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El pequeño Jamie iba sentado adelante, en el asiento izquierdo del auto. Inquieto, se acomodaba a cada rato la desproporcionada bufanda roja y blanca que llevaba enroscada en su cuello. Con sus pequeñas manos la bajaba de un tirón cuando se le subía hasta los ojos. A su lado, al volante del vehículo que andaba por las calles de Londres, iba su padre. Un padre que ya era una estrella de rock consagrada, al que no veía tanto tiempo como quería y al que el fútbol no le gustaba demasiado.

daltrey4Roger Daltrey, el cantante de The Who, notó la inquietud con que el más pequeño de sus hijos trataba de llamar su atención y decidió molestarlo. “Esos son los colores equivocados”, le dijo. “Son los colores de mi equipo”, respondió Jamie. “¿Y qué equipo es?”, preguntó el padre. “Es el Arsenal”, le contestó. “Después de tres o cuatro meses preguntándome cuando lo iba a llevar a ver a su equipo, una tarde, fuimos a Highbury”, cuenta Daltrey.

Como buen londinense, el líder de The Who tenía un pasado adolescente, rebelde y futbolero. Pero nunca había logrado engancharse con la pelota con la misma pasión con la que se interesaba por los vinilos de blues. En una entrevista con el periodista Chris Hunt, Daltrey recordó que durante los fines de semana de su juventud, en el oeste de Londres, solía ir a la cancha del Queens Park Rangers. “Nunca fui muy fanático. Era algo que hacías los sábados en aquella época. Ibas y te parabas en la tribuna”, evocó casi sin emotividad.

Para finales de los años 60, cuando The Who comenzó a hacerse conocido después de sus primeras giras por Europa y EEUU, el poco amor que Daltrey tenía por el fútbol había desaparecido por completo. La irrupción del fenómeno hooligan, dice, terminó de alejarlo de los estadios. “Lo dejé cuando se puso violento. Estábamos trabajando mucho en EEUU, donde los jóvenes estaban siendo enviados a la guerra en Vietnam. Era todo lo contrario de lo que teníamos en Inglaterra. Lo que fuera que tuviéramos me disgustaba y me alejé. Nunca volvía a ver un partido, ni en la tele”, recordó.

Veinte años más tarde, fue el pequeño Jaime, en una versión invertida del mito fundacional del fútbol, el que trasmitió a su padre la pasión por el rojo y el blanco. “Muchos de mis amigos eran Gooners (como se llama a los hinchas de Arsenal) así que me las arreglé para conseguir unas entradas y me volví a enamorar del fútbol. Me enamoré de Arsenal y de Highbury, porque era todo lo que había amado en primer lugar. Había una verdadera comunidad en el estadio, que surgía de las casas del barrio, y la atmósfera era fantástica”, dijo, ahora sí, entusiasmado.

Desde entonces, y hasta que lo demolieron para mudarse al Emirates Stadium, Roger y Jaime tuvieron su abono en el bloque D de la tradicional tribuna este del viejo estadio. Desde esos asientos disfrutaron las épocas de gloria más recientes para Arsenal, en especial el equipo de Vieira, Bergkamp y Henry, el de “Los Invencibles”, que fue campeón invicto de la Premier. “Sabía en ese momento que estábamos viendo el mejor fútbol que se podía ver. Si una vez en tu vida llegás a ver a un equipo de esa calidad jugar ese fútbol, estás extremadamente bendecido”, asegura Daltrey padre. En esa butaca adoptó como ídolo a Ray Parlour y sufrió la revancha sin goles ante Real Madrid que los clasificó a Cuartos de final de la Champions de 2006. “Ese partido me hizo envejecer. Cuando salí de la cancha parecía tan viejo como Mick Jagger. Fue para comerse las uñas, de arco a arco hasta el último minuto”.

Al final de esa temporada, cuando Arsenal se despidió de su histórico hogar, victoria 4-2 ante Wigan con hattrick de Henry, Roger Daltrey pisó el círculo central para ponerle su voz rockera a la fiesta Gunner. “Fue más emocionante que actuar en Woodstock. Estaba muy nervioso porque el sistema de sonido de Highbury era terrible. Soné como un loro chillando, pero fue un gran día”, recordó. Acompañado por una banda militar, cantó la canción Highbury Highs, que compuso especialmente para la ocasión. “Fue un sueño cantar en Highbury, pero me gustaría que no hubiera sido el último día. Ojalá el estadio siguiera allí”.

Algo de lo que Daltrey extraña de Higbury son sus vecinos de asiento, con los que perdió contacto cuando mudaron su abono al Emirates. “El clima del estadio se construye sobre la relación entre las personas. Nosotros nos sentamos al lado de la misma gente por más de 15 años”, lamentó. Una década después, sus nuevos compañeros de tribuna ya deben estar acostumbrado a escuchar a una de las voces más potentes del rock comentarle a Jaime entre susurros detalles tácticos. “Yo soy más estudioso y mi hijo es el ruidoso, tiene mi voz y la deja fluir”, explicó.

daltrey2Arriba de los escenarios, Daltrey no tiene con quien tirar paredes. A Pete Townshend, el otro histórico miembro de The Who, el fútbol no le interesa ni un poco. Roger lleva años intentando, sin éxito, llevarlo a la cancha. “Le digo, ‘vení a escuchar el ruido’, porque se que podría inspirarlo, pero no consigo convencerlo”, contó. Desde que, en 2002, el hermano de Pete sumó su guitarra en las giras al menos puede hablar del equipo de Wenger con alguien. Simon Townshend es, también, fanático de Arsenal. En 2006, cuando jugaron la final de la Champions con Barcelona, Roger, que esa noche tenía un evento benéfico lejos de París, le dio su entrada a Simon para que acompañe a Jaime a Saint Denis.

Si el partido se hubiera jugado en Highbury, seguramente, Roger no se hubiera animado a faltar.