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“La azafata quedó como suspendida en el techo. Mi máquina se eleva. Nadie sabe que ocurre. Nadie sabe si el final está decidido. Si vivimos. Si estamos muertos. Si estábamos antes. Si estamos ahora. Si hay que llorar. Si hay que gritar. Si hay que reír. Y gritamos, lloramos y reímos…”, escribió aún atemorizado Emilio Lafferranderie (El Veco), cronista de El Gráfico, en el último número que la revista publicó en marzo de 1967.

El artículo se tituló: “Yo vi la cara del miedo”. Se trataba, explicó, de “la crónica de lo que pudo ser una tragedia. El relato de la angustia vivida por los hombres de Racing y un grupo de periodistas”. El equipo dirigido por José Pizzutti estaba en Colombia para jugar un par de partidos de la primera fase de la Copa Libertadores de 1967. El día anterior, le había ganado 2-0 al DIM en Medellín. Dos días más tarde, tenía que visitar a Independiente Santa Fe. Por eso, el lunes 27 de marzo, a las 18.20, la delegación se subió a un avión rumbo a Bogotá.

A las 17, estaban en la zona de Aduanas esperando por un jet de Avianca. Un rato antes, los habían fotografiado juntos a las placas que recuerdan el último día de Gardel. Luis Carrizo bromeó con que “tal vez tenían que agregar otra placa, pero en recuerdo de Racing”. Una gran tormenta había sitiado el aeropuerto y el avión no podía aterrizar. La opción era subirse a un DC4, de cuatro hélices. Varios jugadores empezaron a plantear que era una mala idea. Juan Carlos Rulli, Carrizo y el Panadero Díaz “fueron los más insistentes en cancelar el viaje”.

El presidente Santiago Saccol admitió luego que “cuando vio el avión tuvo la intención inmediata de ordenar que bajaran todas las valijas, pero ante las seguridades dadas por los empleados de la compañía dejó que todo siguiera su curso”. Rulli volvió a quejarse. “La compañía no va a arriesgar un avión que le cuesta millones, ni los pilotos van a exponer su vida por capricho. Si vuelan es porque las condiciones están dadas”, le dijeron. Carrizo sacudió su sombrero blanco de ala ancha en señal de desacuerdo.

A los pocos minutos en el aire, los temores comenzaron a cumplirse. “El fulgor de los relámpagos, más amenazante. El avión se sacude cada vez con más violencia. Ya empiezan los gritos. Carrizo, que esconde la cara detrás de su sombrero de cowboy. Ya el miedo nos muestra la cara. Y las nuestras están pálidas, desencajadas”, dice El Veco.

racing1967

En febrero de 2016, el Coco Basile habló con Oscar Bernade y recreó ese momento: “El avión se iba para abajo. Dejaron de funcionar los motores. Nos estrellábamos ahí en ese valle, entre las montañas”. En diciembre, ese destino fatídico lo siguió el plantel de Chapecoense. “Me prendí un cigarillo, en esa época se podía fumar en los aviones, y esperé la muerte tranquilo”, recordó.

El resto, según cuenta El Veco, se tomaron las cosas con menos calma: “Quizá también grito como gritan los otros. Como todos se estrechan entre sí. Es la tragedia que muestra su cara. El avión que cae, que cae, es una sensación que taladra las entrañas, que se mete en el alma. El avión que no se detiene, que no se paraliza en ese descenso fatal”.

El vuelo duró menos de una hora pero esa primera media hora fue eterna. “El cartel de ajustarse los cinturones se apagó. La sensación de seguridad solo se prolongó por unos minutos. Ahí esta la pista. Las ruedas se estremecen contra el piso. Los frenos entran a funcionar. Un grito unánime”, sigue el relato. “Carrizo quiere bajarse antes de que pongan la escalera. Rulli pide que le estiren los dedos. Se suceden los abrazos. Se suceden las lágrimas. Cejas sigue llorando. Rulli también”.

“Esa alegría histérica al pisar tierra se tradujo en abrazo, en lágrimas, en brindis. Carlos Cúneo, dirigente de Racing, destapaba la segunda botella de whisky en el bar del aeropuerto”. El Veco, mientras, brindaba con el Bocha. “Maschio chocó su vaso con el nuestro: ‘Cuando los vi a ustedes a bordo, en medio de la caída, pensé en la tragedia del Torino… Allí también iban periodistas'”. Nosotros nos acordamos de la tragedia de Múnich.

Ya en tierra, la tripulación explicó lo cerca que estuvieron de alargar esa lista. “En el 90 por ciento de los casos el avión se parte. En el 90 por ciento de los casos las alas no resisten”, dijeron los pilotos. El Panadero Díaz prometía nunca más subirse a un DC4, aunque lo amenacen con una multa económica: “¿Total?… Siempre fui pobre”.

“Nacimos de nuevo. Tenemos media hora de vida. Y si no hubiera partidos por la Copa y los compromisos del Campeonato, era para hacer una noche de fiesta”, dijo el Mariscal Perfumo. No hubo tiempo para celebrar. El miércoles, Racing ganó 3-1. Quince partidos y cinco meses más tarde era campeón de América. Antes de fin de año, golazo de Cárdenas mediante, el de José era el mejor equipo del mundo. Pero primero, esa tarde, le ganaron una final a la muerte.