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Raúl Gámez se enojó con el Presidente. Lo trató de “pedante”, “soberbio” y “basura”. Y cuando se le acabaron los adjetivos, le mentó la madre, como diría un mexicano (los mexicanos meten a la madre en todo). ¿La razón? Según el dirigente de Vélez, Macri está asfixiando al fútbol para que irrumpan las sociedades anónimas y “ganen plata los amigos de él”.

La descripción del escenario no suena descabellada (que sí el improperio): cualquier observador más o menos atento, que conozca un mínimo del ideario de Macri, sabe que su máximo anhelo deportivo es un fútbol privatizado. Lo que desconcierta es que Gámez, sin inmutarse y a dos oraciones de haber puteado al gerente general de la Alegría, haya reconocido que votó por Cambiemos.

Una vez que le baje la temperatura, acaso el histórico opositor a Grondona pueda responder la pregunta que la tribuna se hace a gritos: ¿Qué pensaba Gámez que iba a suceder con el fútbol cuando, hace un año escaso, tomó la boleta encabezada por su hoy vituperado empresario y la colocó en la urna? ¿Imaginó ingentes partidas del presupuesto para los clubes de barrio y el deporte social?

1988419Pero hay más candidez en el caldo de la indignación. Quizá para que no lo acusen de poner palos en la rueda, ofreció pruebas de ser un elector responsable y manifestó su deseo de que a Macri “le vaya bien”. Vale decir que, para el titular de Vélez, el primer mandatario argentino es capaz de tener una conducta completamente distinta de las chapuzas, extorsiones y negociados de que lo acusa dentro del ecosistema futbolero. La pelota se mancha, pero la patria no. Algo así. De lo contrario, no podría augurarle una gestión exitosa.

Retomamos los interrogantes que el panel atónito se muere por descargar sobre alias Pistola. ¿Imagina este elector desorientado que Macri planea habilitar buenos negocios para los ejecutivos que lo circundan sólo en los dominios del balompié y que, fuera de esa tentadora zona opaca, bregará por la reforma agraria y la socialización de la renta empresaria? ¿Ignora este buen radical, con su generosa experiencia en el tinglado político, que el éxito de Cambiemos por el que hace votos significaría consumar, entre otras desgracias, el empobrecimiento de los trabajadores a través de la precarización, los despidos, el retroceso de los salarios y el garrote policial para el que no acate? Al igual que el ítem de las sociedades anónimas deportivas, la “reducción del costo laboral” no figuraba en la letra chica del contrato con el electorado: ha sido siempre una consigna agitada a viva voz, con la vehemencia de los depredadores.

Por último: ¿Gámez es o se hace?

En cualquier caso, le recomendaría releer las entrevistas a Carlos Monzón en clave de doctrina política. El campeón santafesino decía que, al subir al ring, veía en su contendiente a alguien que le quería arrebatar la comida a sus hijos. Eso tal vez inspiraba su mirada fulminante, la que espantó a Nino Benvenuti, el italiano al que le ganó el título mundial mediano. Limitado por su historia rugosa de hambre y pura necesidad, Monzón no podía enfrentar a su adversario con la filosofía humanista de Pierre de Coubertin. Tampoco le cabía adentrarse en la íntima conexión que, según el genial libro On Boxing, de Joyce Carol Oates, vuelve a los pugilistas aliados entrañables, fraternos, antes que enemigos. No. Monzón le apuntaba al rival como a otro que pretendía sumirlo en las privaciones. No por eso cedía ante la ansiedad y se precipitaba sobre el verdugo como un desquiciado. Su caracterización del oponente no expresaba odio, sino un diagnóstico. El estado de situación que, por la gravedad de lo que estaba en juego (la comida en la mesa familiar), lo obligaba a ceñirse a un guión con máximo celo. A calibrar cada golpe y cada movimiento como pasos de un propósito mayor. Emprendía en sus peleas una demolición metódica. Y, al parecer, se le notaba en los ojos.

Hay adversarios políticos que, aunque por otros caminos y con otras palabras, pretenden una patria mejor para las mayorías. Con ellos se puede discutir. Otros vienen a quitarles la comida a tus hijos. A esos se los combate con rigor y persistencia monzonianos hasta derrumbarlos sobre la lona. El diálogo que proponen es la simulación de un patrón taimado. Sospecho que Gámez es capaz de confundir a unos con otros. Y votar en consecuencia.