Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+Share on LinkedInShare on TumblrPin on PinterestEmail this to someone

La fama de Mataderos, barrio obrero y peronista, de resistencia y de luchas populares, tiene unos cuantos hitos. Uno de ellos se produjo el 24 de octubre de 1981. Aquella tarde, cuarenta y nueve personas (según los diarios de la época) o un centenar (según los protagonistas) fueron detenidos por cantar la marcha peronista durante un partido entre Nueva Chicago y Defensores de Belgrano.

Como no tenía vehículos suficientes, la Policía se los llevó trotando desde la cancha a la comisaría. La mayoría recuperó su libertad, pero nueve personas fueron trasladadas a Devoto, y algunas permanecieron 30 días en la cárcel.

El ingeniero Miguel Aquino no olvidó aquella tarde, la única vez que estuvo entre rejas: “todo empezó en la tribuna de madera bajita. Unos muchachos empezaron a cantar la marcha. La Policía se puso un poco loquita y comenzó la represión.

Cuando empezamos a cantar la marcha, a quienes sentimos el peronismo se nos hizo muy difícil controlarnos y perdimos el miedo, aunque estuviéramos en la dictadura. Para ellos, la marcha era una provocación. La cantamos toda. Con ganas y bronca. Y fueron a buscarnos.

Daban palo a diestra y siniestra, y lo cómico de esto es que a muchos se los llevaron trotando. Había un chico que estaba en la puerta de su casa tomando mate y se lo llevaron también. Quedó treinta días preso no sé por qué. Lo mío fue más de status, porque estaba en la platea y me llevaron en auto. Tenían marcados a muchos y nos pusieron contra la pared y dijeron “éste, éste”.

Aquino estuvo una semana en la cárcel y cuenta que algunos hinchas salieron antes porque “metieron habeas corpus”. Él prefirió no hacerlo porque otros abogados decían que con los habeas se corrían riesgos de ser juzgados por jueces más.

Sin-título-1“En ese ínterin -dice- hubo reuniones, la gente empezó a hacer quilombo, salíamos en el diario todos los días. Yo trabajaba en Segba. Todavía no me había recibido, pero igual me decían “el ingeniero” y en los diarios salía “el ingeniero fulano fue llevado arbitrariamente”. En Segba, yo manejaba gente, y me querían rajar porque había estado en cana. Estaba en la Asociación de Personal Superior de Segba como representante. Tenía militancia política y gremial. El gerente me conocía, sabía que llevaba bien mi laburo, y eso me salvó.

También me conocía el gerente central, aunque debajo de ellos había tres o cuatro gorilones que pedían que me rajaran. Los gerentes dijeron que me iban a dar “turismo carcelario”, es decir, me dieron una semana de vacaciones para que no figurara como preso. Para algunos, la militancia en política no era un sinónimo de vagancia, todo lo contrario… Yo estaba comprometido con mi trabajo y eso me salvó”.

Roberto Surra, otro de los hinchas de época recuerda el después: “el sábado siguiente, Nueva Chicago enfrentó como visitante a Atlanta. Ganamos 2 a 1. Esto hizo que el retorno al barrio fuese más alegre y bochinchero, y al pasar frente a la seccional, el grupo más aguerrido de la hinchada comenzó de nuevo a tararear la introducción de la marcha peronista. Los menos beligerantes huían de la escena, y los policías se preparaban para reprimir.

Cuando terminaba ya aquella introducción coreada en plena calle -parará pa pa pa pa, pa, pa pa…-, la hinchada se despachó con una nueva letra: ‘arroz con leche / me quiero casar / con una señorita de San Nicolás’. Algunos vecinos celebraron la humorada, y los agentes de la Federal, también. Se olvidaron por un momento de las órdenes de reprimir”.

Un amigo de Surra, Hugo Viqueira, explica muy bien el clima interno que se vivía en la hinchada: “todo el año cantamos la marcha. Era una distinción nuestra, teníamos el mote de hinchada peronista.

Veníamos en pelea con las fuerzas de seguridad desde el 80. La hinchada no estaba dividida, como ahora, por la guita. Y estaba muy influenciada por Lorenzo Miguel y el CdeO de Brito Lima. La mayoría era peronista por naturaleza. Para esa época la gente estaba en rebeldía y el proceso, en retroceso. Por eso terminó siendo una expresión de la sociedad.

El diario que sacó más notas fue Clarín (fue tapa el 25 de octubre de 1981), ya que la prensa ya se animaba más. Cuando ascendimos también cantamos la marcha. Recuerdo el equipo de memoria: Traverso; Carrizo, Abdala, Larramendi y Rattalino; Loyarte, Pedraza y Franceschini; Armani, Assán y Erba. Ascendimos después de 40 años en la B”.

Carlos Moreno, también protagonista, da una versión más relacionada con la idiosincracia barrial: “había tres hinchadas peronistas, las de Boca, Chacarita y Chicago. Lo colorido fue que se los llevaron trotando hasta la comisaría: a ancianos, mujeres y pibes. La gente de Los Perales (barrio de edificios periférico a la cancha) reaccionó tirando piedras a los de la Montada, que llevaban a la gente como ganado.

“El problema saltó porque había cambiado justo el comisario, y tenía la orden de limpiar Mataderos”, declaró Luis Mamani, que  estuvo en la cancha ese día

En ese tiempo vos peleabas mano a mano o, a lo sumo, tirando alguna piedra. Chicago era hostigado por la Federal. Ibas a la cancha y una cuadra antes te detenían sin motivos. Los hinchas no eran nenitos de pecho, aunque comparados con los de hoy eran carmelitas descalzas. Siempre fue una hinchada muy peronista, aunque en Mataderos había radicales y comunistas.

El barrio fue un lugar de resistencia y lucha de toda la vida, desde la toma del frigorífico Lisandro de la Torre cuando dejaron 8.000 trabajadores en la calle. Por eso la dictadura devastó Mataderos, nos sacaron los cines y cerraron el Hospital Salaberry, y con eso le quitaron la vida al barrio”.

Para Luis Mamani, la versión sobre la ira policial es distinta. Dice que el comisario se apellidaba Conde y que venía de Tucumán, del Operativo Independencia. Es decir, un hombre del terrorismo de estado. “El problema saltó porque había cambiado justo el comisario, y tenía la orden de limpiar Mataderos. Se comentaba que a la semana de asumir habían matado a doce chorros, y que Conde le dijo a su tropa que si le traían un chorro él lo mataba, así que lo debían liquidar directamente.

Ese día quiso imponer mano dura y nos mandó a la Infantería y a la Policía. Cantar la marcha peronista era un grito de guerra. Muchos éramos peronistas, pero cuando empezábamos a cantar la marcha todo el estadio se terminaba sumando. Era una cuestión de identificación.

Teníamos una bandera con las caras de Perón y Evita, la mostrábamos al principio y después la guardábamos. Cantábamos por sentimiento, pero después fue un desafío a los militares”.

La perlita final queda para el sargento de la Federal Juan de Dios Velaztiqui, un represor que en su ira logró hermanar por un momento a los hinchas de Chicago con los de All Boys. Este personaje, activo partícipe en los hechos de “la tarde de la Marcha”, sería luego uno de los autores de “la masacre de Floresta”, el 29 de diciembre de 2001, cuando fusiló a Maximiliano Tasca (25), Cristian Gómez (25) y Adrián Matassa (23) en el bar de la estación de servicio de Gaona y Bahía Blanca.

Los pibes no eran militantes políticos, pero miraban por televisión una paliza a un policía en Plaza de Mayo, durante los cacerolazos. Velaztiqui sin miramientos los ejecutó. Quiso simular un enfrentamiento, y la fuerza de las movilizaciones populares terminó con su trampa.

Por lo menos por una vez, entre Mataderos y Floresta las diferencias fueron sólo futbolísticas.