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con mic“Por qué no venís vos a dirigir”. Tal vez ese fue el desafío que escuchó el periodista João Alves Jobim Saldanha, gaúcho de nacimiento, carioca por adopción, de parte de los directivos del Botafogo, club de sus amores. Y Saldanha, cuya experiencia en el fútbol se limitaba a un paso fugaz, discreto y en pantalones cortos por esa misma institución, lejos de arredrarse, dijo okey. Largó el micrófono con el que profería furibundas críticas y se vistió de DT. Corría el año 1957 y, según la tradición oral, el campeón estadual formado por el novel Saldanha fue el mejor equipo que vistió la camiseta blanca y negra.

No fue un golpe de suerte. Sí, quizá, la demostración de que con ideas claras y carisma de líder no hace falta acudir a ninguna academia para tener éxito como entrenador. Pero a pesar de aquella campaña histórica, se fue silbando bajito dos años más tarde, saturado por un clima que nunca terminó de ser el propio. Y regresó a su oficio primordial, las crónicas y las columnas de opinión, hasta nuevo aviso.

Su ajenidad del mundillo blindado de los vestuarios le ofreció una segunda oportunidad. Esta vez, en el centro de la escena: la selección. Los brasileños estaban empachados de gloria luego de ganar los Mundiales de 1958 y 1962. Y la eliminación en Inglaterra resultó una afrenta para su orgullo. El periodismo aprovechó para descargar sus diatribas catastróficas. Al entonces presidente de la Confederación Brasileña de Deportes, nuestro conocido João Havelange, se le ocurrió que una fuerte personalidad macerada en las redacciones y los estudios de radio concentraría una inmediata simpatía corporativa que haría cesar la andanada crítica. Ingenuo, pero real.

Así fue que João Saldanha, popularizado como João Sem Medo (João Sin Miedo), sentó las bases filosóficas del que para muchos es el más brillante equipo de la historia: Brasil del 70. Toque, rotación, creatividad, sorpresa, goles y más goles; la convivencia de números diez que, para otra mentalidad, se habrían excluido recíprocamente. Ese repertorio orgiástico se desarrolló bajo la tutela de Saldanha.

en patasDe personalidad volcánica, hay todo un anecdotario sobre sus reacciones destempladas, algunas de ellas a punta de revólver, como acostumbraba a validar su honor. Así lo hizo, por caso, con Yustrich, un entrenador de Flamengo que tuvo la infausta idea de insultarlo a través de la prensa. Pero no hubo sangre, se quedó en una intimidación.

Su enorme vigor no lo empleaba para tiranizar a los futbolistas o imponer algún cepo táctico sino para defender sus ideas de belleza y libertad solidaria dentro de la cancha. Y si había que discutir o pelearse, no medía el tamaño, el cargo ni la popularidad del adversario. A tal punto que se malquistó con Pelé, héroe nacional al que encontraba un tanto egoísta y amigo del poder (el reverso exacto de Saldanha). Prefería a Tostão, más humilde e igual de talentoso. Por suerte, terminaron jugando juntos.

João Sem Medo estaba acostumbrado a poner el cuerpo. A ejercer la militancia política en tiempo violentos. Hijo de un dirigente del Partido Libertador, desde los años cuarenta hasta su muerte, en 1990, durante el Mundial de Italia, formó parte del Partido Comunista del Brasil, buena parte de ese tiempo en la clandestinidad. El olor de la pólvora no le resultaba extraño y arrastraba una herida de guerra desde una manifestación en contra de la creación de la OTAN, en 1949.

Semejante ejemplar, si bien le había devuelto la popularidad a la verdeamarela en la campaña previa al Mundial (sumó nueve victorias consecutivas) y gozaba de un enorme predicamento entre el público futbolero, representaba un peligro. De modo que el gobierno militar de Emilio Garrastazu Medici, tercero de la saga golpista iniciada en 1964, comenzó a llenarle el camino de piedras. Una de ellas fue forzar la inclusión de un tal Dario Maravilha, ídolo del Atlético Mineiro, algo que Saldanha ignoró por completo.

con pel2Consecuencia previsible de la conducta rebelde y de los antecedentes de Saldanha, su gestión fue breve: desde el 4 de febrero de 1969 hasta el 17 de marzo de 1970. Hombre más afín a la palabra que a la pelota, que había estudiado Historia en Francia, volvió a su refugio en los medios de comunicación, como luego de su primavera en el Botafogo.

En su lugar nombraron a Mario Zagallo, más pragmático y componedor, quien con algunos ajustes (colocó a Rivelino como el quinto número diez, su antecesor prefería alguien más vertical y volcado a la raya) tocó el cielo en el Mundial de México.

Pese a que una de las versiones indica que la salida de Saldanha obedeció al desgaste de su relación con el plantel, los futbolistas lo respaldaron explícitamente. Salvo Pelé, claro, alma siempre sumisa con la cadena de mandos y los dictados del capital. Como vendetta de despedida, Saldanha dijo que O Rei tenía un severo problema de miopía y ya no podría jugar más. No estaba en lo cierto, quedó demostrado.

“No se admitía que un militante de los quilates de João Saldanha volviera con la Jules Rimet en las manos. La victoria no podía ser atribuida a un líder de la oposición, una figura enemiga del régimen nazi que regía Brasil”. La explicación proviene de Carlos Ferreira Vilarinho, autor de una exhaustiva investigación, Quem Derrubou João Saldanha (Quién derribó a João Saldanha), libro en el que desmiente todos los rumores que circularon en torno al alejamiento del entrenador para ocultar que la causa se centraba exclusivamente en la política.

La propia obra de Saldanha, aquel equipo desbordante que arrasó en el Mundial de 1970, impidió que se lo echara de menos. Entre esos gigantes que obtuvieron el tricampeonato, el DT, cualquier DT, era sólo decorativo.