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La vida no es así.

No, no es así.

En la vida, Ter Stegen no le ataja a Cavani el mano a mano en el que el uruguayo entra por la izquierda y el partido, obviamente, termina 3-2.

1489011329-2017-03-08t220514z132012314mt1aci14762936rtrmadp3soccer-champions-fcb-psgEn la vida, Di María es hoy la tapa, es trending topic, por haber celebrado el 3-1 callando al Camp Nou.

En la vida, Ter Stegen no recupera esa pelota que trabó parado de 5 y Sergi Roberto se desmorona de tristeza en el área chica porque no llegó a puntear el centro final.

Eso, en la vida: después, siempre estarán los tanques de Disney, las películas de Campanella, los cuentos de Sacheri, y eso fue lo que sucedió ayer. Una moraleja mala, la mentira de un mundo feliz. A los niños de cinco años: si su mamá o su papá se sientan al borde de sus camas y les cuentan una noche una historia de una serie que empieza 0-4, va 3-0, sufre la lógica del 3-1 y se define con un 6-1 a 20 segundo del final, no les crean, por favor; amortigüen, ahora que pueden, que la adultez llegue con el desconsuelo de la verdad. Además, es injusto: un millonario de traje blanco no puede sacarse los mocasines, el saco, toda su ropa, calzarse unos cortos, meterse en un potrero y gambetear a seis. Hay victorias que aún deberían reservarse para el River de Gallardo, el Boca de Bianchi, cualquier Racing o Nacional de Uruguay. Lo que el Barsa hizo ayer se llama, sencillamente, monopolio.

El equipo de Messi jugó ante el PSG su partido más uruguayo, más argentino: un centro fácil y pinchado que un defensor despejó mal fue el 1-0, una cortina horrible de un central y un cierre al revés de otro posibilitaron el segundo, un lateral que se resbaló y le cabeceó las canillas a Neymar decretó el penal que Messi pateó con la misma calentura con la que había pateado -no vale chumbar- el que se erró en la final de la Copa América ante Chile y Suárez, en su simulación número 38, logró que le cobraran un penal. No fue el Barsa de Iniesta ni de Messi, no fue el Barsa que movió la pelota en la puerta del área como si fuera una medalla que intenta hipnotizar: fue el Barsa de los anticipos de Mascherano y Umtiti -vehementes como central en cancha de Olimpo-, fue el Barsa de un Neymar que en buena parte del segundo tiempo se creyó Centurión; la pedía, la tenía, se enredaba, la perdía, se quejaba, decidía mal. Fue el Barsa, ante todo, de Busquets: ah, Busquets. Es una lástima que ya nadie me pregunte qué quiero ser cuando sea grande. Sin dudar, contestaría: “Ser Busquets”.

Cada vez que el Barcelona pierde -pensé, mientras el partido iba 3-1 y se acercaba el 3-2- a mí se me magnifican aún más todas las animaladas que se mandó: aquel 5-0 al Real Madrid de Mourinho en el Camp Nou, la hipnosis a la que sometió en 2011 al Manchester United -al Manchester United- en una final de Champions League, los cruces en los que eliminó al City, al Arsenal y al PSG con la falsa sencillez con la que siempre les gana al Levante o al Alavés. Ustedes disculpen, pero este equipo tiene efectos nocivos. Ver que uno de sus jugadores tiene la pelota y todos sus compañeros se mueven -siempre- para iluminar a un receptor, ver que casi nunca fallan un pase, ver la serenidad con la que juegan (porque juegan al juego, porque juegan a elegir qué es, en ese momento, lo mejor) y ver después al River de Gallardo o un partido en el que juega Arsenal es un desencanto más grande que el que ayer tomó París. El fútbol argentino es mucho más feo desde que el Barcelona se decidió a existir.

barcaDurante la transmisión de Fox Sports Diego Latorre dijo una frase que suele repetir pero que ayer tuvo su tarde perfecta para hacerse trending topic, leyenda de camiseta o marquesina: “No hay peor riesgo que no jugar”. Unai Emery pudo haber planeado que el equipo se adelantaría en algún momento, que algún gol iba a suceder, pero cometió un error más fiero todavía que atrincherarse en la goleada de París: se olvidó de las biografías. Algún colaborador debió haberle alertado que al Barcelona lo dirige un hombre que compitió en el Ironman de Frankfurt y en el Maratón des Sables. En 2007, tres años después de haberse retirado, Luis Enrique nadó durante una hora y cuarto, anduvo en bicicleta durante más de cinco y trotó tres horas y media en el maratón, acaso sólo para mitigar la ansiedad. Y en Marruecos, un año después, participó de una carrera en la que hay que hacer 250 kilómetros en el desierto y que dura seis o siete días, más o menos el tiempo en el que el mundo se creó. “Dormir en el suelo, con piedras clavándose en tu cuerpo, aguantar ventiscas, que se te caiga la jaima (carpa) encima por la noche -escribió el técnico en su blog, luisenrique21.com, hacer tus necesidades a la vista de todos y ver cómo las hacen los demás, comer poco, pasar frio y calor en breve espacio de tiempo, soportar ronquidos y tener racionada el agua forman parte del viaje de la Marathon des Sables y que te aseguro formará parte de un recuerdo imborrable en tu vida”. Después de eso, remontar un 4-0 es como que tu hijo te pida que lo hamaques un poco más fuerte entre el viento que concede una plaza invernal.

-Mejor así… mejor así… -le sonrió el entrenador a Messi, mientras lo abrazaba, apenas el 6-1 había terminado y era una pista de casamiento el césped del Camp Nou.

Al fenómeno de un Barsa que en diez años no había conocido el color de la sangre y la agonía, Luis Enrique le dijo: mejor… mejor así.

Cuando decidió que quería ser un superhéroe o un maratonista el técnico contrató a un entrenador. El hombre se llamaba Víctor Gonzalo, y en una nota que publicó el diario El Mundo contó lo que había pensado apenas lo conoció: “Era un millonario que quería sufrir, necesitaba sufrir”.

El Barcelona -su Barcelona- tal vez necesitara algo más o menos igual.