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Elio Montaño parece un personaje escapado de la obra del artista plástico Daniel Santoro, ese que pinta altares laicos peronistas. Recibió en su adolescencia una pelota de manos del mismísimo General y su madre fue beneficiada por la máquina de coser que entregaba la Fundación Eva Perón. Para un pobre significaba estar en el lugar correcto en el momento justo.

Nacido en Casilda en 1929, Montaño hizo de su fervor peronista una identidad más poderosa que la que le proporcionaba su oficio de futbolista. En todo caso, este hábil delantero, motejado Loco o Tuerto según las simpatías del que lo nombraba, no sólo era un jugador, sino un jugador peronista. Alguien, al influjo de los prejuicios presentes, podría hablar de un militante. Pero su compromiso era más íntimo y refractario a los deberes institucionales.

montaño barro 200Surgido en Newell’s, pasó en 1952 a Boca, donde su talento resultó ensombrecido por José Pepino Borello, un nueve no tan dotado, pero eficaz y fornido goleador y, por lo tanto, apropiado para las demandas del público boquense. Así las cosas, nuestro héroe partió hacia Huracán. Y a un año de estar en el club sobrevino una desgracia. No deportiva sino política y social: el sangriento golpe militar de 1955. Con Perón en el exilio y el revanchismo que cundía incluso con formalidad normativa (el decreto-ley 4161 prohibiría poco después mencionar siquiera al peronismo y a su líder), Montaño no sólo sufría la desolación del huérfano; también era una presa apetecible para los soldados de la vendetta.

Pero, se verá, su lealtad a Perón (a esas alturas, Tirano Prófugo) no reparaba en riesgos. En diciembre de 1955, Huracán emprendió una gira por Panamá, donde también se encontraba el General. Montaño seguramente leyó la coincidencia como una imposición del destino y, sin prestar demasiada atención a sus obligaciones laborales, abandonó la concentración (alguna crónica dice que con anuencia del entrenador) y se lanzó a su encuentro. Los pocos dólares asignados para viáticos los invirtió en hacer los 80 kilómetros que lo separaban de la ciudad de Colón. Allí, luego de vivir durante un tiempo en un hotel, Perón se había instalado en una casa que permanecía bajo estricta custodia.

Al momento en que Montaño golpeó la puerta, Roberto Galán y el periodista Américo Barrios revistaban como huéspedes. No fue obstáculo para que Perón, seguramente ávido de interlocutores amigos, lo recibiera con su mejor sonrisa de póster. Hablaron de deportes y, al parecer, el ex presidente se mostró informado como un experto. Hubo referencias a Racing y a los Panamericanos de marzo de ese año, en los que el seleccionado argentino se había consagrado campeón. Era víspera de navidad y Perón, a cuya agenda le sobraban renglones, invitó al futbolista a quedarse.

monta 350Compartir sidra y pan dulce con Perón fue una utopía perfeccionada. Aturdido por la emoción, para Montaño el tiempo se detuvo. Pero para sus compañeros de plantel no. La vida continuaba. Y, luego de empatar con la selección local 1 a 1, emprendieron la vuelta a Buenos Aires sin el delantero justicialista. Eso sí: en la consejería del hotel, Montaño encontró una nota en la que le recomendaban tomar contacto con la dirigencia apenas regresara al país.

Pero no bien puso el pie en Ezeiza (gracias a que Perón le financió al pasaje) encontró, a falta de delegados de Huracán, unos robustos agentes de inteligencia que se lo llevaron de las pestañas. “¿Qué le dio Perón en Panamá?”, lo interrogaron una y otra vez. ¿Esperarían un mensaje cifrado, una bolsa de dinero, un lote de armamento? La lejanía había agigantado los temores y la paranoia de los militares golpistas. La mitología del exilio apenas comenzaba. “¿Qué le dio Perón en Panamá?”

“Esto me dio Perón”, dijo por fin el futbolista, al tiempo que extendía sus brazos en dirección a los inquisidores. “¡Un abrazo me dio!”

Jamás sabremos si los muchachos de inteligencia se tomaron la salida con humor o se desquitaron a coscorrones. Montaño era un bromista de alto voltaje, según refieren muchos de sus contemporáneos. Se dice, por caso, que fue pionero en arrancar pasto de la cancha para ofrecérselo de alimento a los marcadores que lo pateaban como caballos (algo que, muchos años después, le vimos hacer a Redondo). También cuentan que, cuando jugaba en Rosario Central, se confabuló con un par de compañeros para no pasarle la pelota a Menotti, hombre calentón que terminó expulsado por pegarle un furibundo pelotazo al impulsor del chiste.

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De cualquier manera, aquella tarde o noche, Montaño abandonó sano y salvo el despacho del interrogatorio. Y volvió a su rutina de la pelota. Claro que, en la tribuna, se percibía el enfrentamiento acre que había partido a la sociedad. “Andá a chuparle las medias a Perón”, era lo más leve que escuchaba del público adversario. Y la hinchada antiperonista era numerosa.

Después de Huracán, llegó a Peñarol, en 1959. En este club sería campeón tres veces consecutivas. Prescindiendo de sus características técnicas, los diarios del Uruguay destacaron que Peñarol había incorporado “un delantero peronista”.

Su carrera terminó en 1963, en Portugal. En un país vecino, España, vivía el General desde hacía dos años. Pero esta vez no hizo el viaje para saludarlo.