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Los partidos improvisados, sobre tierra y sin botas, son habituales en los campamentos deTinduf (Argelia). Los refugiados aspiran a ser grandes jugadores en Europa entre tanto sufrimiento. Un fichaje por un club argelino es la única esperanza de un pueblo olvidado.

No es complicado hacerle un caño a un saharaui. Entra con ímpetu, con voluntad, sin criterio. Se revuelve, continúa hasta despejar el balón, recupera el honor perdido hace cinco segundos, hace 40 años. Aziz forma parte de un pueblo que lleva repensándose cuatro décadas. El imaginario colectivo se ha edificado allí, en los campamentos de refugiados situados en territorio de Argelia (exactamente en la zona de Tinduf) sobre los cimientos de la palabra exilio y sus referentes futbolísticos compiten en la liga con el nombre de un banco en el que difícilmente ellos tendrán una cuenta corriente en su vida. Viven allí, según diferentes estimaciones, entre 150.000 y 200.000 personas, aunque alimento llega sólo para unas 90.000. Con dicho pretexto, y considerando que en aquella tierra no crece nada que pueda pasar a formar parte del menú alimenticio, no es complicado entender que el día a día está caracterizado por la más absoluta de las supervivencias. Y en la supervivencia la esperanza es clave, el anhelo de una vida mejor. Con ello, el proceso mitificador campa a sus anchas, inoculándose en el fútbol, donde se crean venerados dioses.

Un partido se organiza sin dificultad porque los niños no tienen otra preocupación que elegir si Barça o Madrid y empezar a darle al balón. Descalzos. Algunos llevan unas desaliñadas zapatillas que se quitan para darle mejor al esférico, para notar su contacto, también para no 11053293_851642504923981_3805159387792391930_nimponerse a algún otro en inferioridad de condiciones. Corren mejor sobre unas plantas de los pies que pisan arena capaz de freír unos huevos en verano. A una parte se sitúa un joven con una camiseta de imitación de Messi muy deteriorada. A la otra, otro con una zamarra de Cristiano más rota aún. El juego empieza y Aziz rápidamente demuestra que es el mejor, que tiene criterio técnico, pegada, velocidad. Pero sólo hacia la portería contraria. 1-0, 2-0. Se adelantan los del Madrid.

Una mujer de mediana edad, a la que sólo se le ven los ojos, agarra con rabia los seis palos metálicos de forma cilíndrica y contenido vacío que forman una de las porterías y el marco defendido por los niños del Madrid se da un batacazo de mucho cuidado. No quiere que sigan dándole balonazos a su casa construida con adobe en la wilaya de Smara, uno de los campamentos de refugiados cuyos nombres proceden de ciudades del Sáhara Occidental, de cuyas tierras salieron hace ya 40 años, tras la Marcha Verde que muchos aún recuerdan y las ocupaciones de Marruecos y Mauritania que otros muchos quieren olvidar.

Un partido se organiza sin dificultad porque los niños refugiados no tienen otra preocupación que elegir si Barça o Madrid y empezar a darle al balón. Descalzos. Algunos llevan unas desaliñadas zapatillas que se quitan para darle mejor al esférico, para notar su contacto, también para no imponerse a algún otro en inferioridad de condiciones. Corren mejor sobre unas plantas de los pies que pisan arena capaz de freír unos huevos en verano.

El pueblo saharaui sigue sin territorio, prácticamente sin nada efectivo que ofrecer a aquellos que mueven la realpolitik. Muchos de los que vivieron el período de marcha y otros de los que han nacido en tierras desérticas ya defienden abiertamente la necesidad de volver a las armas, a empuñar fusiles que les permitan volver a su casa durante siglos. No confían en la comunidad internacional, o más bien en sus representantes. Son un pueblo, el saharaui, que ha demostrado sobradamente su capacidad de autogestión pero la correlación de fuerzas (militares) no correría seguramente a su favor si se volviese al enfrentamiento armamentístico. Y, mientras, los años pasan.

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El partido se detiene. Los pequeños jugadores cargan con las porterías desmontadas de un arreón por la vilipendiada mujer y cambian la orientación del terreno de juego. Los esporádicos futbolistas saharauis tienen entre 5 y 15 años pero los callos de sus pies son propios de personas adultas. Como su madurez para afrontar la vida en medio de la nada. A pesar de que
algunos han estado en territorio español gracias a los proyectos para pasar las vacaciones junto a familias solidarias, no desarrollan ansias de posesión, desarraigo o desilusión por la situación que les ha tocado vivir. Con la adolescencia y la madurez posterior, muchos sí que empezarán a plantearse su objetivo en la vida, sus posibilidades de crecimiento vital en medio del desierto.

Muchos de ellos, lo exponen públicamente, no creen ya en nada y no descartan que la vía militar sea la más adecuada. Lo comentan sin tapujos, mientras intentan enlazar veinte toques seguidos con el balón. Viven en un territorio sin luz (la red va expandiéndose ahora) y conectarse al wi-fi para intentar descargar fotos de sus ídolos futbolísticos es una auténtica odisea. Escasa confianza guardan en los políticos de otros países involucrados en la problemática. El papel de España o EEUU es clave pero sus intereses económicos con Marruecos se cuentan por miles y miles de millones. Ante la falta de perspectivas diplomáticas y militares, la resolución del conflicto, afirma el maestro Bulahi Zain Ali (uno de los pocos docentes en un mundo controlado por las mujeres que estudiaron durante décadas en Cuba) pasa porque la sociedad marroquí protagonice una revolución contra sus dirigentes y permitan que los saharauis decidan sobre su futuro, en libertad y en paz.

Allá donde el fútbol es todo y al mismo tiempo nada. En aquel territorio desértico, inerte y yermo donde el balompié sirve como motor de cambio y como anestesia para inutilizar las reclamaciones políticas. En el desierto, en la más ínfimas de las nadas, donde vive desde hace cuarenta años gran parte de un pueblo saharaui que se divide entre Barça y Madrid.

Tras establecer las nuevas condiciones del campo, el encuentro se reanuda y el Barça recorta primero las distancias y empata poco después. Un balonazo de Aziz al larguero hace volar la portería blaugrana y decenas de cigarrillos salen escupidos por uno de los palos cilíndricos. Según dicen, las mujeres los habían guardado allí. Nadie los reclama pese a que hay muchas mirando el partido desde recónditas ventanas desde las que se expanden sonidos que 11807707_851642434923988_2648817490909773544_opretenden ser ánimos a los jugadores pero que más bien parecen soflamas que ansían libertad. Un par de niños se empipan un cigarro cada uno y siguen el enfrentamiento con la boca ocupada, contaminando el ambiente allá por donde les da por correr. El desierto es inescrutable y cualquier zigzagueo con el balón debe esquivar también considerables pedruscos que, pese a delimitar el campo, se saltan y ningunean al antojo. Varios coches pasan por medio del disconforme y amorfo terreno de juego sin que el enfrentamiento se detenga.

Cierto es que la figura del árbitro, personalizada por aquel que recibe una supuesta infracción, se respeta sin rechistar. La disciplina es una de las características principales de un pueblo que ha querido siempre demostrar que tiene capacidad para autogobierno. También ahora, cuando los terroristas más temidos en décadas se sitúan a las puertas de la frontera saharaui. Es por ello que la seguridad se ha intensificado y la custodia y el toque de queda se sitúan como elementos normales (y necesarios) para los visitantes de otros países. El encuentro se detiene momentáneamente. Salek, un joven miembro del Frente Polisario, le ha dado un patadón de campeonato a un pedrusco y lleva varios dedos de los pies abiertos en canal. Se duele pero sin aspavientos. Por supuesto, no tanto como se quejaría cualquier ciudadano del continente europeo. Se aparta un poco del terreno de juego, prácticamente sin decir nada.

Pide agua, se humedece los dedos, que mueve con dificultad. Sólo la alarma de uno de los cooperantes consigue que un voluntarioso niño traiga un bote de Betadine que parece tener 200 años y que utiliza toda la comunidad. No hay posibilidad de una intervención médica y los jóvenes saharauis lo saben. La vida es una coincidencia en medio del desierto. Cualquier incidente te aproxima a la muerte a zancadas. El hospital de referencia queda lejos, muy lejos, en territorio argelino. Ante la ausencia de posibilidades sanitarias, las heridas parecen adquirir autonomía y deciden curarse antes. Salek, cinco minutos después del accidente, se reincopora al juego. Va descalzo.

El Barça se adelanta pero el Madrid empata rápido. Quien marque, gana, se dice al unísono. El sol aprieta y las reservas nutricionales no son precisamente boyantes entre los saharauis. Tras el Siroco llega un sol esclavizador y los cincuenta grados en los termómetros a pesar de estar en abril. Las niñas no juegan. Discurren por el linde del terreno de juego, con sus cosas, con su particular mundo. Harapientas, taciturnas. La mujer saharaui goza de una libertad especial dentro del mundo musulmán pero nadie niega que pese a su preparación académica (incluso mayor a la masculina) se le sigue secundando en la esfera social.

Las niñas no juegan. Discurren por el linde del terreno de juego, con sus cosas, con su particular mundo. Harapientas, taciturnas. La mujer saharaui goza de una libertad especial dentro del mundo musulmán pero nadie niega que pese a su preparación académica (incluso mayor a la masculina) se le sigue secundando en la esfera social. El fútbol sirve a menudo para que entablen relaciones paritarias con los chicos  pero sólo a través de su admiración de aquellos jugadores que compiten en las mejores ligas del mundo.

El fútbol sirve a menudo para que entablen relaciones paritarias con los chicos, pero sólo a través de su admiración de aquellos jugadores que compiten en las mejores ligas del mundo. Siempre que tienen ocasión enseñan mil y una fotos que guardan religiosamente en su móvil. Simples reproducciones fotográficas de aquello a lo que aspiran pero también parodias en las que se ridiculiza a determinados futbolistas de primer nivel, desde Sergio Ramos a Neymar. Es su forma de quebrar la jerarquía, sobre todo mental, con las que han estructurado su visión del mundo. Toda la población sin excepción conoce a El Uali Mustafa Sayed pero cuantitativamente se habla mucho más en la actualidad de cualquier jugador merengue o culé que de un guerrillero muerto en combate que fue convertido en mártir y que ha servido durante décadas de gasolina incendiaria para varias generaciones. La transformación cultural del pueblo saharaui, a través de la inoculación de elementos externos, es imparable. Ante dichas disyuntivas, no es extraño entender que cualquier hijo de vecino quiera hacer carrera futbolística.

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El último en conseguirlo en la zona próxima a donde desarrollan sus vidas Aziz o Salek (en Tifariti) ha sidoMohamed Mammi Ambare, un joven jugador que acaba de fichar por el Chabab Aurès de Batna, un histórico club creado allá por 1932 y que milita en el torneo más importante de Argelia, aunque según las previsiones del deportista saharaui él empezará a jugar en una división inferior debido a su juventud. Mohamed Mammi (que ejerce de entrenador de una especie de escuela de fútbol en Smara patrocinada por el Córdoba español) pudo disputar hace unos años el Mundial alternativo que se organiza para las naciones sin Estado reconocidos por la FIFA. Para muchos saharauis fue la primera o segunda salida de los territorios refugiados después de haber tenido experiencias infantiles en España con las familias de acogida. La selección saharaui entrenó sobre tierra durante los cinco días previos a la participación en el Mundial de los Olvidados y los jugadores experimentaron problemas para fijar sus botas sobre el tamiz verde del Kurdistán (sede del torneo) ya que muchos de ellos nunca antes habían jugado sobre césped. Encadenaron tres viajes en avión y uno en autobús para cumplir su sueño, más basado en dar visibilidad a su nación que en destacar futbolísticamente para intentar dar el salto al deporte profesional.

Incluso en dicha ocasión Marruecos (a través de sus poderosos y adinerados lobbies) se inmiscuyó en la organización para prohibir a los saharauis mostrar abiertamente su bandera. Quedaron sextos de nueve participantes, ganando los locales, que incluían por entonces a cuatro de sus jugadores en el combinado nacional de Irak. Otros de los participantes fueron la Provenza, Darfur, Occitania, la República Turca del Norte de Chipre, Zanzíbar, Recia (una demarcación que reproduce una antigua provincia romana) o Tamil Eelam (en la isla de Ceilán). La denominada Copa Mundial VIVA está organizada por la Nouvelle Fédération-Board, más conocida comoNon-FIFA Board, que representada a 21 selecciones. En la primera edición del Mundial, celebrada en 2006 en Occitania, se impuso Laponia. Padania impuso su hegemonía en los tres torneos posteriores, mientras en 2012 (cuando participó el Sáhara Occidental por primera y única vez) ganó Kurdistán. La última edición se celebró en 2014 en una sede compartida entre la Provenza y la Occitania, ganando los asiáticos de Tamil Eelam. La próxima edición tendrá lugar el año próximo en el Reino de Dos Sicilias, antiguo Estado de la Italia Meridional creado en 1816 y que comprendía los territorios de los reinos de Nápoles y Sicilia.

La selección saharaui intenta, cuando el tirano sol lo permite, organizar partidos ante equipos amateurs de Argelia. En uno de los últimos, disputado en Tinduf, ganaron 3-1, con dos tantos de Mohamed Mammi, quien explica las dificultades en los campos: “La vida en el desierto es imposible. Yo he tenido mucha suerte y voy a aprovechar la ocasión”.

La selección saharaui intenta, cuando el tirano sol lo permite, organizar partidos ante equipos amateurs de Argelia. En uno de los últimos, disputado en Tinduf, ganaron 3-1, con dos tantos de Mohamed Mammi, quien explica las dificultades en los campos: “La vida en el desierto es imposible. Yo he tenido mucha suerte y voy a aprovechar la ocasión”. Sin embargo, no deja de interesarse por un proyecto desarrollado por bomberos españoles que también dará enormes posibilidades de mejora vital a una decena de saharauis, que tendrán la posibilidad de trabajar cobrando 100 euros al mes, un cantidad desorbitada si se considera que una maestra o un enfermero cobran del Estado saharaui 80 euros al trimestre. Bomberos en Acción (un colectivo 11731828_851642548257310_7006163764830567838_oarraigado en Zamora pero con brazos en Murcia o Valencia) montará en la zona de Rabuni el primer parque de bomberos de los territorios refugiados, que abastezca a más de 156.000 personas, prácticamente todas las wilayas de los campamentos saharauis, a excepción de Djala, que se encuentra a cientos de kilómetros. La construcción preparada por los bomberos españoles pasará a denominarse el Parque de la Brigada de Intervención de Emergencia de los Campos de Refugiados, y su creación tiene su origen en un estudio efectuado por la delegación en Zamora de Bomberos en Acción.

En el camión de bomberos enviado desde Zamora para el montaje del parque bajaron también veinte balones. Se desparramaron después por los campos, indiscriminadamente, cayendo en las manos de jóvenes que no mostrarán deseo de posesión y que los compartirán en partidos como el que acabó adjudicándose el Barça. Allá donde el fútbol es todo y al mismo tiempo nada. En aquel territorio desértico, inerte y yermo donde el balompié sirve como motor de cambio y como anestesia para inutilizar las reclamaciones políticas. En el desierto, en la más ínfimas de las nadas, donde vive desde hace cuarenta años gran parte de un pueblo saharaui que se divide entre Barça y Madrid.