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Fue durante El Porvenir-Atlético Anglosajón de Villa Martelli. El Tanque García Márquez (sobrino del autor Cien años de soledad) y también conocido como “El asesino serial del área”, “El carnicero de la línea de cuatro” y “El gordo hijo de puta que te quiebra el fémur”, le tiró un guadañazo al hábil número siete de la escuadra de Gerli, Pipeta Regulez, quien, entrando en el área, dio dos vueltas el aire y cayó sobre el césped.

Tomándose la rodilla, Pipeta gritaba Por qué? ¿Por qué a mí? ¡Señor mío! Cuánto dolor! ¡Quizá quede lesionado para siempre y deba retirarme del futbol! ¡Oh! ¡Cuánto dolor! ¡Cuánto!”.

El árbitro Persotti (nunca se supo cuál era su nombre, y muchos sostienen que nunca lo tuvo y que sus padres, gente seria y distante, lo anotaron en el registro civil nada más que con el apellido) se acercó y, categórico y seco, le dijo “Regulez, levántese. lo tocó. ¡Deje de hacer teatro!”.

“¿Pero qué es lo que usted sugiere?”, le contestó Regulez desde piso, tomándose con una mano la rodilla y elevando la otra al cielo, con sus dedos tensos, como quebrándose, ante un estadio atento y en silencio. “Usted (aquí elevó el tono de voz Regulez), desde ese frívolo poder que le da su función de árbitro, ese poder que lo coloca ocasionalmente en el sórdido goce de impartir justicia según sus oscuros criterios. ¡Ah, cruel desdicha de los hombres, que al no encontrar un dios, ausente entonces, deja librado a la pérfida mente de otros humanos el declarar qué es lo bueno y qué es lo malo!”.

Saborido 58 enteroLuego, Regulez giró sobre el pasto y con ambas manos se tapó el rostro. Y siguió con sus lamentos: “¡Siento la vergüenza del llanto ante el dolor, de la agresión de este número 3 que, en traidora actitud, me deja en lágrimas y lamentos! ¡Oh, Dios, protege a este pecador!”. “Levántese o lo saco de la cancha, Regulez. No me actúe más”, insistió Persotti. Regulez lo miró a los ojos: “¡Tendrán que sacarme los auxiliares de campo, pues no es ésta una actuación! Es la pena verdadera que surge de mí y es expuesta al resto de los hombres en forma de llanto, para que vean que la injusticia cabalga sobre la brutalidad y la fuerza para imponerse sobre la vida y la belleza”. Acá Regulez se arrodilló y abrió sus brazos al cielo. “Pido al cielo, entonces, que sea testigo de que un hombre ha sido ultrajado en su búsqueda de la alegría del gol, arrojado sobre el césped, mutilado en su esperanza de victoria, y luego, sí, tan luego, un árbitro que conoce, sí, el reglamento, mas no los secretos del corazón y del alma, acusa a la víctima de la barbarie de estar actuando, “haciendo teatro”, como irónica y jocosamente dijo.

Puso Regulez su antebrazo derecho sobre la frente, la otra mano por detrás de la espalda. “¡Que el resto del estadio, que los miles de ojos testigos de este tramo del tiempo que aquí acontece juzguen por si mismos! ¡A ustedes les hablo!”. Y Regulez señaló hacia las tribunas, con su acusador dedo índice: “¡Decidid si mi humanidad debe marchar a las duchas, como alma al purgatorio, o si el representante de esta interesada justicia debe cobrar la falta y otorgar a mi equipo un tiro libre penal que, seguro, sólo se acercará, aunque no  compensará, el dolor que aún siento en mis carnes y mis tendones! ¡Que Dios, si existe y es justo, se manifieste a través de ustedes! ¡Queda en vosotros esa voluntad! ¡Elegid! ¡Que me expulsen por simular una falta o que, ante la crueldad de una vida que me ha dejado sin padres y viviendo la soledad de un hombre digno, el Universo me devuelva algo de la felicidad que siempre me ha sido esquiva, por no hallar amor que contenga mis días!”. El estadio entero sollozaba.

Algunos rostros adustos reflexionaban, otros, cuyos dueños podían ser capaces de comerse un pollo vivo, se sensibilizaban hasta las lágrimas.

“El gordo hijo de puta que te quiebra el fémur” García Márquez, conmovido y emocionado, apretaba en sus labios su remordimiento.

Las palabras de Regulez aún flotaban en el aire, cuando el árbitro dijo: “Perdón… Si me permite, Regulez… Voy a cobrar penal”. Todo el estadio estuvo de acuerdo. Los jugadores de ambos equipos también. Regulez pateó muy mal el penal, que fue a dar a las manos de Ordóñez, el arquero de Atlético Anglosajón de Villa Martelli. Pero éste no dudo un instante. Se dio vuelta y arrojó la pelota contra la red. Y fue gol. Regulez no lo quiso festejar, siguió su dramática actuación durante el resto del partido. Fingió el dolor, el llanto y la indignación, hasta que alguien le dijo que ya no hacia falta. Ahí aflojó. “Se la creyeron”, dijo sonriendo pícaramente.