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Ricardo Uñiguez, mediocampista de El Porvenir, sufrió en el año ‘84 un terrible cruce de Sergio Bocha Gutiérrez, temible defensor del Nueva Massachussets de Olavarria, procesado por meterle una piña a un bebé de cuatro meses y responsable de que el físico ganador del Nobel, Stephen Hawking, quedara postrado (fue durante un amistoso contra el personal del buffet de la Universidad de Harvard).

Una inusitada plancha le partió el fémur en 36 pedazos y, al despertar en el Sanatorio Garré, en donde el uso de la morfina como analgésico le hizo creer que era el cuñado de Brad Pitt, Uñiguez fue informado de que podría volver a jugar tras treinta y cuatro años de rehabilitación, siempre y cuando la ciencia descubriera cómo hacer que su rodilla izquierda volviera a estar hacia adelante.

FINAL copiaUñiguez se retiró del fútbol, puso un kiosco sobre la Avenida Pavón, en Lanús, y si bien el primer mes le fue más o menos, en el segundo obtuvo ganancias que le permitieron comprar el 64% de Ford Motors Argentina.

Había dejado el fútbol, pero tenía muchísimo dinero, lo que permitía darse todos los gustos. Dos de esos gustos fueron llenar una pileta de postre Serenito y contratar a Jane Fonda solamente para que le preparara una buseca.

Así vive alocadamente Uñiguez, entre el furor de los negocios y la diversión: le paga a Chuck Norris para que lo visite en su cumpleaños, se afeita el bigote delante de sus amigos y se deje gritar “¡Pu-to! ¡Pu-to!” durante dos horas.

Sin embargo, una noche, después de pedir a la fábrica que le manden un Ford Sierra solamente para tirarlo desde la terraza del Hotel Castelar y ver qué onda, se va a dormir y, al despertar, ve la cara del Bocha Gutiérrez, que le pide disculpas y le ofrece una mano (increíblemente usa un garfio) mientras se da cuenta de que el partido sigue. Ahí comprende que todo ha sucedido en su mente: la fractura, la compra de Ford, Jane Fonda haciendo una buseca, todo, todo fue durante la conmoción que sufrió por el dolor del planchazo. Se incorpora, sigue jugando, aunque algo desalentado por el sueño que no era, y levanta su ánimo pensando que al menos sigue practicando fútbol, su pasión. Es así que salta con muchas ganas a cabecear un centro, cuando observa que junto a él también salta el Bocha Gutierrez.

Alcanza a contar cuarenta y dos codazos en un segundo y medio, antes de desmayarse. Se despierta en el sanatorio. Le dicen que se debe retirar del futbol por la conmoción cerebral. Se pone un kiosco, le va bastante bien.

Una noche se va a dormir y, al despertar, ve de nuevo al Bocha Gutiérrez, que le pide disculpas, mientras lo ayuda a levantarse del piso. Todo había sucedido nuevamente en su mente, esta vez durante el desmayo por la metralleta de codazos.

Esto se vuelve a repetir varias veces durante el partido. Infracción, hospital, retiro del fútbol, vida nueva, despertarse y encontrarse al Bocha Gutiérrez disculpándose.

Todo hasta que una patada de puntín en la garganta lo deja sin aire (otra vez el Bocha Gutiérrez) y lo manda de verdad al hospital. Se retira del fútbol. Y se pone un kiosco. Y le va muy bien (ya tiene tres kioscos, no es tan delirante el asunto como la primera vez). Y conoce a la mujer de sus sueños. Se casa y tiene hijos (maravillosos los cuatro) y lleva una vida plena. Es feliz. Y al acostarse a la noche mira nuevamente a su esposa, de la que sigue enamorado, y hacen el amor, y luego, lentamente, se va durmiendo, como desde hace veintinueve años, con el miedo, cada noche, de despertarse de nuevo en aquel partido y darse cuenta de que todos esos años, esa mujer, esos hijos, todo, todo ha sido una ilusión de la que saldrá al encontrarse con las disculpas del Bocha Gutiérrez.