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Si bien es cierto que los medios, en general, infantilizan a la audiencia, a los lectores, con el fin de poder manejar más fácilmente sus emociones, el periodismo deportivo utiliza ese método con llamativa eficacia. Se trata de vender, y para eso lo mejor es evitar el análisis del juego, que requiere una mentalidad adulta y serena, y centrarse en lo que sucede alrededor. En rigor, alrededor del juego no sucede casi nada, pero es tarea del periodismo crear una realidad virtual, imaginaria, llena de mitos y fantasías que estimulen el apetito consumidor del público.

Afirma Ramón Fernández Durán en La explosión del desorden (Madrid, Fundamentos, 1997): “La realidad mediática convertida en el centro simbólico de nuestras sociedades genera la cultura del videoclip, en la que las imágenes se concatenan sin ninguna estructura narrativa, donde los planos se suceden a velocidad de vértigo y en la que, de forma adicional, se imposibilita la capacidad de pensar con la consiguiente atrofia del intelecto al no tener el discurso una estructura sosegada y racional. Esto dificulta la comprensión de los fenómenos que suceden. La televisión ha alterado totalmente el concepto de información y su entendimiento y, al hacerlo, ha forzado a los otros medios a aceptar como correcta su definición de información.”

Fernández Durán no se refería a la información deportiva, pero su reflexión encaja perfectamente en esa especialidad.

camis350No se trata de que el «cliente» comprenda el juego, sino de que compre el producto-fútbol a través de los mitos prefabricados. A tal punto llega la enajenación del consumidor que compra las camisetas de sus ídolos a precios exageradamente elevados cuando es evidente que no se trata de las que usan ellos, sino de una cualquiera a la que se le agrega el nombre de las estrellas y su número habitual. Sin la intermediación de la televisión, la radio, la prensa y las redes sociales, esa venta sería impensable. En otras palabras, además de formar parte esencial del negocio, los medios recaudan enormes beneficios gracias al circo que montan.

Un ejemplo de ese discurso banal e idiotizante lo encontramos cuando, en cierta ocasión, Cristiano Ronaldo declaró que estaba triste. Durante meses, los principales medios de difusión se ocuparon machaconamente del tema. No solo mediante noticias constantes sobre el delicado estado de ánimo de la estrella y sus variaciones diarias, sino organizando debates acerca de las causas de esa tristeza y el modo de aliviarla. La gente llamaba a las radios y televisiones o escribía mensajes, compungida por semejante acontecimiento, para proponer soluciones y dirigir su ira contra quienes consideraba culpables del bajón anímico de Ronaldo. Cuando el jugador dio por terminado ese periodo de melancolía, una sensación de alivio endulzó la vida de los miles de seguidores madridistas, muchos de ellos castigados por la situación económica y social, aunque nada más importante que la tristeza de su ídolo. Tal vez no sea esa su principal intención, pero ese tratamiento superficial al borde de una estupidez deprimente cumple también con el objetivo político de la clase dominante: apartar a los castigados de la realidad que los oprime y anular sus neuronas políticas para que acepten resignadamente las cosas como son.

No obstante, el objetivo principal es la venta y, para eso, se apela a lo que mejor resultado da: las emociones de los hinchas.

verguenza350En un artículo titulado «Las marcas usan las emociones de forma estratégica para vender más» (1), se menciona un estudio de Microsoft que concluye que «las campañas basadas en las emociones muestran unos márgenes de beneficio más elevados que las que apelan al pensamiento racional». Y, en eso, el periodismo deportivo es experto. Nada de su mensaje se dirige a la racionalidad del hincha. Al contrario, lo despoja de su capacidad de reflexión y queda expuesto emocionalmente para ser manipulado e impulsado a la compra de objetos fetiches. No solo camisetas; también relojes, bufandas y un sinfín de artículos para demostrar su fidelidad a «los colores». Sin análisis del juego, porque no interesa comercialmente, los comentarios periodísticos generalmente van de un extremo a otro, entre el éxito rutilante y el fracaso más estrepitoso. Porque el negocio también descubrió que en la derrota es rentable explotar la ira del hincha, que busca en los medios la expresión de su enfado.

Como sabemos, para el capitalismo el mundo es un gran bazar donde todo se compra y se vende. La transformación del aficionado en consumidor es similar a la que convierte al ciudadano en un cliente, previa despolitización. Ese afán desmedido por vender lleva al periodismo a extremos ciertamente ridículos, como lo que ocurrió con el ex delantero del Real Madrid, Raúl. Después de jugar un excelente partido ante el Atlético de Madrid en el Bernabéu, apareció en la portada de un periódico deportivo este titular: «Raúl, consagrado». Era su segundo encuentro en el primer equipo y, aunque efectivamente, se consagró como un crack, ocurrió al menos tres o cuatro años después. Otro ejemplo más. Después de dos partidos con Zidane al frente del Real Madrid, la web de La Liga lo nombró «el mejor entrenador de la historia» del club. El equipo le había hecho cinco goles al Deportivo y otros cinco al Sporting de Gijón; ningún otro entrenador del Madrid había logrado marcar diez goles en tan poco tiempo. No obstante, esa calificación fue notoriamente exagerada. Ese mismo criterio lo utiliza la prensa deportiva cuando define las derrotas. «Desastre», «ridículo» o «vergüenza» aparecen como calificativos corrientes ante cualquier resultado adverso.

GOL DE PITÁGORAS

«Los números hablan por sí solos», suelen decir quienes tienen por costumbre manipular datos y estadísticas para favorecer sus opiniones. Y en realidad no es cierto. Todos los números, datos o estadísticas necesitan una interpretación para que signifiquen algo. Pongamos como ejemplo la cifra de desempleados en España, según los datos del Gobierno del PP a mediados de 2015. Si miramos los números sin atender a otras circunstancias, el optimismo forzado del Ejecutivo de Rajoy era acertado, había menos parados. Pero, si hubiéramos observado que el 90% del empleo creado era precario, con sueldos miserables que en muchos casos no llegaban ni al mínimo legal, habríamos comprobado que se trataba de una situación muy cercana a la esclavitud.

Menos grave, claro, es la utilización de las cifras por la prensa deportiva, aunque igualmente engañosa. Se trata de cuantificar los sentimientos, de darle un carácter supuestamente científico a un hecho claramente cultural como es el fútbol. Si bien los números pueden servir de apoyo a algún comentario conceptual, de ninguna manera pueden esgrimirse como argumentos irrefutables. Dicen, por ejemplo, que un jugador corrió diez kilómetros en un partido. Eso se refiere, simplemente, a la cantidad, no a la calidad, que es lo que podría definir la actuación de ese futbolista. Otro ejemplo: un pase de gol deja de ser tal si el que lo recibió no convierte el tanto. En cambio, si alguien tira un córner al bulto, la pelota cae en la cabeza de un compañero y este marca, los «numerólogos» lo consideran un pase de gol. La situación no es real, pero cuadra con las estadísticas.

Lo absurdo de este afán numérico queda más al descubierto si pensamos en alguien empeñado en medir los cuadros del Museo del Prado para establecer diferencias cualitativas entre ellos o en contar las palabras de una novela para saber si es mejor que otras. Ocurre que, así, los adictos a las estadísticas reducen el luego –con sus muchos matices y sensaciones– a cifras que, aunque alejadas de las emociones y los sentimientos, son más fáciles le objetivar y vender. Al fin y al cabo, como decía Benedetti, los sentimientos pasaron a la clandestinidad en nombre de la eficacia. Como sabemos, para Pitágoras el número es la clave de todas las cosas. Claro que Pitágoras no conocía el fútbol.

GANADORES Y PERDEDORES

La ideología dominante nos divide en ganadores y perdedores. En esta carrera, desigual por donde se mire, los ganadores pertenecen al 1% que se apropia del esfuerzo de los demás. El 99% restante integra el equipo de los que pierden, jueguen como jueguen. A ese atropello, injusto a todas luces, los que mandan lo llaman normalidad. Es «normal», por tanto, que los medios vendan el producto-fútbol a través de sus ganadores, que sirven como ejemplo y, especialmente, como cebo. Sobre el tema, Vázquez Montalbán dice en Fútbol. Una religión en busca un dios: «Es indudable que se va a introducir un sistema de doble valoración de las grandes estrellas del fútbol: por su contribución a los resultados deportivos y por su contribución a la venta de productos relacionados con su imagen».

pele-350Además, los medios elaboran una apariencia inmaculada y férrea de los ganadores para que veamos cómo se puede llegar a la cima con disciplina, voluntad y buen comportamiento. El carácter autodestructivo de Maradona, por ejemplo, y el hecho de ser manifiestamente incómodo para los que mandan le restó posibilidades para acceder al podio de los intocables. En cambio, Pelé, siempre amable con el poder, siempre moderado en sus opiniones políticas, siempre más allá del bien y del mal, es la figura ideal para cualquier operación de marketing.

Al mismo tiempo, introducen al futbolista en una burbuja amable y confortable que lo aleja de la realidad. Generalmente de origen humilde, de pronto se ve disponiendo de recursos económicos que no solo ni soñaba, sino que le dan una ficticia sensación de poder que lo hace sentir el amo del mundo. Cuando eso ocurre, el círculo de la trampa se cierra: logran desprenderlo de sus raíces, lo desclasan. Se queda en el aire, sin suelo donde apoyarse, sin el sentido de pertenencia que le daba identidad. Cuando el futbolista estrella empieza su decadencia y choca contra la realidad, los medios que lo encumbraron para utilizarlo como icono de venta lo acusan de creerse en el pedestal de los dioses. Algunos, entonces, se preguntan si ganar es, realmente, lo único importante.

SENSACIONALISTAS Y BANALES

El profesor José Luis Rojas Torrijos (2), de la Universidad de Sevilla, describe sin eufemismos el comportamiento mayoritario del periodismo deportivo español, que bien se podría extender a muchos otros países: «La información deportiva suele supeditarse al entretenimiento, dando [sic] cabida a elementos provenientes de la industria del entretenimiento que no son propios del periodismo». Además de explicar cómo los programas deportivos, especialmente en la televisión, adoptan «técnicas sensacionalistas que han derivado en una trivialización de contenidos y una consecuente pérdida de calidad», denuncia que «apelan a la emotividad y a la magnificación de hechos, declaraciones e imágenes con el objetivo de llamar la atención antes que informar».

Rojas Torrijos se muestra más contundente cuando alerta de que: “no seguir los parámetros éticos recogidos en los principales códigos deontológicos de la profesión puede ocasionar un preocupante deterioro de la calidad de los contenidos, merced a comportamientos tan rechazables como el denominado periodismo de bufanda o periodismo de camiseta, cada vez más naturalizado en este campo informativo y, muy especialmente, en los formatos de infoentretenimiento imperante”.

Es ciertamente lamentable esa moda del periodismo de bufanda para atraer clientes. Periodistas que son, o simulan ser, forofos de un equipo gritando o haciendo pantomimas degradantes, histéricas, bochornosas, que provocan vergüenza ajena. Se trata de sumar oyentes o televidentes con la misma fórmula que se admite para que los equipos logren la victoria: como sea. Añade el artículo que estas fórmulas se utilizan porque lo que se prioriza, por encima de cualquier otra cosa, es «la búsqueda del éxito comercial, aunque para ello sea preciso renunciar a hacer periodismo». Una maquinaria bien engrasada y programada al servicio de un proceso de idiotización incesante. El negocio no repara en detalles éticos.

OPIO PARA EL PUEBLO

Mientras los grandes empresarios se frotaban las manos ante semejante negocio, los intelectuales de izquierda calificaban al fútbol de opio del pueblo. Ocurrió a finales de los 50, principios de los 60, cuando el fenómeno futbolístico empezaba a tener una dimensión imprevista por uno y otro bando. A pesar de que la derecha miraba al fútbol de reojo y frunciendo la nariz, sin poder disimular un rictus de desprecio, sabemos que, cuando se trata del bolsillo, le desaparecen los reparos y los pudores. La izquierda (nos referimos a los intelectuales), en cambio, muchas veces comete el pecado de idealizar la realidad y por eso no siempre conecta rápidamente con la cultura popular. Lo cierto es que el fútbol, hoy en día, cobija a ambas ideologías por un motivo o por otro. Curiosamente, mientras eso sucedía, se iba perdiendo el significado del juego a favor del resultado como definidor absoluto.

crum350Más de 8 millones de españoles son lectores de algún medio relacionado con el fútbol, el 68% es aficionado a algún club y 8 de cada 10 siguen el fútbol por televisión (3). Por este motivo, las empresas invierten en publicidad cerca de 300 millones de euros anuales en programas vinculados con él. Y, también por eso, cuando hablan de deporte, el 80% del contenido en la radio y el 61% en la prensa está relacionado con el fútbol (4); un porcentaje que llega al 85 % en el caso de la televisión (5), donde le dedican más de 3.500 horas en programas y otras 1.700 más a retransmisiones de diferentes encuentros. Hay partidos de primera y segunda división todos o casi todos los días y programas diarios a distintos horarios, ya sea en la tele o en la radio, además de la prensa especializada de tirada nacional e información sobre fútbol en los diarios generalistas.

Una avalancha incontenible que hace volver a la pregunta del inicio de este auge: ¿es el fútbol un arma de adormecimiento del pueblo? Veamos lo que dicen algunos de los periodistas más seguidos por la gente. A la pregunta formulada por Rodrigo Terrasa en Papel (6), el suplemento dominical del diario El Mundo, sobre si el deporte (el fútbol entre ellos) es el opio del pueblo, Manolo Lama respondió: «Con todo lo que está pasando, con el paro, los dramas, la corrupción… Si la gente no está quemando las calles es por el deporte». En otras palabras, admite que el deporte, y sobre todo el fútbol, es utilizado directa o indirectamente para aplacar el descontento de la gente que es maltratada por el poder. De la Morena es otro de los periodistas que reconoce este papel anestesiante del deporte o, mejor dicho, de su utilización como tal: «El deporte ha sido un analgésico para la crisis económica –dice–. Cuando estalla la crisis, le pilla a Zapatero en el Mundial de Sudáfrica y lo ganamos. Cuando subía el paro, veníamos de ganar la Eurocopa. La gente podría haber armado la de Dios, haber salido a la calle y, sin embargo, la ilusión del fútbol nos anestesió a todos un poco y nos unió como nunca».

Es evidente que este tipo de periodismo inclinado al espectáculo banal con miles de horas en radio y televisión, en prensa y redes sociales termina por aturdir a los consumidores, tal cual confiesa De la Morena. Y este es el periodismo que inquieta a Santiago Segurola, uno de los periodistas de mayor prestigio de España. En el marco de una mesa redonda organizada a finales de mayo de 2016 por la Asociación de la Prensa Deportiva de Salamanca, hizo público su despido como director adjunto del Diario Marca, ocasión que aprovechó para analizar el estado actual de su profesión: «Me preocupa la definición que he leído diciendo que lo que se hace es entretenimiento, espectáculo. ¿Eso qué tiene que ver con el periodismo? Me preocupa que este espectáculo banal es el que está triunfando», reconoció. Además, tras preguntarse dónde quedaban «los códigos deontológicos, la ética frente a las trivialidades», vaticinó que nos encaminamos «hacia un Hollywood en pequeñito que no presume de hacer periodismo, sino espectáculo, y eso es preocupante».

(1) «Las marcas usan las emociones de forma estratégica para vender más», Puromarketing.com, 10 de abril de 2016.
(2) José Luis Rojas Torrijos, «La creciente banalización de los contenidos deportivos», Cuadernos de Periodistas 31 (2016).
(3) “Ciudadanos y Deporte: crece la práctica, el interés y la inversión”, Asociación para la Investigación de Medios de Comunicación, 7 de noviembre de 2013.
(4) Manuel E. González Ramallal, «El reflejo del deporte en los medios de comunicación en España», Universidad de La Laguna (2002).
(5) Kantar Sport, «Barómetro TV» (2014).
(6) Rodrigo Terrasa, «Los popes del balón», Papel 36, 22 de mayo de 2016.

  • Extraído del capítulo 6 del libro “También nos roban el fútbol”, de Ángel y María Cappa, publicado por Editorial Akal.