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mumo 1 350“Si un hombre puede cerrar la brecha entre la vida y la muerte… es decir, si puede vivir después de su muerte, entonces tal vez era un gran hombre”. James Dean vivió sólo 24 años. Algunos podrán decir que su existencia fue demasiado corta como para dar sentencias tan absolutas acerca de la vida, la muerte y el legado de los hombres. Otros responderán que su paso por el mundo fue tan significativo que el tiempo no es un obstáculo para su sabiduría. Sea como fuere, el Rebelde sin causa marcó a fuego a una generación. Y como la historia se repite de forma caprichosa, tiempo después apareció otro personaje que también sacudió a la sociedad. Éste no era actor ni tenía aquel pétreo jopo de Dean. Era futbolista y melenudo. George Best. Inmortal.

Hoy, es difícil dimensionar qué tan grande fue la trascendencia de Best para la cultura popular de su tiempo. Quizás, la mejora manera de hacerlo es con uno de sus apodos: “el quinto Beatle”. Ni siquiera la figura de Brian Epstein está tan relacionada con el concepto. Best era tan famoso, tan querido y tan admirado como los cuatro de Liverpool. Cambió la forma de vida de los futbolistas porque su personalidad era tan abrumadora que excedía al deporte. Georgie dejó de ser un simple jugador de fútbol para transformarse en una estrella mediática. Lo extraordinario es que lo hizo hace cincuenta años y gracias a su inconmensurable talento futbolístico.

“No me importa morir, si cuando muera me voy a ir a emborrachar con Georgie Best”. La hinchada de Manchester United canta esto con un sentimiento que traspasa el parlante. No es un simple grito futbolero o una manera de recordar al ídolo. Es un deseo. Todos deseamos que uno de los premios por haber llegado al final de la vida sea tomar una cerveza con Best. Pocos lo vimos jugar, nunca disputó una Copa del Mundo y brilló en una tierra muy lejana. Sin embargo, es tan grande su legado que sobrepasa las limitaciones temporales y físicas. George Best es el personaje más entrañable de la historia del fútbol. Así de simple.

“Nací con un gran talento y, a veces, el talento viene acompañado de una vena destructiva. Exactamente igual que quería pasar por encima de quien se me pusiera delante cuando jugaba, tenía que pasar por encima de quien se me pusiera delante cuando salía a divertirme por ahí”. Best fue un futbolista de excepción. Era determinante en el resultado y también aportaba un valor estético incalculable al juego. A pesar de su enorme talento, muchos lo recuerdan más como un personaje de revistas que como un crack. Pero se equivocan, porque él fue uno de los pocos (y el primero) que logró unir ambos mundos. En el trayecto, perdió su carrera y su vida.

mumo 2 350A los 28 años dejó Manchester United y el fútbol lo abandonó a él, a pesar de que siguió jugando diez años más en diversos equipos. A diferencia de George Harrison, otro Beatle, quien dejó la banda a esa misma edad pero luego supo realizar algunos de sus más bellos trabajos, el Best futbolista de nivel internacional se quedó en Old Trafford. Antes, pasó un momento agobiante: “En 1969 dejé las mujeres y la bebida. Fueron los peores veinte minutos de mi vida”.

Hay un lugar común que dice que el alcohol y la noche fueron responsables de su decadencia, sin embargo el biógrafo Duncan Hamilton afirma que la historia fue al revés. Que no pudo soportar el hecho de haber bajado su nivel después de ganar la Copa de Europa en 1968 y que eso lo llevó a aumentar su dosis de adicciones. Sea como fuera, es imposible imaginar la vida de nuestro héroe sin los excesos.

“El alcohol fue la cosa más significativa de mi vida. La más significativa, la más grande, pero no la mejor. Hizo mi carrera más corta y quizás haga más corta mi vida, pero no puedo decir que me arrepiento de lo que hice. Fue el combustible de mi vida social”, declaró en una de sus biografías y ejemplificó su punto con una historia. El año en el que ocurrió esto no está muy claro, como muchas otras circunstancias de la vida de Best, y quizás no sea importante. En un viaje a Birmingham con la ex Miss Mundo Mary Stavin, ganó una pequeña fortuna en el casino. Cuando llegó al hotel hizo lo que cualquier hombre coherente haría: desparramó los billetes en la cama, le pidió a su acompañante que se quitara la ropa y ordenó una botella del champagne más caro. El mozo que se la llevó a la habitación era un irlandés que lo admiraba. Apenas lo vio, le dijo: -“Señor Best, ¿puedo hacerle una pregunta que me perturba desde hace mucho tiempo?” Claro, respondió. -“¿Cómo fue que terminó todo tan mal?”

No se sabe bien qué le contestó al curioso, pero sí su reflexión. “Allí estaba yo, en un hotel de primera, con la mujer más hermosa del mundo, ahogándome entre billetes y champagne, y pese a todo tenía frente a mí a un desconocido lamentando mi decadencia. Estaba viviendo una vida por la que cualquier hombre normal habría dado su propio brazo, ¿cómo no iba a perder la cabeza? Ahora es más normal ser un borracho o un fumador de marihuana, pero antes la gente juzgaba. A mí me juzgaron”. Con todo, George Best pudo vivir feliz hasta el último día de su corta vida. Demasiado corta.

mumo 3 350En 1961, el ojeador de Manchester United Bob Bishop viajó a Belfast para buscar nuevas figuras. “Creo que encontré a un genio”, escribió en un telegrama después de ver a un pibe que se divertía a lo grande en los potreros del barrio de Cregagh. Best no jugaba en ningún equipo porque el club local lo había rechazado debido a su “debilidad física”. A los quince años su destino era claro: se tranformaría en ese fenómeno de barrio que nunca pudo brillar en el fútbol profesional. Pero por una vez el destino jugó a favor de los buenos y, dos años más tarde, el flaquito al que le bajaron el pulgar en un club de Irlanda del Norte debutaba en la Liga inglesa.

El United todavía sufría por la tragedia de Munich ocurrida en 1958 y aún lloraba la muerte de Duncan Edwards cuando la alegría y el desenfado de un adolescente irlandés le devolvió la fe. Debutó a los 17 años en un partido contra West Bromwich Albion. A algunos de sus compañeros su estilo individualista no les cayó del todo bien, pero él supo ganarse el amor de todos con talento y simpatía. Tres años después se convirtió en ídolo, cuando brilló en un partido frente al todopoderoso Benfica de Eusebio. Aquel día, el entrenador Matt Busby pretendía salir a cuidar el cero y no arriesgar demasiado. Pero Best tenía otros plenes y a los 12 minutos ya había puesto 2-0 a su equipo. “Obviamente no me escuchaste”, le dijo tras el 5-1 final. No, escuchar a la autoridad jamás estuvo en sus planes.

En 1968 lideró al campeón de Europa y ganó el Balón de Oro. Con sólo 22 años de edad, ya se había convertido en el mejor de todos. Eclipsó al campeón del mundo Bobby Charlton y todo el continente se rindió ante su talento. Alguna vez Diego Maradona dijo: “De una patada en el culo, yo pasé de Fiorito a la cima del mundo”. A George Best le ocurrió algo similar. Ambos sufrieron la soledad del éxito, pero ambos ganaron algo más importante que cualquier título: el amor incondicional del pueblo.

mumo 4 350A fines de la década del sesenta, decidió invertir en un negocio de ropa. Por supuesto, su principal interés era conocer mujeres, no generar ganancias. “Teníamos un empleado que se llamaba Gary. A veces, cuando una chica que me gustaba se iba, yo le pedía que la siguiera hasta el colectivo. Gary corría, se trepaba al bus y le decía que George Best le pedía que volviera. La mayoría volvía. Otra vez me enamoré a primera vista de una americana que vivía en Suiza y estaba de visita para ver un recital. Después de un encuentro frustrado, mi amigo Malcom Mooney me vio tan desesperado que se ofreció a ir a Suiza a buscarla. Lo único que sabía de ella era el nombre y la ciudad donde vivía. Increíblemente la encontró”.

“Para cuando cumplí los 25, me había dado por pensar que el equipo estaba en declive, y el alcohol empezaba a controlarme la vida. Me pasé tres años de juerga cada noche, y además jugarme el dinero se convirtió en mi droga”. Cuando comprendió que el United no iba a ser el nuevo Real Madrid, su carrera entró en una decadencia que nunca pudo remontar. El fútbol pasó a ser algo secundario y su figura era más importante en los bares que en las canchas. Era una celebridad nocturna, los boliches donde él estaba se llenaban de gente, que sólo iba para compartir un rato con el ídolo. En 1974 faltó tres días al entrenamiento del United y el DT Tommy Docherty le dio de baja. En ese momento se terminó el fútbol para él. Tenía 28 años.

En aquella época, Best ya era uno de los deportistas más famosos del mundo, por eso no le sorprendió a nadie que un equipo sudafricano, Jewish Guild, estuviera interesado en contratarlo. El club, más relacionado con la acción social religiosa (era una entidad judía) que con el fútbol, lo fichó para ayudarlo y arrancarlo de las garras de los demonios del alcohol y la noche. Pero no pudo. Georgie tomó su estadía en Johannesburgo como unas vacaciones del deporte profesional y casi nunca fue a entrenar. Las canchas estaba repletas, pero él sólo jugó cinco partidos. Entonces, apareció Elton John y se lo llevó a Los Angeles Aztecs, donde jugó entre 1975 y 1976.

mumo 5 350Estados Unidos buscaba hacer crecer su incipiente liga y para eso contrataba figuras del fútbol europeo. Sí, lo mismo que hace en estos días. Como Elton John era copropietario de la franquicia californiana, allí fue un Best en franca decadencia. Cuando arribó, le preguntaron por su apodo “El Pelé blanco”. Él respondió: “En realidad Pelé es el George Best Negro”. Aquella fue una frase que se completó tiempo después con una de sus más brillantes ideas: “Si yo hubiera nacido feo nadie estaría hablando de Pelé”. En Los Ángeles pudo moverse como una celebridad más y encontró un contexto perfecto para desarrollar sus dotes de galán y playboy: “Vivía a una cuadra de la playa, pero el problema es que antes de la playa había un bar. Nunca llegué a tocar el agua”.

En 1976 sus mejores partidos ya habían quedado en el pasado, pero aún seguía en la Selección de Irlanda del Norte. Antes de un partido de Eliminatorias frente a la Holanda de Johan Cruyff le preguntaron si el astro de la Naranja ya lo había superado. Él sonrió y dijo: “le voy a tirar un caño”. Así comentó el periodista Bill Elliot lo que ocurrió: “cinco minutos del partido, George recibe el balón en el lado izquierdo. En vez de dirigirse hacia la meta, vuelve y por lo menos atraviesa tres holandeses previo a enfrentarse a Johan. Entonces, desliza la pelota entre las piernas. Posteriormente al recibir su auto-pase, se detiene para festejar con su puño en alto frente a todos”.

Tras un hermoso paso por Fulham, donde se divirtió junto a Rodney Marsh, volvió a Estados Unidos y en 1979 firmó con Hibernian de Escocia. Él cuenta mejor cómo fue su etapa en Edimburgo: “Nos fue bastante bien, le ganamos a Rangers con dos goles míos y empatamos con Celtic y Aberdeen, que eran los pocos equipos que importaban. El acuerdo era que yo volaba el jueves y volvía a Inglaterra el sábado a la noche, después del partido. El problema es que a Tom Hart, el presidente del club, también le gustaba mucho la bebida y siempre me pedía que me quedara a tomar unos tragos. El tipo me pagaba 5.000 libras por semana, que en esa época era una fortuna, y me parecía una descortesía decirle que no. Al final tuve que cambiar y empezar a viajar los domingos”.

mumo 6 350En 1981, la Selección francesa de rugby viajó a Escocia para enfrentar al combinado local en el torneo de las cinco naciones. Cuando los galos se enteraron de la presencia de Best en la ciudad, lo invitaron a una fiesta en el hotel. Georgie no tenía nada mejor que hacer y fue, a pesar de que al otro día debía jugar un partido importante. Por supuesto, se quedó hasta la madrugada y fue el último en dejar el bar. Llegó al hotel colgado de los brazos de John Fraser y John Lambie, los asistentes del DT. Allí lo esperaba el capitán George Stewart. “Vos no viste nada”, le ladró el técnico Eddie Turnbull al capitán para proteger al ídolo. El médico tuvo que darle varias inyecciones para revivirlo. Cuando el presidente se enteró, decidió darlo de baja, pero después cedió y Best volvió la semana siguiente. Nadie podía decirle que no.

Hasta sus últimos días, tuvo la capacidad de encontrarle algo bueno a cada situación. En una ocasión, policía lo detuvo manejando alcoholizado, y como no se presentó a declarar el día estipulado, fueron a buscarlo a su casa. Le golpearon la puerta y salió enojado porque los uniformados habían roto su tranquilidad. Se peleó con los policías y fue condenado a tres meses en prisión. En la cárcel de Sussex pasó una Navidad y hasta se hizo tiempo para jugar en el equipo del lugar. “Era como unn colonia de vacaciones. Es más, conocí colonias que tenían peores instalaciones”, dijo cuando recuperó la libertad.

El cantante Kenny Lynch fue uno de sus mejores amigos, uno de los que más veces lo salvó de sí mismo y frente a la policía, sus mujeres o cualquier tipo de autoridad. “Una vez lo llamé porque había una buena fiesta en Manchester. Él me dijo que lo vaya a buscar al aeropuerto. El problema es que tardaba demasiado en llegar. Entonces, decidí ir a la fiesta de todos modos. Cuando llegué ahí estaba él, con una cerveza en una mano y el culo de una rubia en la otra”.

Como todo crack popular que se ufane de ello, Best tiene su partido en el que jugó borracho. La leyenda dice que en una oportunidad llegó en estado de ebriedad y comenzó el encuentro en el banco de suplentes, por supuesto. Allí se quedó dormido y se orinó encima. Pero en el segundo tiempo ingresó y convirtió dos goles, como corresponde. Dentro de la cancha también se podía ver su locura. Gambeteador serial, caminaba por la cornisa con la gracia de los mejores equilibristas. Si le tiraban una botella para hacerlo sentir mal, él la abría, tomaba un trago y la dejaba a un costado. Si jugaba contra uno de los mejores arqueros británicos de la historia, lo hacía quedar como un imbécil al quitarle la pelota en un saque de arco y marcarle un gol. Era capaz de sacarse un botín en pleno juego y tocar la pelota con el pie descalzo. Además, hay decenas de videos de él jugando con chicos y disfrutando como uno más. Porque era uno más.

Su romance con la sueca Eva Haraldsted fue uno de los grandes escándalos de su vida. “La idea del casamiento me pareció interesante… por uno o dos días”, afirmó después de declinar su promesa de boda. La despechada mujer lo demandó por incumplimiento. Entonces, Best contrató a George Carman, un abogado mediático que trabajaba con estrellas del espectáculo. En el proceso, hubo incidentes entre amigos de George y Eva y una sórdida historia de amor entre el futbolista y la esposa de Carman. La primera vez que la visitó en su casa, Best sabía que el esposo no estaba allí porque había estado bebiendo con él hasta unos minutos antes. Cuando el facultativo se enteró, fue a buscar a un matón para que le rompiera las piernas. El problema fue que el hampón era amigo del crack irlandés y no sólo rechazó la oferta sino que le dijo que si algo le pasaba a Best él iba a pagarlo.

Cuando le preguntaba si se arrepentía de algo, respondía con una sonrisa: “En 1971, tiré un penal contra Chelsea y Peter Bonetti me lo atajó. Ahora creo que me hubiera gustado haberlo pateado al otro lado”. El chiste es efectivo, pero está claro que él sufría más que nadie todo lo que su adicción le quitó. En ese sentido, la frase que se transformó en una enseñanza para la juventud inglesa es elocuente. Cuando estaba agonizando en una cama de hospital a los 59 años de edad, le dijo al mundo: “No mueran como yo”.

Su legado va más allá de las fiestas, los escándalos con mujeres y las noches de excesos. George Best fue un romántico que hizo lo que sintió, que luchó contra sus demonios y que se ganó el amor del pueblo porque supo entenderlo como pocos. Además, fue el primer futbolista que trascendió su ámbito: “Yo fui quien sacó el fútbol de las páginas traseras de los periódicos y lo llevó a la primera página”. Se puede discutir si esto fue positivo o no, pero no se puede dudar de su trascendencia. “Puede que sea verdad que he sido el primer futbolista con una biografía de estrella del pop. Mi representante tenía razón cuando dijo que se podría grabar mi nombre en peldaños de escaleras y venderlos incluso a los que viven en casitas de una planta”.

“Siempre pensé que mi vida estaba dividida en cuartos. El primero transcurrió en canchas de fútbol, el segundo en bares y clubes y el tercero en hospitales. Espero que el cuarto lo pueda pasar rodeado de mi familia y amigos”. Su deseo no se cumplió porque el segundo cuarto de su vida fue tan intenso y devastador que no le permitió superar el momento de los hospitales. Sin embargo, todo lo que hizo en esa primera etapa lo convirtió en leyenda. Lo llevó a la inmortalidad. Tal como dice una de las tantas canciones que le dedicaron: “Si Dios necesita un héroe, que sea este pibe de Belfast”. Eso fue George Best. El ídolo futbolero de Dios.