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Soy maradoniano. Y cuando flaqueo en mis convicciones, voy a tomar unos mates con mi amigo Daniel Arcucci para que me ayude a superar mis debilidades ideológicas y vuelvo hecho un cuadro. Una de esas tardes, Dani me hablaba de la Iglesia Maradoniana y algo empezó a dar vueltas en mi cabeza. Me quedé pensando en la religiosidad con la que siempre se lo asocia a Diego y me pregunté cómo sería, de existir, la estampita de Maradona. O en todo caso, la versión moderna de la estampita: La Foto Icónica. Como aquella del Che Guerrillero Heroico de Korda. La de Rucci, sosteniendo con la derecha un paraguas para Perón en su regreso. La del Festejo del Charro Moreno contra Racing en los años ’30 del vasco Legarreta. El Abrazo del Alma de Don Ricardo Alfieri, por supuesto.

Suelo en mis ratos libres dedicarme a editar fotografías. A manera de ejercicio empecé a mirar fotos de Diego para intentar elegir una que lo represente en su total dimensión. Hay mil que son icónicas: El salto característico de sus comienzos al festejar un gol, que fue publicidad de Puma, foto de Eduardo Forte; Aquella en la que vdiegoa llevado en andas, levantando la copa del mundo en México 86, de Daniel García; También en México, Eduardo Longoni lo inmortalizó cuando metía la manito contra los ingleses. Hay una entrañable, del pelado Ballesté, en la que el muchacho, después de un entrenamiento, está haciendo jueguito con una botella de plástico. En fin, hay mil. Pero si tengo que elegir una me quedo con la que está acá, a la derecha de su pantalla, señora.

Imaginemos que a una persona que nunca vio fútbol -es difícil lo sé, pero supongamos- se le explica rápidamente en qué consiste el juego y se le muestra esta foto para que nos describa lo que ve. El hipotético encuestado bien puede razonar que el joven de camiseta rayada, el que lleva la pelota, enfrentando a rivales que lo superan en contextura y en número de seis, debe ser muy valiente, debe tener algo de héroe y de santo. La actitud del “10” recuerda a la clásica imagen de San Jorge y El Dragón. Diego controla la pelota con su pierna alerta, precisa. Obsérvese a qué altura de la bola hace contacto con el botín. Provoca una tensión. Eso se llama clase. Sobre todo porque el tipo es flaquito, está parado en la punta de un pie. Es frágil. Pero tiene una lanza en esa zurda. Y los seis belgas son como un Enorme Dragón Asustado.

La foto, tomada por Steve Powell, no está asociada a ningún éxito deportivo. Ese partido en realidad, no significó nada para la carrera triunfal de Diego, mas bien una decepción: debut argentino en España 82, su propio debut en Mundiales, 0 a 1 contra Bélgica en el Camp Nou . Nunca le fue bien a Diego en Barcelona, curiosamente, el Santo Patrono de esa ciudad es un tal San Jorge. Más tarde Argentina sumaría derrotas frente a Italia y Brasil, esta última, con expulsión de Diego y pasaje de vuelta.

El ángulo de la toma no es el recomendado para una buena foto de fútbol. Los manuales indican que mientras más cerca del piso esté la cámara, mejor. Es un plano picado típico de los mundiales. Cuando ya no queda lugar dentro del campo, muchos fotógrafos trabajan desde las plateas. Además el protagonista principal está de espaldas. Otra particularidad del encuadre es que no tiene referencias topográficas, no se ven líneas de cal, es difícil imaginarse de dónde viene y hacia dónde va la jugada. Se ignora la ubicación de los arcos. No tiene contexto fútbolero. No tiene acción. Es mas bien el instante previo a la acción, aquel famoso momento decisivo del que hablaba Cartier Bresson.

La potencia de la imagen reside en su valor simbólico. Es mucho más que una foto de fútbol. Pertenece al terreno de las ideas platónicas. Representa la determinación, la astucia y el coraje frente a la adversidad.

Recomiendo llevar en la billetera una copia de esta foto. A modo de talismán, contra todos los males de este mundo.