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caraCarlos Tevez, como la princesa, estuvo triste todo este año. Cabizbajo, si lo decimos con sus palabras. “Cuando Boca pierde, no puedo salir de mi casa”, agregó para describir el cuadro que lo ha tenido con el ánimo en descenso. “Me pegué contra la realidad”, remató en el pico dramático de su alocución. De aquel bosterismo desaforado que lo llevó a abandonar Italia con alborozo infantil para lanzarse en los brazos de la hinchada azul y oro sólo queda un amargo arrepentimiento. ¿Qué pasó en el medio?

Como Carlitos es más amigo de las alusiones que de las palabras precisas, resulta arduo leer las razones del desengaño. Algunas menciones nos llevan hacia el periodismo deportivo. Cuándo no. Al parecer es demasiado exigente, demasiado quisquilloso, demasiado mercantilista y despiadado. Raro: Tevez ha conocido el celo de la prensa italiana, por ejemplo. Un verdadero cuco, según reconocen deportistas que han pasado por el calcio. Además, su experiencia en el pináculo del emporio futbolero le ha demostrado que la contracara de la idolatría es el canibalismo. Los adoradores mutan en críticos sanguinarios, en detractores vengativos. Un costo ínfimo para una vida de opulencia como la que llevan las estrellas. De todos modos, el público boquense ha desarrollado por el Apache un cariño sin condiciones. Más propenso al perdón irrestricto que al reproche y la hostilidad.

bora-oraAl hablar de reclusión, se podría pensar en la burbuja forzosa de los ricos. El miedo al otro, al bárbaro, al ladrón. ¿Será por eso que Tevez no sale a la calle? ¿Por eso mentará el choque con “la realidad”? No creo. Aunque el diez de Boca vive en un ecosistema a salvo del conflicto social, cualquier amigo del viejo barrio (que el futbolista los conserva) o incluso sus asesores o los representantes de las marcas que lo merodean podrían contarle que su “realidad” es como unas vacaciones en Bora Bora comparada con la diaria de una franja creciente de compatriotas en verdaderos problemas. De plata, de empleo, de exclusión lisa y llana.

Así que no es eso tampoco. Carlitos tiene plena conciencia del país que habita. Y su cercanía al Presidente, un empedernido garante de la ventura por venir, le permite abrigar expectativas optimistas. De hecho, su hiperbólico casorio binacional, con centenares de invitados, luce como la apuesta de un hombre en estado de celebración.

¿Qué catzo le pasa a Carlitos entonces?

con-angeSe me ocurre que, luego de años de juramentar su compromiso con Boca, de vociferar sus sentimientos inmarcesibles, su loca pasión, de exponer la lealtad recíproca con la feligresía, etcétera, etcétera, sonaría a chirrido el anuncio de que, luego de sólo un año y medio, se va a China. A un fútbol incipiente, por no decir pedorro, donde los mandarines del híper capitalismo pagan lo que sea para ir forjándose de a poco un lugar en el mercado global. Claro, allá la juntaría en pala. Pero, en caso de que decidiera cerrar su campaña en los confines el mundo por los que sale el sol, no podría decir que el billete y nada más que el billete es el motivo por el que interrumpe el pacto de amor con Boca. Entonces, qué mejor que un rezongo críptico, con mezcla de pánico y desencanto, que haga ver la migración a China como una fuga necesaria. Casi de autodefensa. En definitiva, culpa de la Argentina, o de Boca. O de este circo nefasto del fútbol criollo donde un alma sensible como la de Carlitos no puede disfrutar en paz.