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Algunas fotografías guardan la misteriosa capacidad de generarnos recuerdos de acontecimientos que no hemos vivido. Algo de eso sucede con la fotografía de “El penal que Roma le atajó a Delém en 1962”.

Al contemplar en detalle ese instante eternamente detenido en el tiempo, evoco con nostalgia (pertenezco a la primera generación de argentinos que creció frente a un televisor) la impresión que me causaba en la infancia un personaje secundario del dibujito animado The Dick Tracy Show. Era un perro bulldog, llamado Hemlock Holmes. Era policía. Su principal característica era que disponía de un poder muy especial, podía detener el tiempo ante circunstancias acuciantes. Va un ejemplo: un piano que caía desde lo alto de un edificio iba irremediablemente a terminar en la cabeza de una anciana distraída que pasaba por la vereda. No había tiempo para nada. Entonces, Hemlock gritaba “¡Alto la acción!” y la escena quedaba congelada. El piano interrumpía su caída y la viejita permanecía inmóvil. El policía aprovechaba la detención del tiempo para -a través de su reloj de pulsera- comunicarse con su jefe Dick Tracy y consensuar el modo de resolver el inconveniente. Cuando la acción se reiniciaba, también por orden del perro, las circunstancias se habían alterado y la historia tomaba otro rumbo.

Yo alucino que una milésima de segundo después de la ejecución de aquel legendario penal, Hemlock Holmes gritó “¡Alto la acción!” y en ese momento, el anónimo fotógrafo de Clarín disparó su Nikon…

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La  imagen en impecable blanco y negro, incluye en su encuadre a decenas de miles de personas, entre ellas algunos jugadores de River y de Boca que, desde más cerca o más lejos, presencian el instante decisivo de la definición del torneo de 1962: el penal que virtualmente puede consagrar al campeón.

Pero nuestra mirada se concentra en el “conflicto dramático” de la foto, en los tres protagonistas que se encuentran más próximos a la cámara, emplazada detrás del arco de Boca, pegada a la red, muy cerca del césped regado de papelitos.

La acción está congelada en el momento en que el atildado brasileño Delém acaba de impactar la pelota con su pierna derecha y una pequeña polvareda, como en un western, se levanta dejando una estela. Antonio Roma, sin respetar el reglamento, avanza varios pasos y su robusto cuerpo se inclina sobre su lado derecho. Sus manos ya intuyeron la pelota. Su melena despeinada, sus antebrazos y la posición de sus dedos, recuerdan los movimientos de un pianista en el momento culminante de una sinfonía. El duelo tiene un testigo privilegiado, Carlos Nai Foino -el árbitro- que con su tranquila actitud, plantado sobre sus piernas abiertas, dejando su estómago al influjo de la ley de gravedad, con las dos manos en su espalda y el silbato en la boca, transmite la impresión de tener todo controlado.

Un instante más tarde, cuando el perro Hemlock Holmes, ordene la continuidad de la acción, las vidas (deportivas) de esas tres personas encontraran sus destinos y cambiaran para siempre.