, tan a las apuradas que el muro quedó torcido, casi en diagonal. “El problema fue que lo hizo gente que no sabía laburar”, dice Tito López, uno de los fundadores del club. Y la pared sigue así, igual que entonces, cuarenta años después. Si se hubiera hecho derecha, el club tendría hoy unos cuantos metros cuadrados más. Años después se le pidió permiso a la cárcel para enderezar la tapia divisoria, pero la solicitud fue rechazada. La cárcel no se detuvo en sus ambiciones expansionistas. También en 1963, un enviado de la prisión llegó al club para avisar que debían desalojar el predio. En el club se produjo una verdadera revolución. El boca a boca hizo que a las pocas horas decenas de socios se atrincheraran en la sede. “Faltamos todos al trabajo y nos atrincheramos en las instalaciones. Llamamos a la televisión y vinieron a hacer un reportaje. De ahí no nos iba a sacar nadie”, dice el socio Nelson Blundi. Víctor Catania, otro viejo socio, cuenta que “en un cierto momento vino un coronel de la prisión acompañado con dos guardiacárceles con una orden de desalojo. Cerramos con llave. Estaba Canal 7.”

-¡Abran la puerta!- clamaba el coronel.

-No le abrimos nada -le contestaron desde adentro a coro-. ¡El club es nuestro!

Los pibes acompañaban con sus gritos:

-¡Que-se-vayan, que-se-vayan!

Las autoridades penitenciarias no pudieron abrir la puerta y se fueron, pero prometieron volver:

-¡Ya van a saber de nosotros!

Los socios estuvieron cuatro días atrincherados en defensa del club. Durante muchos años corrió la versión de que uno de los fundadores estaba armado y dispuesto a todo. “Era yo el que estaba armado. Tenía unas bolas así de grandes en esa época. Conseguí un arma con un contacto y la tenía bien guardada. No iban a pasar. Estuvimos cuatro días atrincherados en el club. Jugábamos a las cartas, chupeteábamos. Al final era pura joda. Pero conseguimos el objetivo”, dice Tito López.

Catania cuenta que “a la semana vino el alcalde de la prisión, que al parecer recién había asumido su cargo. Discutimos. Le contamos nuestra historia. Le mostramos las instalaciones y el tipo terminó por confesar que no tenía idea de que aquí había un club. Le habían dicho que estos terrenos eran de la cárcel y que estaba lleno de ratas. Al final le hicimos un asado y terminó pidiéndonos disculpas. Pero el terreno de la calle Bermúdez nunca lo devolvieron”. “Si no fuera por ellos -dice Gabriel López, dirigente del club e hijo de Tito, en referencia a los atrincherados-, el club no existiría.”

Lamadrid vivió desde entonces con los ojos bien abiertos. Durante años, el club tuvo incluso un espía dentro de la prisión. Como los directores del penal cambiaban en forma periódica, cada uno tenía sus propios planes para apoderarse de las instalaciones. Uno de los proyectos era construir un túnel que fuera desde el patio de uno de los pabellones de la prisión hasta la cancha. El objetivo: que los guardiacárceles o los presos pudieran jugar al fútbol cuando quisieran con solo atravesar el túnel que pasaría por debajo de la calle Pedro Lozano. “Pero nosotros teníamos al Negro Reina, que jugaba de 9 en Lamadrid y trabajaba como sastre en la prisión. Iba todos los días a laburar. Nos ponía al tanto de todo y nos advirtió sobre el plan del túnel. Todos los días relojeábamos la zona para estar atentos”, dice Tito López.

Desde entonces la prisión es como un volcán dormido que en forma periódica estalla para reclamar lo que no le pertenece. La última vez fue en 1986, cuando intentó un desalojo por vía judicial, pero volvió a fracasar. Lamadrid, como ya se mencionó, es el único club de la AFA que no posee las escrituras de sus terrenos, pero sus socios están dispuestos a defender las instalaciones hasta las últimas consecuencias. “De aquí -dice el presidente, Alejandro Martínez- solo nos sacan muertos

*Capítulo extraído del libro Carceleros – Lamadrid, el club y la prisión de Marcelo Izquierdo – Editorial Aguilar – 2015