Lo que más les llama la atención a los menonitas cuando visitan el pueblo no son los televisores ni las luces de los negocios ni las vidrieras con CDs, DVDs y novedades tecnológicas. No. “Lo que más miran acá –me dice un vecino- son los posters”. “¿Los posters?”, preguntamos. “Sí, los posters de las gomerías”.

La Colonia Menonita Nueva Esperanza está a 675 kilómetros de Buenos Aires, sobre la Ruta Provincial N°3. No es fácil llegar: desde Guatraché, el pueblo más cercano, se deben atravesar unos 35 kilómetros por un camino sin asfalto, sin carteles, sin un alma. No es casual que la ruta hacia la colonia esté en tan mal estado: desde hace siglos, los menonitas buscan vivir alejados de la modernidad. Alejados, dicen, de las tentaciones del demonio. Y en parte lo han logrado: no tienen luz eléctrica ni Internet ni televisores ni computadoras. No escuchan la radio ni se informan con diarios o revistas; algunos apenas leen una publicación que se edita en su dialecto en Canadá y es remitida mensualmente a los suscriptores locales. Después, la Biblia. Sólo la Biblia.

meno2En la colonia menonita las calles son de tierra, las casas de madera, las miradas de desconfianza. En este lugar perdido, en medio de la nada, viven unos 1.300 menonitas. Ocupan unas diez mil hectáreas, la mitad de la superficie de la Ciudad de Buenos Aires. Son diez mil hectáreas de galpones y tradiciones, de queserías y carpinterías, de almacenes y escuelas, de noches iluminadas por faroles a kerosene; diez mil hectáreas de hombres con nombres bíblicos: Isaac, Abraham, David, Jacobo, Pedro, Juan; diez mil hectáreas de vacas, tambos, gallinas, huertas, pinos y cipreses, de calles sin luces y cementerios sin cruces; diez mil hectáreas de un viaje al pasado; de austeridad, renunciamientos y silencios.

Le pregunto a Pedro, de 15 años, si sabe quién es Messi. Parece una pregunta innecesaria para hacerle a un adolescente nacido en la Argentina. O en Kuala Lumpur. O en Indonesia. Porque hasta en Yakarta, a más de 15 mil kilómetros de la Argentina, se venden unos snacks con el nombre de Messi. Pero Pedro me mira algo dubitativo. Piensa unos segundos. Finalmente me dice que sí, que sabe, que escuchó hablar que Messi es el mejor del mundo, pero sólo eso: que escuchó, que nunca, nunca, lo vio jugar.

–“Me lo contaron”.

–¿Quién te contó?

–La gente que visita la colonia.

–¿Y a vos te gusta el fútbol?

–Sí.

–¿De qué cuadro sos?

–¿Yo? De Boca.

–¿Quién te hizo de Boca?

–Me dijeron que tenía que ser de Boca, que es el que más gana.

–¿Alguna vez viste un partido?

–No.

–¿Y te enterás si gana o pierde?

–Me entero tarde.

–¿Tarde?

–También, cuando viene alguien y me cuenta.

–¿Y jugás al fútbol?

–No, tampoco podemos.

–¿Y qué hacés en tus ratos libres?

–Voy a misa.

Pedro viste un overol azul con tiradores, camisa de algodón cuadriculada y gorrita con visera. Desde que nació vive en la Colonia Menonita. Vive de relatos, cuentos, historias que parecen de otro mundo: hay un futbolista que es mejor que todos los futbolistas, hay un equipo de camiseta azul y amarilla que es el que más gana, hay un Dios que siempre vigila. Pedro creció sin televisión, sin Internet, sin PlayStation. Y sobrevivió. Y hasta parece sano, fuerte.

–¿Vas a la escuela?

–No.

–¿Por?

–Porque acá es hasta los 12 años.

–¿Y después?

–Trabajamos.

–¿Y en qué trabajas?

–Instalo galpones y tinglados con mi papá.

–¿Alguna vez saliste de la colonia?

–Una vez.

–¿Dónde fuiste?

–A Río Gallegos.

–¿Y te gustó?

–No sé. No vi nada. Fui con mi papá. Trabajamos y volvimos.

Me cruzo con Juan. Juan está en un galpón, apilando bolsas. Es de hombros anchos, ojos fríos. Tiene la simpatía de una máquina cosechadora. Recién después de un rato me cuenta que vive acá desde los 8 años, cuando vino de México. Hoy ya tiene 40. Y tiene su mujer, sus tres hijos, su granja, su jardín prolijamente recortado, su huerta, su gallineroy su lugar reservado en el Reino de los Cielos: Juan reza cada noche, lee la Biblia, va a misa todos los domingos, proclama la obediencia a Dios, el amor al prójimo y está en contra de cualquier juramento porque, dice, un buen cristiano nunca miente.

Los menonitas son pacifistas y anabaptistas (consideran el bautismo como un símbolo de fe, por eso se bautizan recién a partir de los 18 años). Llegaron acá, a Guatraché, La Pampa, en 1985. La mayoría vino de la colonia de Casagrande, en Chihuahua, México, y desde Santa Cruz de la Sierra, Bolivia. Acá llegaron los más radicalizados, los más conservadores de una comunidad ya de por sí conservadora: los llamados Altkoloniers.

Los Altkoloniers siguen las mismas normas y costumbres que hace más de 400 años impuso su líder Menno Simmonz (de ahí el nombre “menonitas”). Entre ellos hablan el plattdeusch, un dialecto alemán que dejó de usarse hace siglos. En la escuela aprenden las operaciones básicas y no escriben en cuadernos,sino en pizarras individuales. No se les enseña el castellano. Lo aprenden sólo de escucharlo. Cada familia tiene entre seis y ocho hijos, y hay casos de familias de diez y de doce. La razón principal es que se les prohíbe el uso de métodos anticonceptivos. Para casarse, deben pedir formalmente la mano de su novia y la mayoría llega virgen al matrimonio. Cuando algún miembro rompe una de las normas, no se lo expulsa de la colonia. Peor: se le niega el saludo y cualquier tipo de relación comercial, transformándolo en un paria.

En la colonia no hay hospitales ni médicos ni salas de primeros auxilios: si alguno se enferma va a la clínica de Guatraché. Tampoco pueden tener autos. Así que en pleno siglo XXI todavía se mueven en carros tirados por caballos. Incluso a los tractores les cambian los neumáticos por ruedas metálicas para evitar que los jóvenes visiten los pueblos y queden expuestos a las tentaciones mundanas.

Juan me dice que una vez viajó a Buenos Aires a comprar insumos para la colonia, pero no la pasó bien, que Buenos Aires no le gustó, que tenía miedo, mucho miedo de que le robaran. Y de pronto suena un celular. Increíble: en la colonia menonita, entre tipos que viven sin tele, radio, ni Internet, que todavía andan en carretas, que se bañan en fuentones por resistirse al confort, suena un celular.

Es un Blackberry. Juan lo saca de uno de los bolsillos de su overol. Responde un mensaje. Me explica que si bien en la colonia no se aprueba el uso de los celulares, ya son muchos los que tienen, que más que nada los usan para trabajar, para arreglar ventas.

d08b0d2986ab669215d4125b41b9a945Desde hace años, luego de una gran sequía, a los menonitas no les quedó otra que abrirse al exterior, hacer trabajos para “afuera”. Así, formaron una asociación civil (La Nueva Esperanza) con un CUIT único para vender sus muebles, sus silos, sus quesos, sus lácteos. Hoy en la colonia se producen 15 mil litros de leche por día, 1.500 quesos diarios y mucha de la muzzarella que se come en las pizzerías de Buenos Aires.

Juan dice que es hincha de Boca pero no sabe que Boca terminó antepenúltimo. Sí sabe de Riquelme. Juan conoce bien a Juan Román. “Es el ídolo, aunque todos lo cargan porque no corre, je”. Y me cuenta que cuando viajó a Buenos Aires fue a la Bombonera. Lo llevó un amigo. Ni recuerda qué partido vio, pero sí me dice que no le gustó estar ahí, que no le gustó nada: “Es estúpido, el fútbol es estúpido. Nosotros viendo el partido y los jugadores ganando mucha plata”.

En Guatraché, el pueblo pampeano más próximo a la colonia, hay tres farmacias, una vía casi muerta, varias plantas de acopio de cereales, una plaza Eva Perón, un clásico (Huracán de Guatraché ante Pampero), una cooperativa agropecuaria, una disco Latino, una carnicería La Costeleta, una parrilla El Cacho, una peluquería Rizos, y muchos, pero muchos, descendientes de alemanes. Se ven negocios como la armería Sankt Hubertus, la panadería Odessa y en una librería se anuncia un gran baile familiar con torta Riewlkuchen, organizado por la Asociación Descendientes de Alemanes del Volga.

Entre los atractivos del lugar, la oficina de turismo incluye un complejo termal. También un día de campo en las estancias locales con paseo, almuerzo criollo y merienda con dulces caseros. Pero, además, por si fuera poco, se ofrece un tour por la Colonia Menonita.

Marcelo trabaja en la agencia Carmelo Viajes y todas las semanas lleva hasta la colonia a contingentes de jubilados, estudiantes, curiosos… Me cuenta que para armar este tour habló con el obispo de la comunidad y que no hubo ningún problema, que hoy los menonitas abren sus puertas para mostrar sus productos y después venderlos. “En el tour se ven cosas curiosas. Por ejemplo, una vez un turista les tiró una pelota a unos nenes menonitas, pero ni sabían patear y ¡se la devolvieron con la mano! Imaginate que los más chiquitos ni conocen a Messi, no tienen idea de quién es. Ellos no salen de la colonia”.

El Residencial La Chacra, en el centro de Guatraché, es un hotelito de diez habitaciones, pisos sucios, paredes con humedad, sábanas apolilladas. En la sala principal hay un mostrador, cuatro mesas, tres parroquianos adormecidos, un mapa de La Pampa y la tele puesta en un partido de la Champions. Oscar, el encargado, me cuenta que nació acá cerquita, en Jacinto Arauz, el pueblo en el que René Favaloro ejerció la medicina durante once años. Me lo cuenta con orgullo. Y enseguida me pregunta qué hago por acá.

–¿Qué hace por acá?

–Vine a escribir una nota sobre los menonitas.

–Ah, sí, los menonitas. Precisamente ahora en el hotel hay uno alojado.

–¿Acá? ¿Un menonita?

–Sí. Vino a ver el partido.

–¿El partido?

–El partido de la Champions. Siempre que hay algún partido importante se alquila una habitación. Sabe mucho de fútbol, le encanta.

El menonita me dice que lo van a matar. Tiene 40 años, ojos azules, cachetes rojizos. Lleva, por supuesto, su overol, su camisa de algodón cuadriculada, su gorrita con visera. Me dice que lo van a matar si se enteran sus jefes de que vino a Guatraché para ver el partido de la Champions. Por eso me pide discreción, que no ponga su nombre en la nota. Le digo que se quede tranquilo. Me cuenta que antes, hace tiempo, en la colonia se organizaban algunos partidos de fútbol. Sobre todo, los domingos.

Pero que ahora no, que es una lástima, que el obispo actual no quiere saber nada con eso de que jueguen. Pero que a él le encanta el fútbol. Y le encanta mirarlo, principalmente el fútbol europeo. Me habla del Borussia Dortmund, del Bayern Munich, de Götze, Lewandowski y Robben.

–¿Y cómo sabés tanto?

–Por Internet. Sigo todo desde mi celular. (Estadística: de tres menonitas con los que hablé, dos tienen celular).

El menonita me dice que también es de Boca y me explica que en la colonia hay muchos de Boca porque hace años un turco fue a la colonia a vender mercadería y convenció a un montón de hacerse hinchas.

–¿Cómo los convenció?

–Regalándoles cajones de cerveza.

A pedir de Boca es un almacén, un mercadito de la calle Pringles, en Guatraché. Está cerca de la iglesia, cerca del Banco La Pampa, cerca de la plaza, cerca de todo, porque acá todo está cerca. El dueño es el Turco Dayup. Heredó el negocio de su padre, que lo abrió en 1918. El Turco tiene 76 años, una campera de Boca, un gorro de Boca, póster de Boca, todo de Boca. Tan fana es que hasta pintó el techo del mercadito de azul y amarillo. Dice que en el mundo hay millones de bosteros, pero ninguno más fana que él.

otravezmenoMe cuenta que en el ‘62, cuando Delem se paró frente al Tano Roma a patear aquel famoso penal, él le dijo a su mujer: “Viejita, te prometo que si lo ataja meto el dedo en el enchufe”. Y el Turco metió el dedo en el enchufe y se ligó flor de patada y ahora, casi 51 años después, me muestra el dedo chamuscado, orgulloso de la descarga eléctrica.

El Turco recuerda bien la llegada de los menonitas a Guatraché, me cuenta que él fue uno de los primeros del pueblo en hablar con ellos, que todos acá los miraban de reojo, pero que él no. “Yo me iba con mi camioneta y les llevaba provisiones, mercadería. No fue fácil. Durante un año tuve que ir con mi esposa porque si no hacía eso, no me dejaban venderles cosas a las mujeres. Ahora ya están un poco más conectados, más informados. Pensá que la mayoría de ellos llegó acá en el ‘86, el año que Argentina ganó el Mundial. Y ellos, que venían de México, ni sabían quién era Maradona”.

Los menonitas no se reconocen argentinos. No asumen nacionalismos. Se consideran extranjeros, ciudadanos del Reino de los Cielos. Sin embargo, cuando gana la Selección en los Mundiales, muchos se suman a los festejos y hasta adoptaron algunas costumbres: comen asados, toman mate y dicen “boludo”.

En la colonia se ven algunos rastros futboleros. En el almacén de Abraham Brown, un póster de Boca; en la carpintería de Cornelio Lowen, el techo pintado de azul y amarillo. Pero casi no se ven pelotas. Los juguetes de los nenes son tractorcitos de plástico, autitos de madera, triciclos.

Después, ya a los 12 y 13 años, los juguetes se convierten en tractores, cosechadoras, sembradoras… Maquinarias rurales. Rurales y reales.

“Para ellos es trabajo y trabajo -me dice el Turco Dayup-. Vas por la colonia y ves a chiquitos manejando máquinas grandes, peligrosas. Una vez uno de los nenitos se accidentó con una sierra sin fin. Fue internado de urgencia y, días más tarde, murió. Fui a ver a los papás. No sabía qué decirles. Me acerqué a la madre y le dije que lo lamentaba mucho. Entonces, viene el esposo, el padre del nene, y me dice: “Aldo, no lo tomé tan así, sin una pierna el niño ya no servía para las tareas”.

Publicada en UN CAÑO #62 – Agosto 2013