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El fenómeno de Woodstock. El estallido de Tommy.

La humanidad mentalmente subdesarrollada. Esa mayoría llamada pueblo, como si las minorías lúcidas no fueran pueblo. Esa especie adulada en su propio perjuicio diciendo que nunca se equivoca, pero que se equivocó y equivocará siempre. Pues sí, nosotros, para decirlo con más propiedad, llegamos, en nuestra patológica condición bestial —y a pesar de ella— a ciertos refinamientos que, sin quitarnos nuestra natural condición porcina (no alusiva a nuestro sexo, sino a nuestra mente), nos colocaron en la apariencia de ser distintos de los animales. Así llegamos a producir la minoritaria especie de los hombres dignos. Ellos operaron como freno de la mayoritaria especie del hombre-animal. Jamás hubo, ni podrá haber, un reglamento que codifique la dignidad. Ella, como lo moral, ni siquiera es religiosa. Es fácil probar que ni las religiones llegaron al cenit de lo moral y de lo digno.

iglesia

Sentándonos cinco horas ante Woodstock y Tommy se abrevia muchísimo el camino para comprender que la humanidad pasó de la barbarie a la barbarie: ¿Qué quiere el hombre? No se sabe. Se sabe lo que quieren los pocos lúcidos, los pocos dignos. No se sabe qué quieren aquellos que dicen que estos hippies son unos mugrientos drogados, ni se sabe qué quieren estos mugrientos drogados, muy folkloristas que argumentan estar fugándose de los cerdos almidonados. Nunca se sabrá. Es la gran desventaja humana, que sólo sabe qué no quiere y esto no siempre es válido por mucho tiempo.

Los vínculos de parentesco son enormes entre una y otra barbarie. Entre la tradición y la revolución. El hippie se droga. Pero nosotros adoramos a la Difunta Correa, la Madre María, Ceferino Namuncurá, el pistolero Bairoletto, y pronto quizá hagamos lo mismo con el Pibe Cabeza. Tenemos también los velatorios de niños como valederos de grandes fiestas del no se sabe qué, símil de lo que muestran 300.000 hippies embarrados, drogados y pestilentes en Woodstock. O millares de jóvenes adorando a un nuevo Dios de las Alturas en Tommy.

Woodstock y Tommy muestran una versión de esa idiotez colectiva. Pero no por ser sucia, drogadicta y melenuda. La idiotez humana no necesita de hippies para ser demostrada; Tommy la exhibe con gente normal. Además la idiotez es una riqueza ecológica, sin la cual muchos tendrían que trabajar en serio. A estos chicos se los usa como imbéciles felices de ser usados. Algo parecido a Woodstock quiso hacer aquí, una vez, El pariente Suárez. ¿Acaso Muñoz no hace lo mismo con los hinchas de fútbol; otros comerciantes de lo gratuito no hacen otro tanto con la liberación de la mujer: y antiguamente la Iglesia con el miedo al Diablo? Es todo comercio. Comercio abierto por el aburrimiento a la monotonía que suele tener la vida normal. Quien descubra el modo de caminar con las manos para tener la cabeza a la altura de los pies, hará el próximo negocio de esa serie de explotaciones de la estupidez humana. Realmente no me atrevo a condenar a estos chicos de Woodstock y Tommy. Son tan instrumentos folklóricos como estos inocentes de la guerrilla que mueren como moscas sin saber por quién pelean. Ni siquiera saben quién los está usando. Sólo saben quién los va a matar, ni siquiera a quién matarán.

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Viendo Woodstock se toma mejor conciencia de dónde se vive. Además es un documento de una honradez propia de un país que voltea a un presidente porque un diario lo denuncia como venal. Norteamérica, pese a todo, le sigue enseñando a vivir a todo el bestiario humano, si se trata de jugar con autenticidad. Allí muestra todo el problema de esta juventud utilizada para un curro de mercaderes. No engaña a nadie. Además es asombrosamente limpia de cualquier erotismo barato. Este no aparece ni siquiera cuando muchos se bañan juntos, todos desnudos, en un mismo charco de agua. Es enorme el acierto documental de esta película, que desde hace dos años se pasa en trasnoche en un cine de la calle Cabildo y entre una concurrencia totalmente adolescente (que me miraba como sapo de otro pozo). Limitada a mostrar, solamente a mostrar, llega a probar una gran relación entre el subdesarrollo mental que pone avisos de gratitud milagrera en los diarios y este que permite tal tipo de arreo humano: su idéntico apego a la superstición. Todos creen en el Diablo. Estos 300.000 hippies hacinados entre desperdicios fisiológicos y gastronómicos de tres días, entre el barro, recibe a la lluvia como determinada por los helicópteros del fascismo (el Ejército de los Estados Unidos) que la inyectaron en las nubes. Entonces opta por alejarla casi rezando: gritando que no lloverá. Pero como llueve y la cosa se hace caótica, entonces los helicópteros del fascismo regresan a auxiliarlos y en tal caso “son nuestros hermanos del Ejército de los Estados Unidos que vienen a auxiliamos”. La misma coherencia, es decir la misma imposibilidad de entender algo, tiene todo el cancionero con gritos, ruidos, contorsiones estimuladas a cielo abierto, que allí desfilan proclamando el amor, la música, el amigo, la paz, la libertad, una melange de cosas enternecedoras si se ven escritas, pero todas muy vacías viendo a estos 300.000 chicos tan tristemente ausentes de la posibilidad de decir qué quieren. El llanto, la histeria, el grito por el grito mismo los clausura. Pero aun en el estado en que los dejaron sus madres, tampoco sabrían decirlo. Son la Generación de Pepsi.

bañoEs que su idiotización ha superado (periodismo moderno mediante) el nivel que de ella tuvimos los que en esa edad teníamos en quiénes creer. Los que hoy miramos todo esto como un renunciamiento a la vida, los tuvimos. Por eso a la humanidad solamente la podrán hacer distinta y mejor, las minorías lúcidas, las ultraminorías de dignos y mejores, que hoy parecen extinguidos como raza mutilada de la ecología. Pero no sigamos manejando el desentendimiento de estos chicos con sus padres. Ese desentendimiento (si existiera) siempre existió. Nunca un padre se divirtió totalmente con lo que le divierte a su hijo, ni éste totalmente con lo que le divierte a su padre. Hay una pared biológica muy normal entre los dos. Creo que se trata de recuperar la credibilidad de estas pobres víctimas en sus padres; y ella no será jamás posible si los viejos no rompen desde jóvenes el nivel común del tilinguismo humano. ¡A este mundo no hay Dios que lo arregle! La felicidad no es una existencia. Es una imaginación. La tienen los ricos de ella.

Texto publicado originalmente en la revista Satiricón en febrero de 1976.