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Hay que escarbar bien al fondo, allá lejos donde intentan meterse los hombres y mujeres de diván, para tratar de entender cuántas personalidades vivían en el cuerpo de Darío Dubois. El tipo reunía todas las características para que uno se lo topara de frente y se pegara flor de cagazo: alto, excelente físico, rulos rebeldes, algo así como un Slash de estas Pampas, siempre de ropa negra o gastada, con barba, muchas veces teñido de rubio pajoso, pero indefectiblemente con ese aura de soy metalero en cada paso que daba. Sin embargo, cargaba con una voz suave, extremadamente dulce y desconcertante para un hombre del black metal, como él solía encasillarse. Y, encima, era un pacifista a ultranza, que no consumía alcohol ni carnes. Siempre admiró al Che Guevara y por eso solía destripar al mundillo del fútbol hasta ver que se desangraba por la herida: dijo por altoparlante lo que todo el mundo siempre ha ocultado debajo de una alfombra que ya parece un cerro de tanta mugre acumulada. Denunció sobornos, intentos de coima, falta de pagos, y se encargó de difundir las penurias que sufren los futbolistas del ascenso por correr detrás de ese fanatismo que genera la pelota. Murió el 18 de marzo de 2008, a los treinta y siete años, luego de que le metieran dos tiros (uno en la pierna y otro en el estómago) cuando intentaron robarle los pocos mangos que ganaba como sonidista en un boliche de Isidro Casanova. Pero en diez años de carrera futbolística dejó una huella imborrable, la marca de esos héroes marginales que son capaces de generar admiración y, a la vez, pena.

duboisPINTAR Y GUERREAR

Debutó en 1994 en Yupanqui y luego pasó por Lugano, Midland (fue campeón de la D), Deportivo Riestra, Laferrere, Cañuelas y Victoriano Arenas. En total, jugó 146 partidos y convirtió 13 goles. No le gustaba el fútbol ni nada de lo que suele rodearlo. “Lo hago porque me encanta la parte física, el entrenamiento, me hace sentir bien. Además, sirve para costear mi carrera de músico”, explicaba didácticamente. Sí adoraba su otra pasión: la música. Tocaba el bajo en la banda Tributo Rock, que había sido formada por varios jugadores de la D para homenajear a Vox Dei. En otra muestra de su inabordable idiosincrasia, también tocó en un grupo de cumbia villera. “Se llamaba Corré Guachín. Qué sé yo, a mí me cabe toda la música, yo mezclo cumbia con rock, con el heavy, el reggae y el soul, todo es bienvenido”, se defendía. En el 98 tuvo su máxima excentricidad. Bah, al menos para la AFA, para los técnicos, rivales, árbitros e hinchas. En un clásico entre Midland y Argentino de Merlo, apareció en la cancha con la cara pintada a lo Gene Simmons. Didáctico, el Loco había estudiado el reglamento: pintarse no figuraba en ninguna de las tediosas páginas. “Me da polenta: te pintás y salís a guerrear a los rivales. Mis compañeros se cagan de la risa, pero los rivales se asustan. Soy un payaso que se pinta la cara, pero que se mata por la camiseta”, decía por entonces. Por supuesto, Don Julio Grondona al tiempito nomás prohibió la pintura. Y Dubois ya no pudo maquillarse con el set que le alcanzaba su novia travesti. “Yo salía con una travesti, que tenía un montón de pinturas. Sé que esto molesta porque el fútbol es muy fascista: pelito corto, bien empilchaditos, y yo soy metalero, croto, con cadenas y tachas, pero yo digo la verdad y salía con una travesti”.

VOLVER A LOS CUARENTA

Aunque se recordará por siempre esa transformación en Kiss, que le duró apenas catorce partidos, este central aguerrido tiene cientos de historias. Una vez, el sponsor de Lugano no les pagó los premios acordados y Dubois no lo dejó pasar: como había llovido, entró a la cancha, agarró mucho barro y se tapó la publicidad. También es inolvidable el día que le sacó quinientos pesos a un árbitro que lo había expulsado: “Era Juan Carlos Moreno, me expulsó re mal. ¡Hasta los rivales no podían entenderlo! El tipo saca la roja y se le caen quinientos pesos. ¡Era un arreglo! ¡Mirá si en el ascenso vas a tener esa plata! Así que le saqué los billetes y empecé a correr para el vestuario. Me corrían todos: el árbitro, los líneas, mis compañeros, los rivales. Me frené y se los tiré en la cara. Le dije que con esa roja yo me quedaba sin cobrar, entonces me llevaba lo que él me estaba robando”.

A mediados del 2005, Dubois se rompió los ligamentos cruzados. Nadie de Victoriano Arenas se comunicó con él. Quedó en el olvido. No vio una moneda para poder costearse la operación. Igual, él soñaba. “Les gano el juicio, me opero y vuelvo a jugar hasta los cuarenta años. Yo soy un jugador de los hinchas. Además, estoy intacto: no como carne, no tomo alcohol, no me drogo, soy muy sano”, explicaba Dubois, que también defendía la legalización de la marihuana. Sin saberlo, esa lesión fue el primer escalón hacia el final. Aquella madrugada de marzo recibió dos balazos. Salía de trabajar. Tenía unos pocos billetes y un par de monedas para el colectivo. Días más tarde falleció en el hospital Paroissien, de La Matanza. Nadie se acordó de Dubois: el único minuto de silencio lo hizo la hinchada de Midland, que no olvidó a su caudillo. El resto del fútbol argentino ignoró su muerte por completo. Seguramente, porque algo habrá hecho…

Artículo publicado originalmente en la inolvidable revista LA MANO en junio de 2008.