Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+Share on LinkedInShare on TumblrPin on PinterestEmail this to someone

Podríamos decir que se nos cayó un ídolo pero estamos en 2017 y, en todo caso, ¿quién tiene ídolos todavía? La cuestión es que la gente del diario AS nos vino a revelar que Iñigo Errejón, uno de los jóvenes fundadores de la joven agrupación política española Podemos, es hincha de Real Madrid, el viejo club de Francisco Franco y uno de los peces gordos en la pecera del fútbol mundial. Iñigo sabe lo extraño que suena todo esto. “No me gusta que haya gente que piense que ser de un equipo va ligado a tener una ideología determinada, yo soy del Madrid y de izquierdas”, sentencia a modo de defensa. Es una desilusión, quizás, pero no es la primera vez que nos pasaerrejon1

El madridismo de Errejón viene, como suele ocurrir, por linaje paterno. “Es que mi padre jugó en las categorías inferiores del Madrid”, cuenta. Cuando le piden precisiones su memoria flaquea y apela a la razón. “Mi padre es del 50, así que jugaría a finales de los 60, principios de los 70. La verdad es que no sé si coincidiría con alguno que después fuera conocido por jugar en Primera o en el primer equipo del Madrid, pero él fue quien me condicionó, y con mucha satisfacción, a ser fan del Madrid”. AS consultó a Vicente del Bosque y el bigotón validó las credenciales de Iñigo y las de José Antonio Errejón: “Sí que lo recuerdo, era un delantero centro de la cantera”.

Errejón, de treinta y pocos, pasó su adolescencia disfrutando al Real de los 90. Lo cuenta, también sin muchas precisiones, pero con algunos hitos memorable: “No recuerdo la primera vez que fui al Bernabéu, pero sí que el Madrid de la Quinta del Buitre fue mi primer referente, de hecho la primera camiseta que me regalaron fue la de Paco Buyo (el arquero de ese plantel); y después, el equipo que empezó a engancharme de verdad fue el de Valdano”.

En Podemos, un partido de izquierdas enfrentado a la vieja política española, los madrileños son mayoría del Atlético, admite Errejón. Pero él, afirma, no reniega de su fanatismo por el poderoso club que ahora conduce Florentino Pérez. “Voy mucho menos al estadio desde que estoy en la vida pública, aunque yo nunca he escondido que soy del Madrid; estas cosas no se pueden ocultar porque si no, no las disfrutas”, afirma.

Su manera de ser hincha del Madrid, un equipo acostumbrado a ganar siempre, es, por lo menos, curiosa. “Yo soy sufridor y pesimista, enseguida tiro la toalla, aunque después la recoja. Durante el partido (ante Bayern por Champions), puse algún tuit diciendo que no lo veía claro, y enseguida me ‘burrearon’ contestándome que ya nos ayudaría el árbitro… El Madrid es tan grande que se sobrepone a todo y el Bernabéu ofreció otra noche mágica”, sostiene. “A veces se tiene suerte, pero los grandes equipos como el Madrid no llegan tan lejos a base de favores, también hay que tener calidad y pelear, y en eso el Madrid no es dudoso”, agrega.

Por suerte para nuestras binarias mentes, ciegas a los grises de la vida, un par de semanas antes aparecieron fotos de Iñigo Errejón en una pequeña tribuna de cinco escalones, la del estadio Antonio Sanfiz, 15 kilómetros al noroeste de Madrid, en un partido del Grupo VII de Tercera División (Cuarta categoría en España), alentando al humilde Aravaca C.F. en su victoria 2-1 ante Villarverde-Boetticher.

Iñigo apareció con su camperita roja, sus gafas, y la bufanda azul y blanca del diminuto club madrileño, fundado en 1934 y con “más de cien socios”, junto a los Fanatiks Aravaka, un grupo de hinchas que se autodenomina antifascista. El triunfo fue clave para las aspiraciones de Aravaca de seguir un año más en una categoría que conoció recién en la última década, acostumbrado a jugar en ligas regionales.

La imagen normaliza nuestro entendimiento. La camiseta arlequinada de Aravaca no tendrá la calidad del manto sagrado del Madrid, su goleador no competirá en pegada ni en peinado con Cristiano, esos pocos escalones no tendrá los recuerdos de una infancia ganadora, pero verlo a Errejón ahí parece más lógico que en el Bernabéu. Así de simplones somos. Iñigo no tiene la culpa, nosotros tampoco somos perfectos.

Nadie lo es.