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En su editorial de la edición 3.064 del 27 de junio de 1978, la revista El Gráfico repasaba el esfuerzo periodístico puesto al servicio de la cobertura del Mundial que Argentina acababa de ganar dos días antes. Durante el mes que duró la competencia, El Gráfico produjo cuatro ediciones de línea más tres ediciones extras. Eso significó la elaboración de 648 páginas. Para eso trabajaron en todas las sedes más de cien personas, entre fotógrafos y redactores.

El texto aseguraba que las imágenes publicadas en esas siete ediciones surgieron de la elección entre 232.756 fotografías reveladas. Dos de esas fotografías integrarán para siempre la galería de las mejores imágenes de la historia de la fotografía de prensa en la Argentina. Las dos fotografías fueron obtenidas en un lapso no mayor de diez minutos entre una toma y otra, en el atardecer del 25 de junio en la cancha de River, donde jugaron la final Argentina y Holanda. Curiosamente, ninguna de las dos inmortaliza una gran acción de fútbol, el instante de un gol o una plástica jugada. En ninguna de las dos se observa una pelota o un trofeo. Pero al verlas hoy, tanto en una -de manera brutal- como en la otra –de gran vuelo poético- se puede reconstruir con bastante precisión el perfume de la época.

ALEGRÍA
La primera fue tomada en el palco de autoridades, de espaldas a la cancha, por el fotógrafo paraguayo Higinio González, quien no pertenecía al staff de la revista. Trabajaba en la oficina de prensa de la Casa de Gobierno registrando la actividad oficial de los integrantes de la Junta Militar. Tenía un “arreglo” con Eduardo Forte, director de fotografía de El Gráfico de la Editorial Atlántida. El acuerdo consistía en que cuando lograba sacar alguna foto descontracturada, fuera de ceremonial, de los comandantes, la birlaba del servicio oficial y se la pasaba a Forte para que la ofreciera en las redacciones de Somos, Gente o Para ti, donde siempre estaban al salto por un bizcocho para publicar alguna imagen que pudiera mostrar a sus lectores –“en exclusiva, cómo nunca lo vio”- lo derechos y humanos que eran los dictadores.

En la urgencia del cierre, la foto que sería elegida entre otras 3.000 como “La mejor foto del Mundial”, pasó inadvertida.

La actividad oficial de la Junta Militar la tarde del 25 de junio de 1978 era pasar a la historia. Por alguna razón, los comandantes evaluaban que si Argentina ganaba ese puto partido, la alegría general por el triunfo deportivo actuaría como cloroformo en las conciencias de la gente y ellos serían aclamados y legitimados por el pueblo. Que el país cambiaría, que no habría peronismo nunca más. De modo que la tensión en ese palco de autoridades era proverbial.

El gol a los ponchazos de Kempes, el empate de Nanninga y, sobre todo, el tiro en el palo de Rensenbrink sobre la hora fueron minando los nervios de los dictadores. Ya en tiempo suplementario, Kempes había vuelto a marcar y Argentina estaba arriba, pero faltaba mucho y todavía podía pasar cualquier cosa. Hasta que en el minuto 116, a cuatro del final, Bertoni, tras una confusa jugada mezcla de pared y carambola con Kempes, la cruza a la derecha del arquero y asegura la victoria.

tapasomosmundial78El fotógrafo paraguayo Higinio Gonzalez, de espaldas a la cancha, alertado por el clamor de las tribunas, enfocó su Nikon F hacia los comandantes, que salieron eyectados de sus asientos, como impulsados por un resorte, para festejar el gol. Massera parece tener una garra y no una mano izquierda, sus enormes cejas negras meten miedo; Videla, en el centro, levanta sus brazos hasta el límite que le impone su sobretodo cruzado y entallado. Por primera vez en su vida parece haber perdido el control sobre sí mismo. Una mano se sale de cuadro, la otra muestra la palma abierta y los cinco dedos; Agosti, saco abierto, mirada desencajada, aprieta los puños y estruja un papel. Higinio González disparó cuatro o cinco veces, sabía que había capturado una imagen valiosa, muy original. Una rareza. Fotografiaba a diario a esos tipos, y esos tipos eran como momias incapaces de transmitir algún sentimiento humano. Rebobinó el rollo Tri-X y lo guardó en el bolsillo del pantalón. “Éste es para Forte -pensó-, en El Gráfico va a gustar esta foto”.

En El Gráfico, más allá de la excelencia profesional en las coberturas de los partidos, de la intimidad con los protagonistas a la que accedían los redactores y los fotógrafos, más allá del amor y la calentura con la que aquellos compañeros hacían la revista, desde la dirección se bancaba totalmente a la dictadura. La famosa carta del holandés Krol a su hija es uno de los ejemplos más emblemáticos del colaboracionismo de Editorial Atlántida con los militares.

Efectivamente, la foto del paraguayo Higinio González gustó, y mucho… Vino como anillo al dedo para humanizar la imagen de los genocidas. Fue publicada en la edición 3064 del 27 de junio -156 páginas y 500.000 ejemplares-, con Passarella en la tapa levantando la Jules Rimet en “La hora más gloriosa del fútbol argentino”.

Salió a doble página en combo con la secuencia del gol Bertoni que Higinio González no pudo ver por estar de espaldas a la cancha. La foto de los comandantes gritando el gol – bautizada “Alegría” por su autor- tuvo aún un recorrido posterior. Con un nuevo encuadre en el que sólo aparecía Videla, ilustró la tapa de la nefasta revista Somos en la edición posterior a la obtención del campeonato. El semanario político de la familia Vigil, en perfecta sintonía con las aspiraciones del dictador, tituló de manera celebratoria: “Los argentinos y el Mundial-Un país que cambió”.

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EL ABRAZO DEL ALMA
La segunda fotografía, tomada unos cinco minutos después que la anterior, incluye entrañable anécdota. Su autor, don Ricardo Alfieri, reportero gráfico emblema de la revista -ya veterano, jubilado, incluso-, al terminar el partido, después del alargue, al final de la fría tarde de junio, intentó correr como en sus años mozos para fotografiar el momento de los festejos y los abrazos de los nuevos campeones en el medio de la cancha. Ya estaba con un pie sobre la línea de meta del arco del Pato Fillol, antes que Gonella hiciera sonar tres veces su silbato. Con el aullido de la multitud, salió disparado desde su posición “rodilla en tierra”, pero rápidamente advirtió que los años no vienen solos. Los colegas lo pasaban como alambre caído y el enjambre del festejo celeste y blanco ya quedaba muy lejos, allá adelante. Don Ricardo hizo de tripas corazón y se encontró frente a frente con Fillol y Tarantini abrazados, de rodillas.

Todos lo demás fotógrafos habían pasado de largo en la carrera hasta el centro del campo buscando a Kempes. Don Ricardo solito, se agachó apenas y disparó. Fillol se abrazaba a sí mismo, Tarantini parecía consolarlo, don Ricardo volvió a disparar y siguió disparando hasta que la escena se ensució. En argot de fotógrafo, una foto se ensucia cuando empiezan a aparecer elementos distractivos que no aportan nada a la imagen y más bien dificultan su lectura o su comprensión. En este caso, empezaban a llegar chicos, jóvenes hinchas que se habían colado al campo para abrazar a los jugadores y dar la vuelta olímpica. Ese domingo a la noche el laboratorio fotográfico de la editorial ardía. Se estaba cerrando la edición más importante de la historia de El Gráfico. Don Ricardo participó un rato de la excitación general, contó y escuchó anécdotas, dejó sus rollos para revelar y se fue a descansar a su casa de Barracas. En la urgencia del cierre, la foto que unos pocos días después sería elegida entre otras 3.000 como “La mejor foto del Mundial” en el concurso que organizaba Canon, pasó inadvertida. No así la primera foto de esa secuencia, la que registraba el abrazo entre Tarantini y Fillol, que se publicó a doble página con el epígrafe “¡Sí, Pato, somos campeones!”.

Recién el martes 27 don Ricardo Alfieri, de nuevo en el laboratorio, revisando sus negativos, descubrió que había sacado un fotón. Un joven sin brazos, con las mangas largas de su pullover flameando en la noche, se acercaba a Fillol y a Tarantini para sumarse a un abrazo materialmente imposible para él. Don Ricardo hizo una copia y subió al tercer piso a mostrar su hallazgo a un antiguo compañero de aventuras deportivas, otra leyenda de aquella redacción de El Gráfico, el viejo Osvaldo Ardizzone, periodista y poeta, que la bautizó inmediatamente “El abrazo del alma”.

Es una de las fotos más populares de la historia argentina. Tuve la suerte años más tarde, de trabajar codo a codo con don Ricardo en las canchas argentinas y escuché a muchos padres del otro lado del alambrado comentarle a sus hijos: “¿Ves a ese fotógrafo de pañuelo amarillo al cuello? Es don Ricardo Alfieri, el que sacó ‘El abrazo del alma’”.

Creo que la interpretación de esa foto fue creciendo con el tiempo, al principio provocaba una tensión: la alegría del triunfo representada en los jugadores con la piedad que sentíamos por ese pobre chico sin brazos. Cuando empezamos a enterarnos de las atrocidades de la dictadura, de los campos de concentración, de los vuelos de la muerte, nos dimos cuenta que ese chico sin brazos éramos todos nosotros, el pueblo argentino, mutilado para siempre, en la noche más gloriosa de los genocidas.


NdE: Este artículo fue publicado originalmente en el número 60 de la revista Un Caño, junio de 2013.

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