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Son las dos caras de una misma moneda, los “abanderados” de posicionar (a fines de los ‘80) a Yugoslavia en lo más alto del básquet mundial (Europeo ‘89, Mundial ‘90). Son parecidos pero completamente distintos, Vlade Divac y Drazen Petrovic. Fueron los primeros yugoslavos en llegar a la NBA, los primeros en abrir puertas para los que se incorporarían a partir de ellos. Un serbio y un croata, los amigos que se transformaron en grandes enemigos.

El documental Once Brothers, de Michael Tolajian, arranca desde este lugar. Muestra quién es cada uno. Por un lado, desde Serbia, del Partizan de Belgrado: Vlade Divac el hombre alto, de los labios caídos, el que parece un boxeador al que le pesan los años pero que se muestra simple, noble y con una ternura entre tímida y conmovedora.

yugosEn la vereda opuesta, desde Croacia, de la ciudad de Zagreb: Drazen Petrovic, el base estrella, el “Mozart europeo”, el impenetrable hombre seco que esconde su temible mirada detrás de sus Ray Ban de sol.

Once Brothers está narrado desde Divac, quien maneja sin que el espectador conozca cuál es su destino, haciendo paradas en el tiempo mental, en la historia deportiva y política que iba construyendo su país antes de ser dividido en varias partes.

El documental es algo así como una road movie existencial cuyo objetivo no es el viaje, sino los sucesos en la vida de Divac, su punto de vista apoyado en él mismo como narrador off de la historia.

Al comienzo de Once Brothers pensamos que es una película sobre Divac, después sobre la generación dorada de Yugoslavia, y hasta creemos que el didactismo nos puede mostrar la diferencia entre serbios y croatas. Pero se trata de la amistad, del compromiso y de la sabiduría que dan los años, y de cómo dos amigos pueden transformarse en enemigos desde la chispa de un hecho que puede parecer intrascendente.

Divac es drafteado por los Lakers. Su pobre inglés y su ingenuidad chocan contra  la verborragia de Magic y compañía (producto de la parafernalia NBA). Petrovic cae en los Blazers de Portland, donde hay que sacar número para jugar y los bases se acumulan en cantidad. De ahí la llegada de ambos al país de los sueños, al lugar de los creadores de este deporte.

Y de ahí también la distancia que se hace mayor, al margen de una línea de teléfono que une Los Angeles con Portland todas las noches. El que juega menos se apoya en su compañero de selección, que lo consuela de ciudad a ciudad.

Y la película sigue los pasos de ambos por la NBA, el crecimiento del seleccionado yugoslavo y los testimonios de los compañeros-amigos-hermanos de esa generación (Kukoc, Radia, Papalj).

Pero lo curioso es que no hay grandes imágenes entre ambos, aunque sí hay una foto, una que dice casi todo: un abrazo que resume toda esa sensación y que se asemeja a una estampa, a la tapa del disco de oro, a un fotograma congelado que parece ser el destino del viaje de Divac.

Lleno de orgullo, Petrovic, el impenetrable, no lo perdona a Divac, aunque éste le explique con detalles lo sucedido. Y ahí el dolor aparece de una manera visceral, los amigos se separan, el país se divide. Se acabaron los llamados: los croatas por un lado, los serbios por otro.

Y de los triunfos deportivos de esta generación saltamos al blanco y negro de la guerra, de lo inentendible, de lo que terminó incidiendo en forma definitiva. Y el punto de giro de la historia que se produce en el Luna Park, justo en Buenos Aires, luego de que Yugoslavia se transformara en el nuevo campeón mundial en el campeonato de básquet de 1990 jugado en la Argentina.

divacYugoslavia le gana la final a la Unión Soviética, gana el Mundial, hay invasión de público…

Un hincha entra, abraza a Divac y le da una bandera de Croacia para que festeje; Divac -frío, sensato y casi como un héroe de guerra- tira la bandera croata, deja atrás a la gente y se suma al festejo con la bandera de Yugoslavia, la de todo un plantel que festeja en medio de la cancha. Hasta ahí, la gloria, el disfrute, la unidad; luego, la llegada y la imagen que recorre el mundo con otro significado.

Lleno de orgullo, Petrovic, el impenetrable, no lo perdona a Divac, aunque éste le explique con detalles lo sucedido.

Y ahí el dolor aparece de una manera visceral, los amigos se separan, el país se divide… Se acabaron los llamados; los croatas por un lado, los serbios por otro.

Luego el regreso a Estados Unidos, Divac logra regularidad en los Lakers y Petrovic pasa a los Nets para conseguir continuidad y empezar a mostrar todo lo que se esperaba de él. Pero la amistad se terminó.

Divac conduce y llega a un peaje. Nos damos cuenta de que ingresa a Croacia, lugar al que no volvía desde hace muchísimos años, observado por la gente como un enemigo, un traidor, incluso por generaciones que no son cercanas a la suya.

Divac, moral, sincero, el vaquero cansado que camina por las calles de Zagreb con una mochila de 1.000 kilos (la del pasado), toca la puerta de la casa de Petrovic, se saluda con la familia de Drazen, recuerdan el ayer (él y la madre de Drazen solos) y el reencuentro que nunca se dio.

Petrovic, el chico de 28 años, el talento croata, perdió la vida en un accidente de tránsito y la noticia dejó a Divac exiliado de ese lugar prohibido y lejos de poder despedirlo.

Y entre todos estos recuerdos, presente y pasado (mucho) con el frío en la piel, Divac visita la tumba de su amigo, que nunca le perdonó aquel gesto del Mundial.

La nobleza, el dolor de este Divac agotado, hace que deje la foto junto a la tumba. Mira y, aunque esto lo produzca ESPN, no se trata de un golpe de efecto, sino de una forma de curar una herida.

En el desarrollo de este conmovedor documental hemos visto a un grupo de jóvenes que se transforman en estrellas, que las estrellas sufren y que los amigos son la esencia de la vida, más allá de las banderas o de las fronteras.