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En el partido que Argentina empató con Perú, por las Eliminatorias, se armó un pequeño revuelo nacido de lo periodístico cuando el hombre de campo de juego de TyC Sports, Martín Arévalo, consideró que sería muy feo encontrarse con el delantero Paolo Guerrero a las 3 de la mañana en Constitución.

Comentario racista, xenófobo, estigmatizante e impresentable, no sorprendió demasiado por el autor de la frase pero sí logró una reacción en las redes sociales, que pasaron a lapidar al desconcertado Arévalo, quien atinaba a defenderse con otro despropósito: “Muchachos, fue un chiste, hay que escuchar el tono”. Después de ser repudiado en un profundo bullying digital, terminó arrojando en Twitter una única frase de supuesto arrepentimiento: “Disculpame si te ofendí. Beso”, le contestó a un usuario que lo castigaba por su actitud.  Esa fue su toda su disculpa. Parece poco.

La realidad es que Arévalo nunca se dio cuenta de que su observación estaba fuera de lugar. Aunque varios trataron de explicárselo. Aunque sus colegas lo invitaron a reflexionar. El tipo siguió en la suya. Y nunca se compungió demasiado ni por haber dicho lo que dijo ni por lo que le espetaron en masa a continuación. El canal, por su parte, no lo sacó del aire ni cinco minutos.

En Un Caño nos indignó su frase por partida triple. Porque además de discriminar a Guerrero (nos cuesta definir por qué da miedo: ¿por tener la piel oscura, por estar tatuado, por ser musculoso y alto, por peruano?), el cronista se espanta por un barrio que tiene una de las terminales ferroviarias más grandes del país (¿le darán temor los trenes, el barrio, las casas, las calles, su gente?) y apunta contra el horario de las 3 AM (¿lo precupará la oscuridad, la trasnoche, el silencio de la ciudad cuando duerme?). Por otra parte, ¿qué podría estar haciendo exactamente Guerrero, un deportista millonario de alto rendimiento, que vive en Brasil, en Constitución a las 3 de la mañana? ¿Y por qué cualquier actividad de Guerrero ahí daría miedo?

La traducción es que, para Arévalo, en ese barrio y horario hay gente de un estrato social específico (pobres, bah), con un aspecto físico determinado (oscuritos, bah), que tienen la tendencia a delinquir (son chorros, bah). Por eso dan miedo. Y más miedo si son grandotes como Paolo Guerrero. ¿Increíble, no?

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Quizá una buena manera de expresar deportivamente lo que Arévalo dijo querer decir es que Paolo Guerrero asusta hasta a los más experimentados centrales adentro de la cancha. Porque es fuerte, lucha todas las pelotas con fiereza y te deja la marca con los codos, los tapones y los hombrazos que mete para ganar la posición. Otamendi la debe haber pasado pésimo en la Bombonera después de fajarse toda la noche con el nueve peruano. Bañera de hielo post partido. Si querés: hasta las 3 de la mañana. Y no tan lejos de Constitución. Pero bueno, ahí no aparece la metáfora.

Sin embargo, hay algo muchísimo más preocupante que el comentario de Arévalo. Y no es el hecho (destacado entre otros por el sociólogo Pablo Alabarces) de que sus compañeros de transmisión se quedaran callados durante su dislate. Es cierto que moralmente debieron marcar su disconformidad, pero ¿iban a exponer al aire a su compañero?  Elegimos pensar que lo fustigaron fuera de micrófono. Aunque el otro no haya entendido.

Hay algo, decíamos, que es más preocupante que la frase de Arévalo, y es la noción de que esa frase resuena porque no es una expresión aislada. Es decir, lo que dice Arévalo genera rechazo espontáneo y una condena en pública (celebramos que así sea), pero incluso esa condena esconde el hecho trascendente de que Arévalo le da voz a un pensamiento mucho más extendido de lo que se presume.

El periodista no inventa nada. ¿Es la primera vez que oyen un epíteto por el estilo? Ni parece ser el expositor aislado e insano que verbaliza algo que nunca se dijo. Es, más bien, el que busca la sonrisa cómplice en el pensamiento fácil, al echar al ruedo lo que ya escuchó y compartió miles de veces entre risitas sonsas. Sin pensar, acaso, que lo compartió en el living de su casa, o que él es el vocero de un canal de televisión, o que lleva su mensaje al hogar de miles que quizá no compartan su asco social o su miedo a lo ignorado.

Podemos hablar un poco de la cuestión de fondo: las hinchadas de fútbol en Argentina gritan que son todos negros putos de Bolivia y Paraguay, frase completa que está llena de valoraciones negativas pese a que ninguna de sus palabras aisladas remite particularmente a algo malo. ¿O hay que ofenderse por ser negro? ¿O puto? ¿O de Bolivia? ¿O de Paraguay? Y nadie se indigna.

Arévalo es parte de un ambiente reaccionario y conservador, como el ambiente del fútbol. Un lugar en el que –por ejemplo- la conductora Mariana Fabbiani se permite decirle a un movilero que sale al aire entre los hinchas de Perú, que guarde su billetera en el bolsillo de adelante. Sin embargo, cuando esos muchachos pasan a estar en las tribunas, se destaca el calor y color que le traen al deporte.

A la hinchada de Atlanta le cantan que viene Chaca por el callejón matando judíos para hacer jabón. Y los de Atlanta contesta que son todos negros sucios y pregunta para qué carajo quieren el jabón. La pregunta parece un poco descentrada, sí. Pero eso es folclore, dicen.

Arévalo fue tan poco hábil que  metió a un jugador en la volteada. Recibió –como merecía- cachetazos moralizantes e indignados por doquier. Pero dejamos pasar la oportunidad de ampliar un poco el debate acerca del racismo y la xenofobia instalados en el prácticamente inmutable ambiente del fútbol.

Estaría bien que observáramos con detalle a quién representa lo que dice. Para quiénes habla y quiénes lo contratan para que hable. El lugar central que ocupa en el mundillo y su permanencia en el medio. Su amistad con los futbolistas (ningunos pichis: Tevez, Maradona) y su presencia innegociable en pantalla cuando juega el equipo que representa a todo el país.

Arévalo debería darnos vergüenza, pero no para lincharlo públicamente en la plaza. Sino porque, al consumirlo de manera recurrente, todos somos un poco Arévalo. Aunque nos pese ser conservadores, racistas y clasistas: está en el corazón del fútbol argentino.

Hablemos de eso, y no de lo imbécil que es un periodista.