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¡Cuántas tonterías se hablan antes de los partidos! Retrocedamos unas horas y recordemos las charlas. Las charlas que escuchamos y las charlas de las que participamos. ¿Qué tiene que hacer River? ¿Tiene que salir a meter un gol para que Lanús esté obligado a hacer tres o le conviene cuidarse por la ventaja conseguida en el Monumental? ¿Lanús tiene que salir a buscar un gol pronto para igualar la serie o debe jugar con paciencia porque tiene 90 minutos para ganar el partido? Lo que debió hacer cada uno ya es historia. Importa lo que hicieron. Y lo que hizo Lanús fue fantástico, milagroso. Es un gran y merecido premio para Lanús jugar la final de la Libertadores. Pero el recuerdo de una noche primaveral de martes quedará para siempre en los corazones granates. Y, por motivos opuestos, en los de River también.

Lanús, que salió a ser el Lanús que suele ser en su cancha, de pronto se encontró dos goles abajo. River, que salió a esperar y a achicar espacios hacia atrás, de pronto se encontró dos goles arriba. Una tontería de Braghieri para un penal ridículo y un tiro libre venenoso del Pity para el cabezazo de Montiel tras el rebote de, a la postre, un brillante Andrada. Y así, todo lo planeado se fue a la basura en 20 minutos. Con los libros de fútbol prendidos fuego, fue el momento de las cabezas. En las cabezas de River rondaba el “ya está, ya está, estamos en la final y el domingo lo atendemos a Boca”. Por supuesto que lo negará desde el primero al último aunque el desaforado festejo de Gallardo para el primer gol demasiado temprano quiso decir mucho. Un gol se grita de esa manera cuando es definitivo. O casi. Y sí, se podría decir que en ese momento lo parecía mucho. Lanús estaba obligado a meter tres goles. Ni hablar después del segundo. Ay, el inconciente…

Y Lanús, perdido por perdido, dijo “vamos a jugar”. Y jugó. ¡Y cómo jugó! Porque Almirón no mandó a la cancha a Barboza para hacer una heroica ridícula. No. Lanús puso la pelota en el piso y llenó la cancha de argumentos futbolísticos. Es verdad, tuvo la suerte de dos goles psicológicos. Pero a la suerte hay que ayudarla. Si no tomamos en cuenta el descanso, podríamos decir que logró empatar el partido en apenas un minuto. Aunque, claro, para dar vuelta la serie necesitaba dos más.

¿Gallardo tuvo un lapsus y creyó que estaba jugando un partido de Liga y no uno de Copa? Porque el cambio de Auzqui por Enzo Pérez se entendería si River no se conformaba con el empate e iba a buscar los tres puntos en un torneo largo. ¿Cómo se explica que con dos goles arriba y un rival que se te viene un técnico saque al que juega al lado del 5 para poner un wing? Gallardo pensó en rematar el partido, podrá decir alguno. Pero no, porque a esa altura, salvo un brillante Scocco, River no tenía ninguna lucidez de mitad de cancha para arriba. Gallardo buscó un palo y palo y pifió feo. La defensa de River era la que necesitaba ayuda y no la delantera. Porque Pinola estuvo irreconocible y Casco siguió muy bajo. Y porque Lanús se venía por todos los costados y Sand se la bancaba contra el que se le pusiera enfrente. Y Lanús se vino, se vino y se vino hasta que encontró su premio. Nada menos que una final de la Copa Libertadores. Nada menos que hacer historia. Y jugando como sabe le dio una lección al fútbol.