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Se había advertido que nuestros cuadros de fútbol están perdiendo la característica que en un tiempo los distinguía como sus mismos colores. Lástima que ello ocurra, dado que una característica, buena o mala, es siempre interesante porque rompe la monotonía y combate la vulgaridad, las obscuras tonalidades que llevan al hastío cuando no a la decadencia. ¿Dónde está aquella “academia” que hiciera famoso a Racing, dictando una cátedra de fútbol que conquistó seis campeonatos seguidos?… ¿Dónde los “diablos rojos” que por el 26 exhibían las camisetas de Independiente en un juego de rojas llamaradas que parecían brotadas del infierno?… ¿Hacia qué lugar se desplazó el “ciclón” de Boedo que desmantelaba súbitamente las más poderosas defensas enemigas?… ¿Qué se hizo de aquel “tren expreso” que domingo a domingo se ponía en marcha para terminar en la estación “Victoria”? … ¿Cómo pudo desbarrancarse por la tabla de posiciones hasta hundirse en el abismo de la segunda división?… ¿Qué ocurre con la esplendidez de “los millonarios” que un día deslumbraron a la afición adquiriendo una “Fiera” a alto precio y que ahora dejan escapar al mejor dispositivo de su “máquina”? … ¿Cómo pudo cambiarse en la Boca la clásica fainá de los zeneizes por el guindado oriental?… ¿En qué han quedado los piques del “globito” que lo llevaban domingo a domingo a la estratósfera del campeonato?… ¿Hacia dónde se desvió la moral de aquel “Fortín” con más corazón que defensas, enhiesto siempre, así le apuntaran las bocas de terribles cañoneros?… ¿En qué corrosivo elemento han perdido su colorido “los verdolaga”, “los calamares”, “los bohemios”, y en cuál sortilegio su influencia los temibles “funebreros” que ahora se entierran asimismo en el cuadro de posiciones?…

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Los espejismos del fútbol argentino se han tornado opacos como bajo un cielo gris, y el temple de sus cuadros se resiente por falta de ese fuego sagrado que ardía en su propio espíritu. Ya no ofrecen una característica; han perdido personalidad.

EL ORIGEN DEL MAL

El origen del mal parece hallarse en el profesionalismo. Empieza a manifestarse con la implantación de éste, y luego recrudece en forma incontenible. La necesidad de reforzar los cuadros obliga a recurrir a elementos que son totalmente ajenos al ambiente del club y a la técnica de su juego. Esos injertos, por sus condiciones de tales, influyen en la pureza del organismo, tendiendo a la forma híbrida lo que era patrón definido.

Años atrás, en nuestra grandiosa Buenos Aires y lugares adyacentes, se jugaba un fútbol que si bien lucía en su aspecto general el sello inconfundible de la modalidad criolla, mantenía una particular característica en cada una de las zonas. El juego de Avellaneda era diferente al de Boedo; el de La Boca al de Palermo; el de Parque Patricios al de Villa Crespo. La razón de tal peculiaridad se originaba en la influencia decisiva que ejercían los cuadros más prestigiosos de cada barrio. Su juego servía de modelo en los picados de la calle y partidos de potrero, y cuando los pibes de la vecindad pasaban a militar en esos clubes, raro era que no siguieran siendo fieles a sus colores desde las divisiones infantiles hasta la superior, cultivando una estrecha camaradería y desarrollando una misma técnica de fútbol que los llevaba, en la dilatada práctica, a la ejecución segura y virtuosa.

La irregularidad en la actuación, tan común en nuestros días, pocas veces se manifestaba entonces, y cuando el cuadro de calidad sufría una derrota, difícil era que ésta lo fuese por la ignominiosa goleada que ahora son frecuentes. A uno o dos tantos reducíase la disparidad del marcador.

ARMONIA DEL JUEGO

La época que dio sugestivos apodos a nuestros clubes supo encarar el problema del ensamblamiento de un cuadro con un criterio mejor que el aplicado en la actualidad. Cuando un club utilizaba los servicios de un nuevo centre-forward, por ejemplo, éste debía adaptar su juego al que ya tenía el conjunto, cuya característica se cuidaba celosamente. Si no lo conseguía, peor para él, y la armazón del team solamente se resentiría en su puesto. Algo muy distinto viene aconteciendo en nuestros días ante idéntica situación y en especial con un centre-forward que haya costado muchos miles de pesos. Medio cuadro debe ponerse exclusivamente al servicio del alto precio, procurando, en alocada improvisación, subordinar su juego al de aquél, de quien se espera todo, medida que da por balance un lamentable desbarajuste. A este respecto recordemos lo ocurrido con dos grandes centrefor-wards que ha tenido el fútbol argentino: Alberto Zozaya y Bernabé Ferreyra, El primero de ellos se expresa así cuando evoca su inclusión en la famosa línea delantera de Estudiantes de La Plata: “Puede ser que yo tuviera aptitudes, pero lo cierto es que mis compañeros me enseñaron a jugar”.

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En cuanto a Bernabé Ferreyra, que maravillara a los hinchas con la potencia fantástica de su shot, advertiremos que por sobre su condición de cañonero poseía una clara inteligencia y que él fue el primero en combatir la tendencia al “taponazo” experimentada en todos los clubes cuando lo vieron ganar encuentros con shots de 30 metros. Comprendió que era un disparate tomar por esa ruta y que él, pasado ya a River Plate, además de ser el ejecutante de los tiros formidables al arco, estaba en la obligación de saber jugar buen fútbol. Y resultó realmente admirable verlo empeñado en el propósito de coordinar su juego con el de los compañeros, hasta llegar a ser un director de línea completo.

Inglaterra, cuna del fútbol profesional, se halla a salvo de la perniciosa influencia sufrida por nosotros, porque las características de los clubes que intervienen en el campeonato se hallan resguardadas por los límites de cada isla o condado, en los cuales se cultiva una escuela propia, siempre lozana por la tendencia conservadora de los británicos. Por ello hemos podido apreciar la peculiaridad de juego en los teams ingleses que nos visitaron; las creaciones del abanico, de la M y la W en el ataque; la del back adelantado; la del pase al propio arquero. El dominio del juego alto y de cabeza de Southampton; el bajo y corto de Nottingham Forest; el sobrio y sólido de Everton; el abierto y bajo de Tottenham Hotspur; el ampliamente largo de Motherwell, en el que la velocidad de la pelota reemplaza con ventaja a la del hombre. Nutrida gama en la que cada región lleva impreso un sello particular e indeleble como antes lo lucían los cuadros argentinos defendiendo el orgullo de sus barrios. La paleta típica ha dejado de desparramar sus colores en nuestros clubes y apenas si los rosarinos conservan el clasicismo del juego que les diera justo renombre. Su alejamiento de la Capital Federal les salva el patrimonio, y Rosario, ciudad rica, puede pagar a sus players evitando en parte la emigración, aunque sufriendo deserciones sensibles como las de Martino, de la Mata y otros valores consagrados.

A un team que empezó por ser una “cuarta de fierro” le debe Racing el rótulo de “academia”. Esa tercera división que actualmente viene cumpliendo una lucida campaña, ¿no estará llamada a reeditar la hazaña de aquellos pibes que a fuer de entenderse llegaron a convertirse en los maestros de nuestra cancha? Opino que no debiera escatimarse esfuerzo en la tarea de mantener unida y fiel a la pollada incubada en el propio club, confiando en ella antes que en elementos extraños, así ostenten éstos el título de crack.

La experiencia lo aconseja, una experiencia que le lleva unos cuantos años a la historia del fútbol. Porque hay un proverbio árabe, viejo como la piedra de moler trigo, que dice: Espera más de los brotes de tu huerta que de los frutos del vecino.

 

Artículo publicado en El Gráfico #1310 – Agosto de 1944. 

Las obras que ilustran la nota pertencen al artista argentino Antonio Berni (1905-1981).