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Alberto Salcedo Ramos (Barranquilla, 1963) quiso saber qué había pasado con el ídolo de su infancia, Antonio Cervantes (Kid Pambelé), el campeón mundial que Colombia le dio al boxeo en los setenta. Salcedo Ramos, uno de los grandes cronistas de Latinoamérica, dice que ama la disciplina de los puños porque es una forma de mirarse en el espejo: “Me pregunto qué tanto mío hay en esos dos tipos que están ahí golpeándose”.

Durante años persiguió a Pambelé, pero sólo se topó con su fantasma. Hasta que lo encontró con su cuerpo flaco y huesudo. Desayunó, almorzó y cenó con él; caminó por parques y calles de Cartagena y Bogotá; pasó tardes de charlas en centros comerciales y cafeterías; y llegó a esquivar sus golpes en un ataque de furia.

“En Colombia nos volvimos locos con sus triunfos y luego volvimos loco a Pambelé”.

El 28 de octubre de 1972 Kid Pambelé noqueó a Alfonso Peppermint Frazer y se quedó con la corona mundial. Un año más tarde, en Maracay, Venezuela, se vengó de Nicolino Locche, a quien tiempo antes no había podido arrebatarle el cinturón en el Luna Park. Pambelé, hijo de una familia pobre, se mantuvo ocho años como el mejor welter junior del mundo. Le enseñó a ganar a Colombia, cuya única hazaña hasta entonces era un 4 -4 con la Unión Soviética en el Mundial ‘62. El chiste colombiano era que la sigla CCCP de la camiseta soviética quería decir “Con Colombia Casi Perdemos”.

En sus años de campeón, Pambelé se fotografiaba con el presidente Misrael Pastrana, cenaba con el Puma Rodríguez y se pavoneaba entre el jet set. Una vez, en un encuentro de intelectuales en Madrid, se escuchó un anuncio: “¡Acaba de llegar el hombre más importante de Colombia!”. García Márquez, premio Nobel de Literatura, al que todos esperaban, dio vuelta su cabeza y preguntó “¿Dónde está Pambelé?”.

Pero la fortuna que ganó como boxeador la gastó con la velocidad de un corredor de cien metros. Se dedicó a la noche, las drogas y el alcohol. Se hizo adicto a los escándalos y a la pasta base. Pambelé perdió todo. Estuvo preso, internado en neuropsiquiátricos y en una clínica cubana.

pambele1“En Colombia nos volvimos locos con sus triunfos y luego volvimos loco a Pambelé”, dice Salcedo Ramos en Buenos Aires, donde presentó El oro y la oscuridad. La vida gloriosa y trágica de Kid Pambelé, un retrato del campeón y una forma de entender qué pasa con nuestros ídolos cuando comienzan a desinflarse.

-¿Por qué decís que Colombia volvió loco a Pambelé?
-Tenemos el síndrome del nuevo rico. El nuevo rico que no sabe ser rico porque no tuvo plata tradicionalmente y cuando la empieza a ganar se enloquece. Cuando nosotros empezamos a ganar, nos enloquecimos un poco. Y enloquecimos a Pambelé. Ha sido una constante. Uno periódicamente prende el televisor en Colombia y están pasando el partido del cinco a cero que Colombia le metió a Argentina. Este año cumplen veinte años de ese partido y todavía lo celebramos como si hubiéramos ganado la Copa.

-Alguien dijo una vez que ese cinco a cero fue lo peor que le pudo pasar al fútbol colombiano.
-Al fútbol colombiano y al país. La noche del triunfo a la Argentina hubo en las celebraciones setenta y nueve muertos. Cuando fuimos al Mundial como favoritos y perdimos con favoritos, en parte por un autogol de Andrés Escobar, murió Andrés Escobar. Entonces yo le dije a alguien, con un poco de sorna y humor negro, que cuando perdimos nos ahorramos setenta y nueve muertos. Nuestra manera de vivir el deporte es curiosa. Ha habido violencia en las tribunas y por lo menos una docena de futbolistas ha muerto en circunstancias trágicas.

-¿Cómo fue su paso por el Luna Park en Buenos Aires?
-La memoria selectiva de Pambelé solo retiene los triunfos. Como en el Luna Park perdió, suele ser displicente para referirse a ese pasaje de su vida. Lo que sí te digo es que sentía un gran aprecio y un gran respeto por Locche. Cuando Locche murió, Pambelé andaba en un mal momento de su vida: estaba en las calles como indigente, tirado a la perdición. No sé cómo se enteró, pero aun estando tan mal me llamó por teléfono y me pidió que le regalara unos pasajes para ir a la Argentina a visitar a Locche en su tumba.

-¿Cómo se vivió en Colombia la victoria de Pambelé en Maracay?
-Cuando Pambelé le ganó a Locche en la revancha, empezaba a convertirse en un monstruo de los welter junior. Ganó con autoridad porque esa noche Locche no fue “el intocable” que proclamaba su apodo: ese día Pambelé le pegó hasta en la foto del pasaporte y lo mandó al retiro. La afición boxística de Colombia supo apreciar el tamaño de esa victoria: estábamos ante un campeón que haría historia.

-¿Locche y Pambelé eran de algún modo la antítesis?
-Tenían estilos diametralmente opuestos. Locche era estilista y Pambelé era mucho más combativo, aunque también tenía una gran técnica defensiva. Locche era capaz de ponerse a esquivar sólo por buscar un aplauso. Pambelé no quería que lo aplaudieran por evadir un recto del rival, sino por zafarle la mandíbula. A mí me parece que Locche tenía una visión muy circense del boxeo. Era como un acróbata de feria que convertía el ring en un ruedo de trapecista. Pambelé se lo tomaba de la manera clásica: “Aquí vinimos a pelear, no a pendejear, así que defiéndete como puedas, que yo te voy a romper la crisma”. A mí me gusta el boxeador estilista cuando demuestra que también puede hacer daño con los puños, como era el caso de Leonard. Locche esquivaba y esquivaba, pero no era agresivo. Por eso, para mi gusto, era aburridísimo.

pambele2Pambelé, según surge de tu libro, recuerda perfectamente sus peleas, sus triunfos, pero luego no recuerda nada más. Sólo una palabra lo despierta: “campeón”. ¿Qué pasa el día después con los ídolos? ¿Viven de su memoria?
Pambelé anda por el mundo con una casetera mental que se la pasa dando play, forwardreplay a sus momentos de esplendor. Él no recuerda cómo estaba vestido ayer, pero en cambio sabe perfectamente qué ropa tenía cuando subió al ring en el año ‘73 para pelear por segunda vez con Locche. Es un hombre que vive anclado en el pasado, ve la vida en tono sepia, es un rehén del personaje que construyó, que cuando se busca en la memoria no se ve como es hoy, se ve como era en el pasado, cuando ganaba.

-Y finalmente borrando el presente.
-Incluso yo tardé en descubrir que todos los que escribimos sobre Pambelé le hacemos daño. Porque ponerlo a recordar es hacerlo recaer en su droga. Su droga más recurrente no es el crack, no es la marihuana, sino la gloria. Pambelé se droga con su propia gloria. Nosotros tenemos el síndrome del alacrán que se envenena con su propia cola.

-¿La droga para él es la palabra “campeón”?
-Cuando nos acercamos para que nos cuente su pasado, lo que hacemos es llevar una dosis de droga. Drógate aquí delante de nosotros. Eso no lo había descubierto al principio porque yo no sabía cómo era el asunto: iba a entrevistarlo muy inocentemente, muy ingenuamente y con buena intención para que me contara su vida. Pero precisamente a lo largo de mi andadura con él descubrí que cuando le pedimos que nos recuerde su pasado alimentamos su vanidad, su egolatría. Tengo documentados al menos cinco casos en los cuales Pambelé recayó en las drogas después de una entrevista o después de una condecoración que le puso un gobierno, o después de unos aplausos que recibió en un coliseo.

-La sociedad no se hace cargo de lo que pasa el día después de la gloria, de lo que le sucede al ídolo en el derrumbe.
-No, no se hace cargo. Cuando el deportista triunfa, nos reconocemos en él, lo vemos como un ídolo que nos pertenece y nos representa. Pero cuando cae en desgracia es su problema, él no tiene nada que ver con nosotros, él no nos representa. No es lo que nosotros somos. Así funciona.

-El ídolo no se compone de sus triunfos sino también de su carisma.
-Y de su caída. Porque yo creería que en estos países la gente necesita héroes, y cuando una sociedad necesita héroes es porque tiene un problema. Pero además necesita que esos héroes estén capacitados para dar el salto de la heroicidad del deporte hacia la santificación. Todo héroe deportivo, tarde o temprano, se convierte en un santo en América Latina, un santo chueco, torcido. Nos ponemos frente al televisor para ver cómo Ícaro vuela, pero no nos interesa el vuelo de Ícaro, estamos ahí esperando el momento en que se le van a derretir las alas y va a caer al piso. Y, lo diré vulgarmente, se va a volver mierda contra el piso.

pambele-locce-¿Cuál es la conclusión que sacaste?
-Que Pambelé fue víctima de su propio personaje. Que se aburrió de ganar. Pertenece a un país de perdedores, por lo que se convierte contra natura en lo que nunca habíamos sido en Colombia. Un país que nunca gana y él gana. Está violando un poco los códigos de su sociedad. Y cuando empieza a ganar, se aburre de ganar, por lo que hace todo lo posible para perder. Ya en el ring no había nadie que le ganara, entonces él se inventa un monstruo con el cual pueda perder. Ese monstruo es la droga, la irresponsabilidad. Jesús Cova, un periodista venezolano, me cuenta que Pambelé se fracturó una mano porque un día decidió vendarse él mismo los puños antes de una pelea. Lo hizo por pura broma. Ya no encontraba la adrenalina que necesitaba para competir. Entonces decidió vendarse, la venda le quedó mal puesta y cuando subió al ring a pelear dio un golpe y se fracturó la mano. A partir de ese momento Pambelé no fue el mismo, quedó limitado de por vida.

“Su droga más recurrente no es el crack, no es la marihuana, sino la gloria. Pambelé se droga con su propia gloria”.

-Hay una idea de soledad, ¿notabas eso en Pambelé?
-Inclusive cuando gana, el boxeador está solo. Sería un poco obvio encontrar la soledad del perdedor, pero el boxeador que gana también está solo. Lo que pasa que está solo en medio de una multitud. ¿Por qué está solo? Porque está rodeado de sanguijuelas, porque está rodeado de gente que aparece a chuparle la sangre, desde el manager hasta la amante de turno. Fijate otra cosa que me parece bonita: una vez Floyd Patterson, en una entrevista con David Remnick, el autor del libro sobre Alí, dijo una de las frases más inteligentes que le he oído a un boxeador. Patterson contó que cuando Alí surgió y empezó a abrir esa bocota y a hablar de manera tan ruidosa de sí mismo, todos le tomaron bronca, y él quizás era el que más lo odiaba. Pero dejó de odiarlo cuando entendió por qué hablaba así, en ese tono tan alto: porque tenía miedo. Igual que todos nosotros, dijo Patterson. Y como tenía miedo, hablaba duro. Hablaba duro para convencerse a sí mismo de que no tenía miedo.

-¿Volviste a ver a Pambelé?
-Lo he vuelto a ver. Confieso que le tengo mucho cariño. Lleva dos años limpio de drogas.

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NdE: Este artículo fue publicado originalmente en el número 61 de la revista Un Caño, julio de 2013.