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La Bombonera fue este jueves un modelo perfecto de lo imperfecto. Un muestrario descarnado de lo que implica para la micro sociedad que estaba ayer en la cancha la ausencia total de conducción y liderazgo. Se podrá insistir, con argumentos más que atendibles, en las causas societales, educativas, culturales de fenómenos como el de ayer. Incluso se podrá remitir, de manera más estéril, a un “esencialismo” argentino condenado por ADN de origen al caos y a la disolución. Sin embargo, incluso de ser verdaderos, estos son “datos” negativos o positivos con los que cualquier dirigente o aspirante a debería contar. Una materia que no se elige. La disolución de la culpa en miles termina consagrando, no tan paradójicamente, la impunidad.

“Si los hombres fuesen ángeles, no habría necesidad de gobierno”, sostenía James Madison. Ayer abdicaron sucesivamente todas las instancias de autoridad, una atrás de la otra, en espiral descendente. El árbitro esperaba la decisión del médico o de la Conmebol, la Conmebol la del árbitro o del médico, los técnicos la de todos ellos antes y los jugadores la de sus técnicos o de sus mismos pares. Asamblea y “control obrero” en el verde césped de la cancha de Boca. Incluso entre los mismos jugadores de Boca fue notable la ausencia de un liderazgo que permitiese parar de un plumazo la especulación futbolística idiota. Los presidentes de ambos clubes mostraron las dos caras de la misma moneda de la falta de autoridad. La desaparición, en el caso del “binguero” Angelici, y la sobreactuación, en el caso del riverplatense D’Onofrio. Y todos ayer en la Bombonera fueron peores de lo que podrían haber sido.

Nadie obliga a nadie a postularse para conducir a otros. Conlleva beneficios, claro está, y una larga cadena de renunciamientos y sacrificios. Hay pocas escenas más tristes de ver que el default personal de aquellos que buscaron de su gente el Oleo sagrado. Y eso quizás fue lo más dantesco que se vió anoche.

Fuente: Revista Panamá