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El ajedrez a muchos nos parece de por sí complicado. Pero Tamerlán hizo construir un tablero con cien casillas porque estaba acostumbrado a las evoluciones de tropas en el campo de batalla. No era el aspecto bélico del juego lo que atraía a Xul Solar sino el desafío lógico que planteaba. El ajedrez tradicional le resultaba demasiado simple, por lo cual en 1939 inventó el panajedrez, conocido también como panjuego, panjogo o ajedrez criollo, una creación en la que trabajó durante siete años. El mismo ha explicado cómo se le ocurrió:

“Un día descubrí algo sencillísimo y desconcertante a la vez: la necesidad de un juego que, al tiempo que podía adoptarse en cualquier rincón de la tierra, no sólo se jugase por el simple hecho de entretener —puesto que el entretenimiento no es más que una forma lamentable de perder el tiempo— sino que pusiera en juego la mayor parte de los conocimientos y la misma sensibilidad del jugador, tratando a la vez de buscar, de indagar, de estudiar, de crear, tendiendo siempre hacia el perfeccionamiento del espíritu…”

Artist Yoko Ono interacts with the exhibit "White Chess Set" at the Museum of Modern Art exhibition dedicated exclusively to her work in New YorkEl ajedrez, dicen que de origen chino, ha atraído a muchos artistas por sus posibilidades de recreación. Marcel Duchamp, Man Ray y Yoko Ono son algunos de quienes no se han resistido a estas innovaciones. En la Rusia posterior a la revolución de 1917, la escultora Natalia Danka y su hermana Yelena habían adaptado al ajedrez el “estilo proletario” en un injerto que combinaba el juego con la ideología marxista: crearon dos variantes, “Capitalistas contra comunistas” y “Ciudad y campo”. En este último, con figuras de porcelana, el rey y la reina están representados como trabajadores de una fábrica; los peones, como bombillas de luz; las torres, como contenedoras de agua… Las fichas contrarias adoptan equivalentes rurales, como silos de grano en el caso de las torres y botellas de leche para los peones.

Un entonces ignoto Marcel Duchamp vivió en Buenos Aires en 1918 y 1919, donde pudo haberse cruzado con Xul Solar si no fuera porque éste se encontraba entonces en Europa. En Buenos Aires, Duchamp jugaba diariamente al ajedrez, como dos décadas más tarde lo haría otro exiliado, Witold Gombrowicz, en las mesas del café Gran Rex, en la calle Corrientes. “Estoy preparado para convertirme en un maníaco del ajedrez —dijo Duchamp—. Todo mi entorno toma la forma del rey o de la reina, y el mundo exterior no tiene más interés para mí que su transformación en posiciones ganadoras o perdedoras”. En 1925 esa obsesión llevó a Duchamp a convertirse en gran maestro de ajedrez de Francia. En 1937 inventó el “ajedrez mental”, como variante de sus readymade (“lo ya hecho”, como llamaba a los objetos que exponía confiando en que un contexto diverso los convertiría en obras de arte). Duchamp resumió su pasión ajedrecística con estas palabras: “No todos los artistas son jugadores de ajedrez, pero todos los ajedrecistas son, indudablemente, artistas”. Persistió y con sus manos llegó a tallar unos trebejos en madera; en 1943 creó un juego de bolsillo con fichas planas y 64 perforaciones a modo de casillas. Duchamp arrastró al “vicio” a su amigo Man Ray, quien se interesaba más por las posibilidades del diseño ajedrecístico que por el juego en sí; entre sus creaciones se cuenta un ajedrez con piezas abstractas que presentó en una muestra realizada en 1944 en Nueva York bajo el título Imágenes del ajedrez. Allí también se exhibió un ajedrez creado por Alexander Calder, en el que las piezas están hechas con clavos y restos del mango de una escoba. En cuanto a Yoko Ono, la viuda de John Lennon, fue la inventora del ajedrez blanco, donde desaparece la rivalidad cromática: todas las piezas son blancas, como corresponde a una inventora pacifista que entonces (1967) era portavoz del grupo Flexus. Al eliminarse el negro, cada jugador debía recordar mentalmente la situación de cada pieza.

¿Qué es el panjuego de Xul Solar? Una variante del ajedrez mucho más complicada que el tradicional. Su autor la bautizó como juego astrológico y combina múltiples dimensiones: es, por un lado, un ajedrez enriquecido con reglas del juego de las damas y del chino go. También es un almanaque, ya que cada pieza corresponde a días, semanas, meses y años. Asimismo es una creación lingüística, puesto que las piezas son letras. Como también son signos musicales, el juego permite crear música. Finalmente, es un juego astrológico porque cada pieza simboliza un signo del zodíaco. El tablero consta de doce columnas por lado y por lo tanto tiene 144 casilleros en lugar de los tradicionales 64. En lugar de las dieciséis piezas, cada jugador del panajedrez dispone de treinta escaques además de una pieza, denominada “azar”, que puede ser usada alternativamente por ambos contendientes. El sistema numérico adoptado para el desarrollo del juego no es el decimal sino el duodecimal, una persistente creación de Xul a la que luego me referiré. Las piezas inician el juego fuera del tablero y en cada casillero pueden superponerse hasta siete piezas. Cada jugador puede usar en su favor los escaques tomados al rival. El panjuego tiene la particularidad de que si una pieza se come a otra, asume las propiedades de ésta. Por ejemplo, si la reina tomaba el caballo rival, podía realizar los movimientos del caballo. He aquí cómo ha explicado Jorge López Anaya el alcance lingüístico del panjuego: “Cada pieza representa una consonante (los peones son números), de manera que, según la posición en el tablero (cada escaque está marcado con una vocal), se pueden formar diferentes palabras. Según afirmaba Xul, las palabras posibles eran cientos de miles y con varias piezas juntas por muchos millones… El juego servía como ‘diccionario de una lengua filosófica'”. Además de jugar, los contendientes pueden dialogar formando palabras o bien desarrollar un contrapunto musical. Al contar con signos zodiacales, el juego permite desarrollos poéticos y zodiacales. Ello es así porque “cada pieza mayor representa un planeta y con la información necesaria (posiciones en el cielo) se puede seguir por efemérides su situación año por año, es decir, sus influencias o carácter”. Además de las piezas normales del juego del ajedrez —rey, reina, alfil, caballo, torre y peones—, Xul ha creado piezas nuevas como el Trialfil, la Tritorre, el Bialfil, el Contralfil y la Contratorre. El propio Xul explicó que

“la utilidad de este nuevo juego está en que reúne en sí varios medios de expresión completos, es decir, lenguajes, en varios campos que se corresponden sobre una misma base, que es el zodíaco, los planetas y la numeración duodecimal. Esto hace que coincida la fonética de un idioma construido sobre las polaridades, la negativa y la positiva y su término medio neutro, con las notas, acordes y timbres de una música libre y con los elementos lineales básicos de una plástica abstracta, que además es escritura. También coinciden los escaques, con grados del círculo con el movimiento diurno y anual del cielo, el tiempo histórico y su drama humano expresado en los astros”.

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Sobre el desarrollo mismo del juego, advertía Xul que “con la notación pueden formarse palabras, transformando la partida en un diálogo coherente o en un contrapunto musical o lineal, que mediante signos taquigráficos puede desarrollarse poética o pictóricamente. También pueden jugar dos destinos con sólo utilizar las piezas de acuerdo con el horóscopo de cada uno de los jugadores”. Fiel a la consigna integradora de toda su vida, Xul reunía en el panjuego muy diversos saberes: la astrología, la música, el lenguaje, las matemáticas, la poesía… confluían en un juego que permite desarrollar ideas, crear poemas o músicas, incursionar en la plástica, las matemáticas y la astrología. Cada una de las piezas había sido confeccionada por Xul artesanalmente. Estaban talladas en madera y eran planas, de manera que podían superponerse. Tenían pintados signos del zodíaco y representaciones planetarias, lo mismo que el tablero. El ajedrez de Xul provocó la admiración del campeón mundial Bobby Fischer cuando visitó el Museo Xul Solar. Según Borges, admirador del panajedrez, “yo nunca entendí el juego, porque el pensamiento de Xul siempre iba dejando atrás la explicación del juego; él daba una explicación, digamos, de tal regla del juego, cuando uno la había entendido, cuando yo la había entendido con mucha dificultad porque soy de pensamiento lento, entonces Xul ya había modificado lo que acababa de enseñarme”. La conclusión de Borges es que “nadie llegó a jugar al panjuego, ni siquiera Xul, porque siempre estaba en vísperas del juego definitivo”. Sin embargo, esa afirmación de Borges —de 1975— fue desmentida durante un diálogo que, años después, mantuvo con Roberto Alifano. Recordó entonces que en la confitería de Santa Fe y Pueyrredón, donde solía reunirse con Xul, dos hombres estaban concentrados sobre un tablero. Xul le dijo a Borges que eran dos de sus discípulos que jugaban al panajadrez.

*Texto extraído del libro Xul Solar – Pintor del misterio de Editorial Sudamericana – 2017