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Andy Warhol supo decir que todo ser humano debería tener el derecho a acceder a sus quince minutos de fama, de gloria, de celebridad. De aspecto poco futbolero, Andy difícilmente se estaba refiriendo, en su propuesta, al Quilmes Athletic Club, campeón del Metropolitano en el histórico año 78. 0, al menos, nunca pintó una lata de sopas Campbell junto a una botella de cerveza.

1978-vuelta-olimpicaAhora, uno ve por televisión a Quilmes jugando en el Nacional B y es como contemplar una foto reciente de Lauren Bacall y acordarse de cómo era aquella hermosa mujer de ojos verdes cuando, joven, le pedía a Humphrey Bogart que sólo silbara para llamarla. “Mina que fue, en otros tiempos, la más papa milonguera”, diría algún amigo de Bogie Bogart, quizá T. S. Eliot.

Alguien (algún canalla afecto a repetir frases hechas) le habrá gritado a Gáspari, aquella tarde en el Gigante de Arroyito, “iSeguí pateando así toda la tarde!”, cuando el rubio probó por primera vez el arco desde fuera del área. Siempre, mis amigos, ese grito irónico es un consejo desaconsejable. El que le pega de afuera lo hace porque, generalmente, le pega bien a la pelota. O al menos alguna vez ha hecho un gol desde esa distancia, o los mete siempre en los partidos de práctica. Lo cierto es que, minutos después, Gáspari le volvió a pegar desde fuera del área, la metió en un ángulo y le dio a Quilmes el triunfo y el campeonato, impensado, sorpresivo, filtrándose como una anguila entre los equipos grandes y disimulado bajo el aluvión de noticias con respecto al Mundial ’78.

Hay un maravilloso chiste de un viejo gaucho que, en las clásicas rondas nocturnas alrededor del fogón, acotaba invariablemente. “Yo estaba”, ante cada anécdota relatada por sus compañeros. Por último, un criollo rememora, apesadumbrado, la ocasión en que llegaron los indios y sometieron sexualmente a todo el gauchaje sin distinción de pelo ni bandería. Se hace un silencio en la rueda y luego el viejo aporta, desde atrás: “Yo ya me había ido”.

gaspari Yo ya me había ido aquella tarde cuando se consagró Quilmes, gallardamente, en cancha de Central. Pienso que estaba de viaje. De ese partido sólo recuerdo una foto que vi a mi regreso, tomada desde atrás del arco de Central, registrando el golazo de Gáspari. Y recuerdo, de fondo, las tribunas absolutamente colmadas de gente. Me contaban los amigos que la ciudad se había visto invadida de cerveceros, en un número como jamás podía imaginarse.

Me acuerdo de una sensación que me habitaba en las épocas en que yo era adolescente y buscaba, posiblemente, puntos de referencia donde apoyarme. La sensación era que no me alegraba que ganaran los humildes. Contra toda actitud romántica, democrática, noble o reivindicadora, quería que ganaran los que jugaban bien o, al menos, los que yo pensaba que jugaban bien. Creía firmemente en Onega, en Artime, en Más; o en Ángel Rojas, Menéndez, Alberto González, o en cualquier equipo que aglutinara a un conjunto de “estrellas” que, casi siempre, era uno de los denominados equipos grandes. Claro que allí también podían alistarse tanto el Argentinos Juniors de Canceco, Pando, Carceo, González y Sciarra como el Lanús de Daponte, Guidi y Nazionale. Como hincha, me sentía defraudado si jugaban mal. Y mis creencias se resquebrajaban si algún conjunto modesto, algún equipito formado por jugadores anónimos, derrotaba a mis ídolos. ¿En quién creer, entonces, si eso sucedía? ¿En quién confiar, llegado el caso, si un rejuntado vencía a un equipo donde jugaban varios integrantes de la Selección Nacional o si cualquier Don Nadie marcaba y anulaba a Pelé, por ejemplo? El triunfo de los reconocidamente mejores, en cambio, afirmaba el orden establecido tranquilizaba mis dudas adolescentes.

andreuchiA veces, uno se ufana en resaltar sus manías. Lo hace el entomólogo que proclama pasarse nueve horas diarias pinchando cascarudos, o el botánico que presume de invertir noches enteras en estudiar la germinación del camote. Tal vez por eso de “Persista el loco en su locura y será un sabio”, yo repetía, por ejemplo, que podía ver por televisión partidos de fútbol de cualquier lugar del mundo y sentirme atrapado por el espectáculo. Después me di cuenta de que era mentira. No puedo ver más de cuatro minutos de un partido de la liga belga. Ni más de cinco de un encuentro entre el Huachipato y Cobreloa.

No puedo ver partidos, en suma, donde no conozca a los jugadores, a menos que alguno de esos desconocidos –ghaneses, nos, turcos– haga algo absolutamente extraño durante ese corto lapso donde yo los miro, como jugar desnudo o lanzar fuego por la boca. Necesito saber quiénes son esos muchachos que están jugando; conocer en qué equipos estuvieron antes o qué penal más o menos importante han errado. Lógicamente, me quedo con esos equipos donde juegan argentinos. Y, afortunadamente, hay argentinos por todo el mundo, aunque a muchos de ellos los reconoce uno como compatriota sólo cuando el locutor lo individualiza diciendo “el argentino García” o “el argentino Gómez”, ilustre y desconocido compatriota que saltó del fútbol semiamateur al torneo de El Salvador o de Sri Lanka. Por lógica, mayor interés me despierta si el argentino ha jugado en Rosario Central. Se encariña uno con determinados futbolistas y sigue sus carreras como esos biólogos que siguen el derrotero de las aves migratorias tras haberles adosado un anillo con un chip en una pata. Se hace hincha, uno, de determinados jugadores. Hubo una época, acá en Rosario, en que mucha gente se hizo hincha de Independiente porque allí había ido a jugar Vicente de la Mata, el Inolvidable “Capote”.

el-indio-gomezAquel Quilmes del grandote Milozzi, del Indio Gómez, de Zárate, de Milano, del incansable Moralejo, alistaba en sus filas a Fanesi y a Luis Andreuchi, ex jugadores de Central. Fanesi era un rubio cuevero eficaz e inteligente. Andreuchi era un símil Cabral, hecho a imagen y semejanza de aquel “Pío” Cabral, compañero de ataque de Bóveda y Mario Kempes. Al igual que Cabral, Andreuchi era esforzado, rápido y etéreo. Un picador incesante hacia posiciones de ataque, de los que arrastran marcas, de los que la meten seguido. Hizo 22 goles en aquel campeonato, compartiendo lo alto de la tabla de goleadores con Diego Maradona.

La figura, no obstante, por habilidad e inventiva, era el Indio Gómez, un morocho de larga melena oscura, de ésos que, con una vincha punzó, podrían haber integrado un altivo elenco de malambeadores criollos junto a “El Chúcaro” y Norma Viola. Pero ninguno de los muchachos de aquel plantel trascendió luego. Ninguno alcanzó notoriedad ni en algún equipo grande ni en la Selección Nacional. Quedaron, nomás, congelados en aquella foto del Quilmes campeón, atrapados para la gloria, en una postal de esos quince minutos de fama y celebridad que todo ser humano merece disfrutar alguna vez.

Relato publicado en el libro No te vayas, campeón, de Editorial Sudamericana, en el 2000