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¿Con qué le pegaste? ¿Con un diario mojado?”. “Fulano, ¡correte que están jugando!”. “Sacate el yeso de la cintura”. Comentarios ingeniosos como estos suelen ser echados desde la tribuna para castigar el desempeño de algún jugador.

Pero cuando se quiere ser claro y contundente, se apela a un “la puta que te parió” que no deja lugar a dudas. Esta reflexión me remonta a la vida de un pibe que se retiró del profesionalismo con sólo 19 años. Fue el jugador de fútbol más puteado de la historia, el número 9 del Club Atlético El Porvenir entre los años 1977 y 1981.

adentroAmuchástegui fue sistemáticamente insultado durante los 90 minutos de cada uno de los 50 partidos que jugó para la institución en ese período. Jamás fue reemplazado por suplente alguno. Cuando el técnico recibía la sugerencia de cambiarlo, contestaba: “dejalo que lo puteen un rato más, me gusta…”.

Jamás le dijeron “pelotudo”, ni “la concha de tu madre”, ni “culo roto”. Siempre fue un gran “la puta que te parió”, matizado con aislados “hijo de puta” y otros epítetos más localizables como “reverendo hijo de puta” o la “remil puta madre que te recontraparió”, variantes que flotaban sobre la frase original como sutiles arreglos musicales de una melodía principal: “la puta que te parió”.

Durante años Amuchástegui soportó ese coro de puteadas lanzadas desde la tribuna, aunque pocas veces les haya dado un motivo, ya que era un jugador de desempeño regular. Sin embargo, también era puteado cuando convertía un tanto. “Hiciste un gol, la puta que te parió” le gritaban los hinchas, que lejos de festejarlo, pedían al árbitro que lo anulara.

Este hecho, ya fuera de toda lógica, hizo que las autoridades del club sugirieran que, tanto Amuchástegui como los dos mil principales simpatizantes de El Porvenir hicieran terapia de grupo.

Los martes a las 19, la tribuna del estadio se colmaba de hincha-pacientes y junto a Amuchástegui y el Dr. Sanjurjo –el psicólogo del club– hablaban del tema.

“¿Por qué lo putean?”, preguntaba el doctor a los hinchas, que bajaban la cabeza y no le contestaban. Intentaban justificar alguna jugada, algún descuido, pero nunca nada era consistente. Uno a uno, los hinchas contaron sus propias vidas, pero en ninguna historia se detectaron frustraciones o resentimientos que pudieran provocar descargas emocionales.

Era gente plena y feliz. “Es algo como que nos surge”, apenas pudo decir uno. No había causas aparentes. Simplemente, Amuchástegui era puteado.

Y todos, con pena, reconocieron que podían hacer el esfuerzo de no hacerlo, pero al mismo tiempo admitían que, con la pelota en juego, les sería imposible no putearlo. “A eso venimos”, dijo uno. “Yo compré el abono anual para putearte”, reconoció otro. “Disculpá, pero es así, la puta que te parió”, dijo un tercero despidiéndose, abrazando a Amuchástegui y llorando emocionado.

Finalmente, Amuchástegui dejó el fútbol. Y fue charlar con su madre. Ella le confesó que toda su familia lo puteaba a sus espaldas porque lo querían, pero no podían evitar putearlo. Y entonces llegó a la conclusión de que él mismo, de una manera casi química y natural, así como otros inspiran ternura o indiferencia, respeto o desprecio, enojo o risa, él, con su sola presencia, provocaba una puteada.

Un misterio del cual Amuchástegui debió haber tonado nota aquella vez que su maestra de segundo grado le entregó un excelente boletín en el que se leía: “¡Sigue así, estás progresando. Y andate a la reputa madre que te remil parió, hijo de una soberana puta!”, en bella y dulce letra manuscrita de lapicera Parker.