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Los neologismos son tan importantes como la inteligencia. Quiero decir: también pueden fundar nuevas teorías. Basta con ponerles palabras flamantes a las cosas conocidas. Las ciencias políticas y sociales están llenas de ejemplos.

En esta huella, los dirigentes del fútbol argentino resolvieron bautizar Súper Liga al campeonato doméstico de siempre con la intención de sugerir un cambio revolucionario: el paso de las canchas pedorras, los jugadores medio pelo, los dirigentes inútiles y los calendarios japoneses a una súper emocionante súper competencia con súper estrellas. Un ticket instantáneo al primer mundo.

Llegó el momento de invitar a un entrenador por fecha (doble) de eliminatoria. Para el Mundial veremos. En lugar de DJ invitado, como en las noches electrónicas, sería DT invitado. En lugar de empleado en relación de dependencia, facturero. Con qué razón deberíamos fumarnos un entrenador cuatro años sí, seamos sinceros, su real mérito lo evaluamos en ese mes que dura el Mundial o una Copa América.

Sucede que a poco de indagar el asunto, la realidad se rebela contra la pomposa denominación y descubrimos que la única novedad es el reparto de la guita, a pedir de los más fuertes. Es decir, a contrapelo de cómo se hace en las grandes ligas de verdad, donde se preserva el producto deportivo y por lo tanto se combate la desigualdad extrema.

Ya lo explicó con claridad el periodista decano de nuestra publicación, Mariano Hamilton. Me permito redundar para decir que los dirigentes de los clubes (los mismos que devastaron la AFA en sumiso acompañamiento del patriarca) sólo se ocupan, en estos días de acefalismo y desidia en el corazón institucional de la pelota, del hipotético botín que se alzarán cuando algún mecenas de las comunicaciones aparezca con las alforjas llenas de billetes y comisiones.

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Fuera de esa entelequia, ese engañapichanga de la Súper Ligar, todo es un páramo. Entre otras zonas, la Selección. Allá va Olarticoechea a los Juegos Olímpicos, como un enviado a tomar el Palacio de Invierno con la Armada Brancaleone. Una misión imposible en tono de comedia, que acaso el enjundioso Vasco y sus discípulos sustraídos al egoísmo de los clubes conviertan en una actuación muy meritoria.

Después de Rio, vaya uno a saber qué sucederá. No hay presidente, la comisión normalizadora todavía no gestiona. Y Argentina debe volver a la amansadora de las eliminatorias, que, como el sol, aunque no las veamos, siempre están. En septiembre se jugaran dos fechas y otras tantas en octubre. El fantasma de Luis Segura aseguró que no están buscando entrenador para reemplazar a Martino (¿la Selección?, ¿el Mundial?, de qué me hablan), así que la mejor forma de enfrentar esos partidos y los que siguen tal vez sea con entrenadores ocasionales, elegidos por un comité ad hoc.

Los entrenadores de largo aliento no trabajan porque sus pupilos están en Europa. Y jamás se les ocurre foguear un equipo alternativo con los jugadores de cabotaje. De modo que se la pasan imaginando el futuro, monitoreando a distancia un plantel que se reúne cinco minutos antes de la competencia.

Por lo demás, las largas temporadas bajo el mando del mismo DT no nos ponen a resguardo de cambios abruptos en el andar del equipo. Sin ir más lejos, la Selección de Sabella, durante el último Mundial, fue borrando con el codo todo lo dicho y hecho en los años anteriores. Con Messi y sus cometas, los delanteros mejor reputados y pagos del mundo, terminamos con el culo en el área. Encumbrando a Mascherano, anteponiendo el heroísmo (lo espontáneo, sanguíneo) a las previsiones tácticas. Es decir que fomentamos la labor metódica, pero a la hora de los bifes celebramos la improvisación. El salvador agónico regido por el instinto.

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Así las cosas, llegó el momento de invitar a un entrenador por fecha (doble) de eliminatoria. Para el Mundial veremos. En lugar de DJ invitado, como en las noches electrónicas, sería DT invitado. En lugar de empleado en relación de dependencia, facturero. Con qué razón deberíamos fumarnos un entrenador cuatro años sí, seamos sinceros, su real mérito lo evaluamos en ese mes que dura el Mundial o una Copa América.

Por qué entonces no darles la oportunidad a tantos conductores que han demostrado profesionalismo y liderazgo. Sobre todo en esta etapa de inestabilidad crónica, donde prever una gestión extensa suena desproporcionado. Si se lo piensa bien, acudir a distintos diseños tácticos tornaría a la Selección imprevisible para cualquier adversario. Una verdadera caja de sorpresas.

Otra ventaja innegable es que la sustitución sistemática del DT permitiría elegir el perfil adecuado para cada encuentro. Si hace falta reforzar el dispositivo defensivo, se lo llama, digamos, a Bauza. Si los clubes de acá y de Europa niegan a todos los jugadores, se lo busca a Alfaro, que con dos garbanzos te hace un guiso. Si queremos que Argentina se floree, haga tiki-tiki hasta en el vestuario, lo repatriamos a Cappa. Si pretendemos ablandar al rival con las declaraciones previas, que venga Ramón. O el Mellizo Guillermo. El espinel es infinito; las variantes, inagotables.

Después de Alemania 2006, nos la pasamos tratando de armarle un equipo a Messi. Intentaron Basile, Maradona, Batista, Sabella y Martino. Tuvieron todo el tiempo del mundo y no hubo caso. Iniciar otro ciclo con la misma premisa me suena a pesadilla recurrente. Frente a la incertidumbre, la designación rotativa por lo menos me parece democrática.