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¿Se puede cambiar de cuadro? ¿Es un delito? ¿Es algo que sólo pueden lograr los que no aman el fútbol? Interesados en esta cuestión, planteamos el dilema para que lo resuelvan individualmente todos los miembros de nuestra redacción.

DAMIAN DIDONATO

No se puede cambiar de cuadro porque no se puede cambiar la propia historia. Así de simple. El fútbol es uno de los pocos sentimientos que nos acompañan durante toda nuestra vida. Desde que comenzamos a entender el mundo hasta el final. Quizás es la única actividad que se mantiene inalterable, que soporta todo lo que nos pasa, sea bueno o malo. El fuego de esta pasión puede ser más o menos potente, pero nunca se apaga. Por eso es tan importante, porque no es sólo un pasatiempo o una forma de relacionarse con las sociedad, es mucho más. Es algo que nos define como hombres.

Y este sentimiento está pintado de determinados colores, que vienen con uno desde el vientre materno o que se encuentran en la niñez, cuando el carácter se empieza a formar. En general, son los padres quienes transmiten la pasión por el cuadro. Y está bien que así sea, porque es otro rasgo de identidad, uno de los más trascendentes en realidad. Intentar pelear contra esa afición es pelear contra la historia de uno mismo. De todos modos, el amor por un determinado club también puede llegar por vías externas a la familia. Pero siempre lo hará en la niñez o en la adolescencia temprana. Es que allí uno forja su manera de encarar la vida. Y el equipo que nos acompañará es clave a la hora de entender todo lo demás. Por eso no se puede cambiar. Porque no se puede cambiar la propia historia.

CHRISTIAN COLONNA

Ya me lo había advertido mi madre una tarde que volví llorando de la cancha de Racing. Tenía 15 años y aquel equipo de Medina Bello, el Toti Iglesias, Colombatti… le había metido 6 goles al Loco Gatti. “¿Vos pensás que los jugadores están ahora tan tristes como vos?”, me preguntó.

En cada libro de pases, se iban jugadores de mi equipo y llegaban otros a los que yo había puteado por el simple hecho de vestir otra camiseta. Ahora me tocaba alentarlos. Y eso hizo que me preguntara por quién estaba alentando. Me di cuenta de que a los futbolistas, salvo excepciones contadísimas, les chupa un huevo si juegan acá o allá. Ellos están haciendo su trabajo y ya. Por ejemplo: Barovero, Maidana, Vangioni, Rojas, Pisculichi o Teo son felices jugando a lo que juega River. Pero igual de felices estarían el año que viene haciendo lo mismo en Racing, Vélez o hasta en Boca.

Al empezar a trabajar como periodista, confirmé que mi mamá tenía razón: ningún futbolista sufre una derrota como la sufre un hincha. Y a mí me gustaba más el fútbol que sufrir por ¿un escudo?, ¿unos colores?, ¿una tradición?

Primero dejé de ser hincha y después me fui encariñando con distintos equipos que jugaron como a mí me gusta. Yo los elegía a ellos. Ya en España, el Celta de Vigo de fines de los 2000 me enamoró. Al volver, por casualidad vi una noche de Libertadores a la Liga de Quito que dirigía Fossati y me sorprendió. Le volví a dar una chance, y lo mismo. Dos veces, tres veces. Ya tenía nuevo equipo. Tras Fossati, vino Oblitas y mantuvo el estilo. Luego, vino Bauza con su librito de cómo ganar una Copa sin jugar mucho al fútbol. Y a mí ya no me interesó. Aunque terminara campeón, a mí me aburría. Así que volví a quedarme solo. No por mucho tiempo.

ALEJANDRO CARAVARIO

No sólo creo que se puede cambiar de cuadro, sino que, en ciertas circunstancias, se debe cambiar. Por ejemplo, para romper con el mandato paterno. ¿Qué es eso de heredar una simpatía deportiva? Es como heredar el oficio de papá, algo que se usa mucho en las familias conservadoras y en especial entre militares.

Yo cambié de cuadro porque pasé de ser un hincha remoto (no tenía ningún vínculo con Boca, más que los medios de comunicación, ir a la cancha cada tanto y la influencia de mi padre) a criarme en un club (Atlanta) que, aunque más que modesto, generó en mí un compromiso afectivo mucho más intenso. Definitivamente, hincha no se nace, se hace. Al club se lo busca y se lo elige. Ya es bastante cargar con un nombre (¡y con una familia!) que han elegido otros. Soy solidario, sin embargo, con los que encuentran en el fútbol un nexo con el padre que no tienen en otras actividades. Eso dio lugar a la teoría del ahora caído en desgracia Javier Cantero, quien sostiene que los niños deben ser siempre del mismo club que su padre. En ese caso, el fútbol es una mera prótesis, nada más que una excusa. Termina sirviendo a una causa noble, pero se desnaturaliza la razón de ser hincha.

Lo que sí me parece inconcebible es la poligamia. Ser hincha de dos o más clubes. Eso sí es imposible. Que uno tenga una simpatía leve por algún otro cuadro no significa ser hincha.

MARIANO HAMILTON

No se debe cambiar de cuadro.

Porque uno es hincha de un club porque existe alguna referencia histórica que lo impulsó a hacerse simpatizante. Por lo tanto, cambiar de cuadro es cambiar la valoración de un hecho histórico.

Por ejemplo: yo soy de San Lorenzo por mi abuelo y mi tío. Porque iba a la cancha con ellos, porque disfrutaba de su compañía, porque me identificaba con aquellas personas, porque los quería. Eso es así, está detenido en el tiempo, no se puede modificar. No puedo cambiar ese recuerdo. No puedo dejar de querer a mi tío y a mi abuelo. No puedo borrar que disfrutaba estar con ellos. No se puede hacer revisionismo histórico de las emociones del pasado.

MARIANO MANCUSO

La verdad, no lo tengo claro. Me inclino por el NO. “El hincha es el alma de los colores, es el que no se ve, el que se da todo sin esperar nada. Eso es el hincha”. Quizás me quedé en 1951, con Discépolo, pero creo que una vez que elegís o te eligieron los colores, cambiar después es raro. O nunca te identificaste, o tuvo que haber un trauma groso.

En los términos de Discepolín, que suscribo mientras me voy convenciendo, sos hincha del equipo que seguís a todas partes-en-las-buenas-y-las-malas-cada-vez-te-quiero-más. De lo contrario, sos simpatizante, entusiasta, animador, o el nombre que se les ocurra. Te pueden gustar muchos equipos -digo ahora ya militante de esta posición-, podés querer que ganen varios, pero hincha, así, loco, sos de un solo club. De la cuna hasta el cajón.

PABLO CHEB

¿Cómo no se va a poder cambiar de cuadro? Es como preguntar si hay que estar toda la vida con la misma mujer, o si hay que comer toda la vida el mismo gusto de helado. A mí me gusta el de chocolate, porque es dulce y yo soy chiquito, pero cuando voy creciendo encuentro una afición especial por el sambayón. Vaya uno a saber por qué, es más sofisticado, es más cremoso, va mejor con mi personalidad. Incluso quizá lo elijo porque no le gusta a nadie y lo siento más MI gusto.

Con los equipos es lo mismo. Uno va mirando y va eligiendo. Cuando es pibe te comentan qué equipo te debe gustar. Padres y tíos se pelean por establecer una simpatía temprana. El amigo vecino nos lleva a ver a Independiente a ver si nos engancha en esa.

Pero el verdadero paladar futbolero, como casi todo en la vida, se conoce más tarde. Cuando uno se enamora y no sabe bien de qué. Cuando uno empieza a obsesionarse y a mirar tres o cuatro veces los mismos goles y a recordar partidos viejos.

La verdad, lo de la fidelidad por los colores me parece absurdo.  Y los que le gritaban a la cámara de El Aguante que su mujer estaba pariendo pero ellos estaban en la cancha me ponían de pésimo humor. Uy… ¡ahí los veo venir, los que tildan de frío, de pechofrío, de cualquier cosa menos hincha, eso no es querer al club! Que se vayan a fanatizar a otro. A mí el fanatismo me genera desprecio en todos los ámbitos de la vida. Prefiero la adhesión, es más pensante. Digamos que yo no te sigo a todas partes a donde vas salvo que me generes algo especial.

Quizá por eso, por mi manera poco sentimental  de sentir el fútbol, puedo lograr que me gusten varios equipos. O varias mujeres. O varios gustos de helado. Quizá es porque soy apasionado y encuentro un arrebato emocional en el descubrimiento y en la estimulación de otra índole. Por ejemplo: estética. Por ejemplo: de identificación.

Y como yo me enamoro un poco todos los días, amo las películas de Woody Allen tanto como las de los hermanos Cohen y las de Scorcese y las de Christopher Nolan y los canelones de mi vieja, las milanesas de mi abuela,  el bife que hacen en la parrilla de la esquina, los libros de Alessandro Baricco y las notas de Fernández Moores, el Athletic Bilbao, el Barcelona de Pep, el Arsenal de Wenger y Rosario Central.

No me hagan elegir ni quedarme en un solo sitio. Soy más feliz queriéndolos a todos.