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“Me siento increíblemente avergonzado. Me siento horrible por desilusionar a mi equipo y a mi país. Hice algo que nunca me hubiera gustado hacer. Puedo prometer que es la última vez que voy a hacer algo así. Voy a aprender de esto y a dejarlo atrás”.

“Es un sueño hecho realidad. Crecí mirando este torneo y estar en semifinales después de haberles ganado a jugadores como Del Potro o Nadal, es increíble para mí. Primero me había propuesto estar entre los mejores 150, después entre los mejores 100, pero estoy consiguiendo todo muy rápido. Así que el cielo es el límite para mí”.

unoLas dos declaraciones son del mismo tenista, curiosamente, con apenas seis meses de diferencia. Denis Shapovalov agarró una raqueta a los 5 años y ya no la soltó. Sus padres, rusos, se fueron a Israel cuando se separó la Unión Soviética. Al año de nacer Denis, en Tel Aviv, emigraron a Canadá. Tessa, su madre, era profesora de tenis en un club de Toronto y allí fue su hijo a aprender primero y a practicar después. En 2012, Tessa y su marido Viktor consiguieron abrir su propio centro de entrenamiento. Y, claro, Denis siguió con ellos. Un poco por el talento natural y otro poco por las enseñanzas de la madre, el chico se transformó rápidamente en un prodigio. A los 16 ya había ganado un par de torneos ITF (los de tercera categoría) y el año pasado, con 17, fue campeón junior de Wimbledon. Todo iba demasiado rápido, tan rápido que este año, un par de meses antes de cumplir los 18 el 15 de abril, fue convocado para la Copa Davis del Grupo Mundial.

La serie entre Canadá y Gran Bretaña se jugó en Ottawa y, por esas cosas del destino, al niño Denis le tocó jugar el último punto con la eliminatoria igualada 2 a 2. El niño se tenía que transformar en hombre, en un deportista mayor. Justo representando a su país y justo delante de su gente. ¿Quién dijo presión?

Kyle Edmund, un británico con bastante más experiencia, estaba del otro lado de la red. Le ganó los dos primeros sets 6-3 y 6-4. Shapovalov necesitaba una remontada épica e impensada. Cuando sacaba 1-1 y ventaja en contra, falló un revés, quiebre casi definitivo y todos los sueños de gloria se le esfumaron de repente. Sacó una bola del bolsillo y la quiso reventar contra el techo del estadio. Con tanta mala suerte (y mala puntería, sobre todo) que se la clavó en el ojo al juez de silla. Descalificado Shapovalov, afuera Canadá, triunfo para Gran Bretaña y el árbitro francés Arnaud Gabas en un hospital de Ottawa. Por fortuna para él (y para la conciencia de Shapovalov también) no encontraron daños en su cornea ni en su retina.

Denis escribió una carta para ofrecer disculpas inmediatamente, evitó la multa máxima de 12 mil dólares pero fue sancionado con 7 mil. Nada muy grave económicamente, pero el chico que amenazaba con meterse entre los top rápidamente, daba un gran paso atrás…

 

¿Se imaginan lo que podríamos haber escrito los periodistas si hubiese sucedido algo así con un argentino en la Copa Davis? Por bastante menos fueron crucificados Gaudio, Nalbandian, Del Potro… Y ahí están las carreras de los tres para taparnos la boca. Porque los argentinos somos así: amamos tan rápido como odiamos. Sin tiempo. Unos minutos en cualquier deporte son suficientes para lanzar absurdos vaticinios al aire. Por ejemplo: ¿recuerdan el debut del uruguayo Viudez en Copa Libertadores con River? Entró unos minutos, la rompió y ya teníamos al nuevo Francescoli. ¿Alguien sabe qué es de la vida de Viudez ahora? Y así podemos encontrar decenas de ejemplos más.

Seis meses después de aquel pelotazo al árbitro, a Denis Shapovalov le dieron una invitación para el Master 1000 de Montreal porque su 178 puesto en el ranking no le permitía ingresar directamente. En la primera ronda, contra el brasileño Rogerio Dutra Silva, salvó cuatro match points. En segunda, le tocó nada menos que Del Potro. Aunque no está pasando por su mejor momento, se suponía que Del Potro iba a ser demasiado para un joven como Denis. Ganó Denis en sets corridos y el premio en tercera ronda era verse con Nadal, uno de sus ídolos, al que había tenido al lado nueve años atrás, cuando Denis ingresó a la cancha como uno de esos niños que acompañan a los jugadores en la ceremonia previa de cada partido.

ultimaSi Rafa llegaba a la semifinal del torneo se habría convertido otra vez en número uno del mundo (lo consiguió igual esta semana). Una motivación más para un tipo que no necesita ninguna motivación cuando está adentro de una cancha con un rival enfrente, sea Federer, Djokovic o un chico que está comenzando. Nadal ganó el primer set sin mayores sobresaltos. Lo más normal del mundo. Pero el zurdo con revés a una mano, bancado por su gente, siguió confiando en su tenis. Nadal sacó 4-5 y Shapovalov lo quebró. En el tercero, gran sorpresa, obvio, Shapovalov consiguió llegar al tie break. Y, más sorpresa si cabe, lo ganó. Hazaña consumada. De aquel paso atrás hace seis meses a estos miles de pasos adelante en apenas una semana. Finalmente, Denis caería en semifinales contra el campeón Alexander Zverev (otro joven que se las trae en serio). A partir de la semana que viene será el 67 del mundo y tendrá que repensar su calendario. Y su vida. Porque “el cielo es el límite para mí”.