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Me niego a llamarlo futsal, un híbrido cacofónico que no suena a deporte sino a sindicato o a marca de sal marina. Mejor fútbol 5 o el canónico papi fútbol, bautismos transparentes que sí le hacen honor a esa práctica tan noble y democrática que acepta practicantes de cualquier volumen, edad y preparación física. Incluso a aquellos que se llevan bastante mal con la pelota.

De pronto, este juego a escala amateur acaba de adquirir el brillo del profesionalismo más exigente. Argentina ganó el mundial jugado en Colombia y entonces nos enteramos que ese esparcimiento de barrigones es, al mismo tiempo, una disciplina de elite que, como otras, supone un negocio, un mercado, un público ávido de algo.

1 350Uno tiende a pesar que, como en las improvisaciones de jazz, los protagonistas se divierten más que los que pagaron la platea. Pero los números del rating de la final Argentina-Rusia indican otra cosa. Un nicho en ciernes se vislumbra en la maquinaria del fútbol, que a veces luce exhausta, vacía de novedades, incapaz de ampliar su cartera de productos. En otras localidades, los partidos de sala ya son una actividad prestigiosa. En la Argentina, acaso despeguen con este título y superen el exiguo prestigio (pero prestigio al fin) que supieron conseguir en Open Gallo, “las canchitas de Marangoni” y tantísimas sucursales.

Igual de promisoria, del otro lado del océano, se vislumbra otra ruta a explorar por las gerencias de la pelota y sus entornos. Un chico de 13 años (clase 2003), de origen marfileño, debutó en el sub-20 del Celtic, su filial juvenil. Karamoko Dembele, que así se llama, está en el club escocés desde hace dos años y, en su breve legajo, figura la distinción como mejor futbolista en el torneo sub-15 St Kevin’s Boys Academey Cup. La asombrosa precocidad de Karamoko obedece, en primer lugar, a sus innegables condiciones. Es zurdo (usa la diez, claro), habilidoso hasta el exceso, buen pasador… En fin, un protomessi. Pero también se ve que aún le faltan unos platos de sopa para convertirse en un atleta mayor.

Si le apuraron el paso se debe a que el equipo juvenil de Celtic quedó diezmado por la convocatoria de la selección Sub-19 escocesa. Entró en el minuto 81, casi como una formalidad, sólo para imprimir una muesca en la tabla de los récords. Pero hay más: al dato de su debut le siguió un dispositivo minucioso digno de una celebridad antes que de un infante que llama la atención. Hay en YouTube más videos del Karamoko que de varios jugadores legendarios y su nombre ha motorizado tantas noticias como la eliminatoria mundial.

Hasta aquí, los niños prodigio parecían una apuesta de largo aliento de los clubes y sus emisarios. La caza de cachorros de crack (y su posterior trabajo en los laboratorios deportivos en manos de expertos) implica una noción de futuro inherente a cualquier estrategia. No veíamos las imágenes de Messi mientras hacía destrozos en La Masía. Las conocimos después. Luego del tiempo razonable que transcurre entre que despunta un proyecto y su consolidación feliz en la fragorosa realidad del verde césped. Quiero decir: sólo accedimos a la prehistoria de Leo –que es muy reciente– cuando se ya se codeaba con las estrellas. Cuando llegó el desenlace feliz para validar tantas premoniciones.

cambio2-350Pero miles de chicos deslumbrantes jamás llegan a pisar el vestuario de la Primera. Al madurar, la promesa a veces se vuelve un fiasco. O se diluye. ¿Y si Karamoko, entrada la adolescencia, engorda, se lesiona o se enamora de un marinero bengalí y se va a dar la vuelta al mundo? Qué desperdicio. Algo de eso deben pensar muchos que ven la excepcional destreza del marfileño y no soportan la ansiedad ni los riesgos de dejarlo crecer.

El debut anticipado y su onda expansiva son quizá el primer movimiento para acortar una demora innecesaria. Con prodigios como Karamoko, los semilleros y los torneos infantojuveniles, entre otras parcelas subexplotadas, podrían tornarse más tentadoras que el mero augurio de un provenir venturoso, colmado de eximios jugadores.

Si Dembele alternara en Primera, por el momento fuera de compromisos cruciales, ¿no podría configurar un modelo entrañable para la hinchada? Algo así como una mascota virtuosa. Y, ya mismo, ¿no dispararía tal fenómeno un sistema de auspiciantes ad hoc? Parecía que no, pero en las canteras está todo por hacerse.