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Intentemos empezar por el fútbol, ese deporte del que ya no se puede hablar. O del que ya no se habla porque el juego no importa.

Digamos que alguien es hincha de Boca. Y ve un partido de River. Y después opina. O más precisamente, mientras tanto, mientras se juega, mientras lo ve, opina: escribe a través de los medios masivos de comunicación de hoy, las redes sociales. Este individuo dirá, más o menos, lo siguiente: hijo, descendiste, abandonaste, te drogaste. Si se juega en Núñez, agregará que hace frío en el Monumental. La B (el pasado), el diurético  (en proceso de revisión) y el aliento (que no habla del club sino del hincha). ¿El juego, el equipo, los jugadores? Bien, gracias. Saludos a la tía.

Es difícil saber por qué el lugar común otorga tanta tranquilidad. Pero el fanático se para ahí para descalificar y para construir su identidad de grupo. Entonces se genera el bardeo, el bullying digital. El desprecio teledirigido. Se da en forma de humor, de meme, de ironía o de puteada. A veces como una cuestión de cierta unanimidad (Pipita Higuaín erra. Era por abajo Palacio), o bien –y de manera más cotidiana- como un subterfugio para atacar al hincha que prefiere otra camiseta.

clarin350Increíblemente, hay medios que se prenden en esta movida. Que ganan seguidores y tráfico en sus páginas webs simplemente así: fogoneando el chicaneo, tomándolo como folclore, acrecentando la noción de que el rival, por ser rival, es un imbécil, un tramposo, un favorecido por el poder. Un enemigo.

La palabra elegida no es casual. Justamente ayer publicamos en nuestras cuentas de Facebook y Twitter una foto de la tapa del diario Clarín en la que se hablaba de Ignacio Scocco y Javier Pinola. El título era “De enemigos a compañeros”. Porque uno jugó en Rosario Central durante un tiempo y el otro está identificado con Newell’s. No se puede ser tan canalla, Clarín. Y decimos canalla, adrede, para que los hinchas de Newell’s se indignen por el adjetivo, que se apropió la hinchada de Central. Somos rivales, no enemigos.

Pero el público responde. Al menos lo que parece una mayoría. Los que hacen ruido. Los que se escuchan. Se alinean en esa mirada anti todo. Anti diálogo. Que no sabe de argumentos. A la que no importan los argumentos.  ¿Habrá una minoría silenciosa, o será una mayoría callada que parece ser una minoría, justamente por su silencio?

Obviamente no hablamos de la cancha, porque nadie va a la cancha. Es decir: mucha gente va a la cancha, pero su representatividad es ínfima ante la masa interesada que determina cómo fue el partido. A tal punto es así, que si uno va a la cancha, recién sabrá cómo fue el partido cuando salga de la cancha y entienda el discurso que se construyó alrededor de lo que la gente en sus hogares vio o creyó ver que pasaba en la cancha. Porque en el desinterés por el fútbol –incluso de los que van en la cancha a alentarse a sí mismos, a plantar bandera o a decir que estuvieron en la cancha-, “la guarnición se ha comido al solomillo”, como expresó alguna vez Juan Manuel Lillo.

El último fin de semana, el buen suplemento Enganche de Página/12 publicó una entrevista a Ariel Holan con un título sugestivo: “Tenemos que cerrar la grieta del fútbol”. Embebidos, como estamos, en el cada vez más violento discurso del hincha, pensamos en una genialidad: creímos que el director técnico de Independiente iba a hablar de la imposibilidad de tolerancia, del fanatismo ciego y descalificador, del lugar común que da tranquilidad al hincha en un lugar de pertenencia.

flacoResultó que hablaba de Menotti y Bilardo, del fútbol lírico y el fútbol táctico. Un antagonismo bastante demodé, como prueba la existencia del propio Holan, pero mucho más interesante que el actual, porque contiene ideología. En el discurso del DT está claro que para él no es lo mismo el bilardismo que el menottismo, pero que entiende como posible sacar lo mejor de cada vertiente a partir del análisis y del diálogo. La grieta, en su boca, no es la diferencia entre ideas, sino la imposibilidad de mirar y valorar lo que hace el otro. La tendencia a descartarlo, sólo porque trae una etiqueta opuesta a la que lleva el grupo en el que uno se autodefine y se siente cómodo.

Es interesante esta visión, porque permite entender de manera más cabal lo que sucede con la política nacional, en plena campaña. Porque una cosa es discutir neoliberalismo o intervencionismo, algo que parece sano e incluso recomendable para una nación, sea pueblo o dirigencia. Y otra cosa muy distinta es descartar de plano, antes de escuchar siquiera, todo lo que dice un macrista o un peronista sólo porque es intervencionista o neoliberal. La grieta es sana cuando se habla de disenso, debe existir para propulsar cualquier discusión y cualquier mejora. Pero hay que tender puentes para cruzar esa grieta. La demolición de esos puentes es lo que se instaló en la etiqueta que –interesadamente- impusieron los grandes medios del país.

En la política de los últimos tiempos encontramos un fenómeno similar al del fútbol, y prácticamente igual de vacío en cuanto a contenido. Porque hay fanatismos en lugar de ideologías. Y se habla de lo marginal: cómo se ve, cómo se viste, cómo habla, cómo se siente, si viaja en colectivo. Se individualiza, se personaliza y se desfigura. De un lado y del otro. Se hace una política estilo Netflix: punto a punto, singularizada, individualizada. Timbreo. El vecino. El otro día me dijo Silvia, que vive en Ciudadela. Me comentaba Gabriel, que tiene un taller en Río Tercero. Se omiten las deficiencias propias, la autocrítica y hasta las propuestas. No se habla del juego, de la táctica, de los jugadores. Se prefiere construir a un enemigo para definir la propia identidad.  ¿Quién gana? Cualquiera, menos nosotros.

Entonces aparece Intratables, el programa híper exitoso en el que todas las voces –juntas- resuenan y resuenan hasta generar un vacío que termina aterrizando siempre en el atajo dialéctico, el lugar común y la moralina condenatoria: a laburar, viejo. Y otros medios lo imitan, porque es el non plus ultra de la posmodernidad. Es exactamente lo que pasa en el imaginario del fútbol. Y de la política. Gana el que descalifica mejor.

paluchLo que es difícil de entender es la crítica masiva al comportamiento de la dirigencia, cuando un fenómeno tan popular y extendido como el fútbol refleja exactamente el mismo tipo de sentido. Descalificar es la norma, sin mirar demasiado para adentro. Los hinchas fuimos pioneros en el sarcasmo inútil. Y los periodistas, los catalizadores de la imbecilidad.

Tal vez la clave para entender por qué el lugar común resulta tan confortable para el hincha es que hay medios que asumen y promueven esa actitud. No le exigen al espectador que razone, al contrario. Ari Paluch, animando los festejos del campeonato de Boca, incitando a cantar “el que no salta se drogó”, es un buen ejemplo. La espiritualidad new age de Paluch es una impostura, como es una impostura cada una de las intervenciones de los periodistas deportivos en la tertulias infumables, donde van consiguiendo imponer la idea de lo antiintelectual y lo antipolítico como principio rector de todas las discusiones.

Dice esta muy buena nota de la revista española Jot Down: “Portadas convertidas en banderas de un club, en cañón contra el enemigo, en la mejor tira cómica posible para el aficionado crítico o neutral. Otrora periódicos ahora convertidos en teletiendas de pijamas, tazas y plumíferos con escudo. Noticias manipuladas, titulares descontextualizados, polémicas baratas, anécdotas convertidas en noticia; todo ello para la exaltación del equipo propio y el disparo contra el rival”. Y tiene razón. Eso somos.

Hace poco, hablé con un panelista del relativamente reciente programa panelístico de TyC Sports (ese que tiene a Flavio Azzaro, a Lunatti, a Diego Díaz). Ese día había visitado el programa un par de invitados famosos. Uno era de Racing y el otro de Independiente. ¿Qué tal anduvieron? “Más o menos, che, más o menos. El de Independiente no entendió nada: ¡Hablaba bien de Racing!”.