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Wilfred Minter –el hombre de la foto- no pudo olvidar nunca la tarde del miércoles 22 de noviembre de 1922, cuando un partido extrañísimo lo transformó en el goleador más paradójico de la historia del fútbol: anotó siete goles e igual terminó en el equipo perdedor, como para demostrar que el genio individual, incluso en noches ridículamente inspiradas, rara vez alcanza por sí solo para lograr el triunfo.

La ocasión fue un partido de cuarta ronda de la FA Cup, el tradicional y multitudinario torneo inglés. Se trató de un replay entre St. Albans City, el equipo de nuestro inédito antihéroe, y Dulwich Hamlet. Habían empatado 1-1 en la ida, el sábado anterior.

Minter (356 holes en 362 partidos) era una estrella de la era amateur. Había pasado por el ejército británico durante la Primera Guerra Mundial. En su campaña militar había desarrollado su físico y sus talentos futbolísticos. Al regresar de la batalla, se transformó en un fenómeno anotador para su equipo y para su país. Se negó a transformarse en profesional para continuar con el negocio de su familia. Y esa tarde logró un récord que ningún profesional pudo igualar.

Jugaron en el estadio Champion Hill, en Dulwich. Los dos equipos presentaron arqueros de emergencia, porque los titulares se habían lesionado en el encuentro anterior. Jugadores de campo reconvertidos en guardavallas se pararon debajo de los tres palos, algo que ayudó bastante a lo que sucedió después. El arco de St. Albans lo ocupó un tal Alf Fearn, un mediocampista defensivo.

Dulwich se adelantó en el marcador a los 15 minutos. Entonces apareció el bueno de Wilf. Cuentan las crónicas de la época que primero tomó un rebote tras un tiro en el travesaño: 1-1. Después cabeceó un centro de su compañero Pierce: 2-1. Llegó al hat-trick después de una pared con H.S. Miller: 3-1. Iba media hora de juego.

Los siguientes treinta minutos fueron un suplicio para St. Albans y su portero improvisado: Dulwich marcó cuatro goles y la cosa estaba 5-3.

equipoMinter no se rindió, e hizo magia en los siguientes diez minutos. Primero, tras un tiro en el poste de Harold Figg, el goleador de la noche intervino para acortar la distancia: 5-4. Era su cuarto tanto personal. Después metió dos más para poner a los suyos arriba. A los 70 minutos, llevaba seis goles en su cuenta personal (no uno, sino dos hat-tricks) y su equipo estaba arriba 6-5.

Cuando faltaban 5 minutos para el final del partido, Dulwich lo volvió a empatar. Fueron a tiempo extra.

Dulwich volvió a ponerse en ventaja a los 10 minutos del suplementario. Ya había empezado a anochecer cuando le hicieron un foul en el área a Minter, que el árbitro obvió (algunos dicen que estaba muy oscuro como para que viera algo).

Pero a apenas 4 minutos del final, Minter volvió a aparecer con un toque tras un córner para poner las cosas 7-7.

Imaginen por un segundo el estado de ánimo de este señor: marcó siete goles en un solo partido, todos los de su equipo, incluyendo ese empate que parecía definitivo y forzaba un nuevo replay, esta vez con St. Albans de local.

Pero cuando parecía que todo iba a terminar, en el minuto 120, el juez de línea cobró un tiro libre para Dulwich que terminó en gol y victoria: fue 8-7 para el local. Y fue el fin del camino para el increíble Wilfred en esa copa.

Nunca se dio una situación similar en la historia del fútbol.

En el juego siguiente, en cancha de St. Albans, Minter usó la cinta de capitán, y mientras iba hacia la mitad de cancha para el sorteo inicial, la banda del equipo tocó la canción “Porque es un buen compañero”.

Fue su único, pobre consuelo.