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El 16 de mayo de 1984, casi dos millones de personas se reunieron en Vale do Anhangabaú, un sitio emblemático de Sao Paulo, para expresar su reclamo por las elecciones directas que pondrían fin a la dictadura militar que atormentaba a Brasil desde 1964. Ese día, aquella esperanzada y necesitada multitud escuchó las palabras de políticos, activistas, militantes, artistas… y de un futbolista. Del futbolista que más hizo por su pueblo en la historia moderna. Un futbolista que comprendió que su tarea iba mucho más allá del campo de juego. Un futbolista dueño de una sensibilidad tan distinguida que lo transformó en un símbolo de su época y en uno de los artífices del regreso a la democracia en su país. Por todo eso, Sócrates fue mucho más que un extraordinario jugador de fútbol. Fue un héroe popular.

tribuna-350“Si logramos que se lleven a cabo las elecciones directas, no me voy a Italia. Me quedo a jugar en Brasil”. Dijo ante la ovación de la multitud. Ya estaba vendido a Fiorentina, pero su lucha valía mucho más que cualquier acuerdo contractual. El Doutor era uno de los principales militantes del movimientos “Directas Ya”, que buscaba la derogación del sistema de elección indirecta a través del Colegio Electoral y el regreso a los comicios generales. La campaña no tuvo éxito pese al conmovedor apoyo popular y la dictadura finalizó al año siguiente, pero sin elecciones directas. Sócrates se fue a Italia, pero con la tranquilidad de que los gobiernos de facto estaban llegando a su fin.

“Si la gente no tiene el poder de decir las cosas, entonces yo las digo por ellos. Si yo estuviera del otro lado, no del lado de la gente, no habría nadie que escuchara mis opiniones”. El otro Sócrates, el que nació en Grecia, patentó una frase: “Solo sé que no sé nada”. Muchos siglos después, nuestro Sócrates supo. Supo cuáles eran las necesidades de su pueblo y cómo podía darles voz a los que no la tenían. Supo cómo manifestar ideas superiores desde un ámbito que puede ser frívolo pero que en realidad es todo lo contrario. Supo liderar una revolución. Y supo jugar al fútbol. Como los dioses supo jugar al fútbol.

Es imposible no recordar a Sócrates por sus ideales y la manera de transmitirlos. No hay manera de hablar de él sin referirse a la Democracia corinthiana y a su inquebrantable lucha por los derechos del pueblo. Por eso, muchas veces su descomunal talento futbolístico queda en un segundo plano. Era un fenómeno. Desde su 1.93 desplegaba una elegancia que no se volvió a ver. No hubo jamás un jugador con la estampa del Doutor. Era inteligente, tenía gran pegada, era solidario con sus compañeros y hacía goles. Los videos están al alcance de la mano. Nadie debería privarse de ver jugar a uno de los más grandes talentos de los últimos tiempos.

con-lulaPero Sócrates trascendió a su genialidad futbolera. A principios de los ochenta se afilió al Partido de los Trabajadores, que había sido fundado poco tiempo antes por sindicalistas de izquierda y católicos ligados a la Teología de la Liberación. Después de su muerte, su compañero de militancia Lula Da Silva lo recordó con palabras que resumen su legado: “Fue un ejemplo de ciudadanía, inteligencia y conciencia política, más allá de su inmenso talento como profesional del fútbol. Su contribución generosa para nuestro Corinthians, para el fútbol y para toda la sociedad brasileña jamás será olvidada”.

El Doutor fue uno de los locos más brillantes de la historia del fútbol. Le decimos loco porque su lucidez era tan grande que le sirvió para destacarse por sobre todos y para romper esquemas, pero no para cuidarse a sí mismo de la misma manera que supo cuidar a sus compañeros. De todos modos, mucho antes de sumergirse en los abismos de la adicción, lideró una impresionante revolución llamada “Democracia corinthiana”. Los detalles de esta historia están mejor explicados en esta nota, pero es necesario dejar en claro cuál fue la importancia de Sócrates. Sin él, este movimiento que contribuyó al final de la dictadura brasileña no hubiese sido posible. Él fue el principal responsable de aquella utopía hecha realidad.

espaldas“Cuando pisábamos el césped sabíamos que estábamos participando de algo más que en un simple partido de fútbol. Luchábamos por recobrar la libertad en nuestro país”. Esa capacidad de entender el momento en el que se vive es lo que convierte a simples idealistas en hombres imprescindibles.

Una pequeña anécdota alcanza para describir cómo se vivía en ese Corinthians maravilloso y cuáles eran las prioridades de Sócrates. En 1982, el plantel realizó una gira por Japón. Un día después del arribo, Walter Casagrande pidió volver porque extrañaba a su novia, a quien había conocido un par de semanas antes. Entonces, como ante cada decisión importante, el grupo decidió votar si permitía el regreso del joven delantero o no. El voto de Sócrates fue: “que vuelva, ese amor es algo que va a sentir pocas veces en la vida”. A pesar de la elección del Doutor, ganó el no y Casagrande se quedó en la lejana Asia, extrañando a su enamorada.

“Pensaba más en el grupo que en él. Y eso es un líder”, dijo sobre él Wladimir, su principal socio en la Democracia. Algo similar había dicho el otro Sócrates, el griego, algún tiempo antes: “Reyes o gobernantes no son los que llevan cetro, sino los que saben mandar”. No lo sabía, pero estaba hablando de su homónimo del futuro.

La relación entre Sócrates y Wladimir fue la piedra fundamental de los lineamientos de la Democracia corinthiana, pero con el tiempo se deterioró. Cuando ambos ya estaba retirados, el Doutor le recriminó que se había “vendido al sistema”, ya que Wladimir aceptó un trabajo como comentarista de TV Globo, uno de los grupos mediáticos que sostuvo la dictadura. “Sus pensamientos siempre fueron demasiado radicales, pero era un idealista y está bien que así sea”, afirmó el ex lateral izquierdo.

Sócrates Brasileiro Sampaio de Souza Vieira de Oliveira nació el 19 de febrero de 1954 en Belém de Pará, una ciudad del norte de Brasil. Su padre era funcionario público y su madre fanática de la filosofía. Tanto que bautizó a sus +hijos con los nombres de tres pensadores griegos: Sócrates, Sófocles y Sóstenes. El Magrão (flaco) y su familia se mudaron a Sao Paulo poco tiempo después de su nacimiento y allí él abrazó sus dos pasiones: el fútbol y los libros. Comenzó a jugar en un colegio de la orden de los hermanos Maristas, pero la prioridad de sus padres era el estudio, porque lo que durante varios años se entrenó a escondidas, mientras hacía la carrera de medicina en la Universidad de São Paulo.

socrates-botafogo-1974En 1974 fue ascendido al primero equipo de Botafogo de Ribeirão Preto, donde deslumbró desde su debut. En algún momento del año siguiente, su padre fue a ver al club del barrio y se encontró con que entre los once titulares aparecía su hijo. La primera reacción del hombre fue de sorpresa y de enojo, pero al verlo jugar entendió todo. No podía privarle al mundo de un talento de esa magnitud. Además, el muchacho se doctoró a los 23 años, cuando ya era un maduro futbolista profesional. Así, se ganó el apodo que lo acompañó para siempre.

En Corinthians forjó su leyenda. Allí ganó tres campeonatos paulistas, el título más importante de la época. En la final de 1983 se produjo uno de los hechos más trascendentes de los últimos años de la dictadura. El mejor equipo del país salió a la cancha con una bandera que decía: “Ganar o perder, pero siempre en democracia”. El símbolo fue tan contundente como hermoso. Algunos meses antes, habían hecho algo parecido: en la previa de las elecciones de autoridades del Estado de San Pablo, escribieron la leyenda “Dia 15 vote” en sus camisetas.

Las concentraciones también eran únicas. Sócrates siempre se aburría de pasar el tiempo sólo con jugadores de fútbol, entonces todos los sábados invitaba a compositores, cantantes, arquitectos, cineastas y todo tipo de artistas. El único objetivo era conversar y expandir la cabeza, sumar conocimiento. El fútbol como puerta de entrada a otros mundos.

“Jugué los mundiales del ‘82 y del ‘86 en una maravillosa selección. Conocí el calcio en la Fiorentina. Fui técnico. Sigo siendo médico. Escribo crónicas para un diario deportivo y poemas que ponemos en canciones con amigos músicos. Pero esa época fue la más excitante de mi vida. Dos años y medio que valen por cuarenta años de felicidad”.

“Los futbolistas somos artistas y, por tanto, somos los únicos que tenemos más poder que sus jefes”, repetía. Cada una de sus actitudes avaló ese pensamiento. Dentro de la cancha, era capaz de tirar un taco para darle belleza al juego (“Los taquitos eran una forma de darle velocidad a mi juego”) y fuera de ella expresaba sus ideas sin ningún tipo de auto-censura. “Yo siempre supe que estábamos haciendo política. El fútbol, creo, es el único medio que puede acelerar el proceso de transformación de nuestra sociedad porque es nuestra mayor identidad cultural. Aquí todos entienden de fútbol y nadie de política”.

Sus inquietudes artísticas fueron más allá de la pelota. Se dice que grabó un par de discos que permanecen inéditos y también pintaba en sus ratos libres. De todos modos, conocía sus limitaciones para cualquiera de las artes excepto para la pelota.

con-passaEn 1984 fue transferido a Fiorentina. Las luces del norte de Italia, tan lejanas a los barrios y a su sensibilidad popular, no lo iluminaron. De hecho, sólo se quedó un año y en 1985 regresó para jugar dos temporadas en Flamengo y dos en Santos, hasta su retiro definitivo con la camiseta de Botafogo en 1989.

Su aporte a la Selección fue también muy significativo, ya que se destacó como la figura absoluta del último Seleccionado brasileño que quedó en la historia por su juego, más allá de los resultados. Aquel equipo de Telé Santana que brilló en la Copa del Mundo 1982 es inolvidable a pesar de la caída en la segunda fase. Tras la eliminación, Sócrates afirmó: “Mala suerte y peor para el fútbol”. Es que había cumplido su objetivo: “No hay que jugar para ganar, sino para que no te olviden”.

A pesar de sus múltiples intereses, el fútbol era su gran pasión. De hecho, jamás pudo aceptar su retiro. En 2004, a los 50 años, aceptó la oferta para jugar un mes en Gartforth Town, un equipo del ascenso de Inglaterra. “Soy muy curioso y me gustan las nuevas experiencias. Seguro voy a aprender algo”, dijo el día de su llegada. Por supuesto, su búsqueda iba más allá del fútbol. El dueño del club, Simon Clifford, tenía 600 escuelas de fútbol y una idea clara: enseñar los valores de la Democracia corinthiana. Para eso viajó el Doutor, para ver de cerca cómo crecía su legado.

“Quien bebe cotidianamente es alcohólico. La bebida ha sido mi compañera desde joven. Pero el uso del alcohol no afectó mi carrera. Incluso porque nunca tuve estructura física para jugar al fútbol. El fútbol se tornó una profesión para mí sólo con 24 años. Era muy delgado, y no tuve posibilidades de tener una preparación física adecuada”. Vivió sólo 57 años por culpa de una adicción de la que siempre fue consciente.

El día de su muerte, Corinthians jugó un partido. Antes del comienzo, 40.000 personas se pararon de sus asientos, levantaron el puño y recordaron a su héroe. La emoción de aquel momento todavía se puede sentir en las tribunas del Pacaembú. Noventa minutos después, el Timao se coronaba campeón de Brasil.

“Anda con fe, yo voy, que la fe no acostumbra a fallar”. Gilberto Gil escribió una canción inspirado en su amigo. Habla de la fe y lo que ella es capaz de hacer. Sócrates tuvo fe en sus ideas, en las de sus compañeros. Tuvo fe en que podía cambiar la historia. Y no falló.