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Estamos en la Copa América de 1995. En Uruguay. Es 5 de julio. Fecha precisa y determinante para llegar al fin de semana que pasó: 22 años y 10 meses de ese momento exacto.

El entrenador de la Selección Argentina es Daniel Passarella, ex defensor de fuste y gran capitán del equipo campeón del mundo en 1978, copa que levantó antes que ningún otro compatriota. El Káiser que volvió a ganar un Mundial, esta vez in absentia, en 1986, pasó largos y buenos años en River, pero terminó de consolidarse como un crack planetario en Italia. En el Inter, es cierto. Pero sobre todo en Fiorentina, club en el que aún hoy es ídolo.

1d910a6e064ea8c5303ae92358d64b7cAhora es DT y tiene mano de hierro. Se viene su primera prueba grande en el cargo, en suelo oriental. Tiene al plantel concentrado y ve venir, caminando, sonriente, a su capitán.

-Daniel –le dice- tenemos que hablar. Acaba de nacer mi primer hijo. Me gustaría viajar a Buenos Aires a verlo, a acompañar a mi mujer.

A Passarella ya le empieza a picar la espalda, el cuello, la impaciencia. El capitán ya no sonríe.

-Daniel, estamos en Uruguay. No jugamos hasta dentro de tres días. Voy y vuelvo.

Lejos de conmoverse, el DT lo frena, amarrete, amargo, y le explica: te necesitamos acá, Cholo. Sos referente, capitán, pieza importante del equipo.

Diego Pablo Simeone traga saliva y obedece. No se va. Argentina le gana a Bolivia 2-1 en el debut. Gana, también, su segundo partido, pero en el tercero –con el equipo clasificado- Passarella decide guardar a los titulares y pierde 3-0 contra Estados Unidos. El resultado lo condena a enfrentarse con Brasil en cuartos. Mano de Tulio. Empate 2-2. Penales. Afuera.

descargaEl niño que nació sin conocer a su padre fue Giovanni Simeone. Gio. Que crece. Se hace delantero. Juega en las inferiores del equipo que dirige su padre, River. Debuta en Primera. Pasa por Banfield. Emigra a Italia, juega en Genoa. Aterriza en la Fiorentina, el equipo que lo emparenta con Passarella. Hace algunos goles, sí. Pero tarda mucho, 23 años, casi, en dejar desnudo el vínculo de amargura y racanería que lo hermana con el DT.

Hace tres goles a un equipo que pelea. Al Napoli, justo. Al Napoli de Sarri. Al Napoli de Insigne, Hamsik y Mertens. Al Napoli que juega bien, toca, y hace disfrutar. Al Napoli que le pelea el título a una Juventus monopólica. Al Napoli que da espectáculo.

Gio se pone feliz y ni siquiera piensa en Passarella. Piensa, en cambio, en su padre. Que no pudo ir a verlo cuando nació. Pero sí pudo verlo en el brillo de su triplete ante el equipo de la posesión y el espectáculo. Al Cholo, que prefiere jugar sin la pelota, le devolvió la alegría. Esa alegría que le había negado el férreo don Danial.

Gracias, pibe. Gracias Gio. Te recibiste de hijo.