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cambon1 webCarlos María García Cambón tardó en contarles a sus hijos que había sido jugador de fútbol. Que salió campeón con Chacarita y que le hizo cuatro goles a River la primera tarde en que se puso la camiseta de Boca. Esas historias heroicas que tantos de nosotros quisiéramos tener para hacer dormir a nuestros hijos, García Cambón se las calló. Se casó cuando ya se había retirado y los recuerdos estaban deshechos. Un día llamó a sus amigos, les avisó que no jugaría más y que podían pasar por su casa a buscar lo que quisieran. Regaló todas las camisetas. Se quedó sin más recuerdos que los que todavía conserva en su memoria. Un profesor de educación física, de todos modos, les avisó a sus hijos que tenían un padre futbolista. Un padre que quedó inmortalizado en un cantito bostero: “Tres cosas hay en el fútbol / Ferrero, Potente y Cambón /el que tenga esas tres cosas / que grite Boca campeón”. Los pibes encararon al papá con preguntas y García Cambón tuvo que confesar.

Tiene dos mujeres y tres varones, uno de Chacarita y otros dos de Boca, como para repartir el pasado. Hace unos años lo operaron por un aneurisma de aorta. Pero dice que ya está bien y que trabaja con un familiar en una fábrica de ropa para montaña. Sus hijos, mientras tanto, le reprochan que haya regalado todo y que no tenga las imágenes de los cuatro goles a River, los que marcaron su apellido doble. Un amigo le jura que una vez la televisión española los pasó.
“Cuando se acabó, se acabó”, dice García Cambón sacudiéndose la nostalgia. Hace poco, cuenta, le preguntaron qué sentía al pisar el último escalón que lleva al campo de juego y contestó: “Era el último escalón a la felicidad, no hay momento más feliz que el de salir a jugar. Lamento que mucha gente no lo haya podido disfrutar. Hay algunos que ni siquiera jugando pudieron hacerlo. Pero el 99,9% no tuvo la posibilidad de salir a una cancha, el resto fuimos afortunados”.

–¿Cómo llegaste a ser futbolista?

–Vivía en San Telmo y jugaba en torneos de barrio con un equipo que se llamaba Adolfo Pedernera. Un día fuimos a jugar contra la Novena de Chacarita, donde estaba el más grande de todos, Ernesto Duchini, y me convenció para llevarme. Viajaba dos horas de ida y dos horas
de vuelta, pero no me importaba.

–¿Qué te enseñó Duchini?

–Era un maestro del fútbol y de la vida. Una persona bohemia, siempre en el café, siempre vestido de traje. Daba pautas y formas de manejarte. Yo aprendí a jugar con la derecha gracias a él porque me metía en un frontón con la pelotita de tenis. Ahí me desarrollé hasta la Sexta. Cacho Giménez me llamó para el Seleccionado Juvenil en 1967. Jugamos el torneo Juventudes de América, que ganó Argentina, y fuimos a los Panamericanos de Winnipeg. Cuando volví ya estaba en Primera, tenía 17 años.

–¿Cuál era tu característica, los goles o la habilidad?

–Yo nunca fui un gran goleador, jugaba de mediapunta,lo que después fue el enganche, y tuve la suerte de que un día Dios me iluminó e hice cuatro goles en un partido. En cada campeonato hacía diez o doce goles, nunca hice veintipico como Bianchi, el Mono Obberti y Morete, que hacían carradas de goles. Me colgaron esa mochila por un partido. Y no reniego. Además soy el máximo goleador en los clásicos entre Chacarita y Atlanta.

–En general, la figura del goleador es la del grandote.

–Los odio. Reniego de todos los 9 que sólo la empujan, no los quiero ni ver. Yo digo que los 9 tienen que formar parte del circuito de juego. No quiero que sólo se dediquen a empujarla. No puedo quitarle mérito a un Palermo, que hizo doscientos y pico de goles, pero todos los jugadores deben tener conocimientos técnicos. No pueden estar ajenos a devolver una pared, a poder desbordar y sacarse un jugador de encima. Acá se cristalizó una imagen del 9 como un jugador sólo de área, torpe pero bien ubicado.

–¿Cómo se arma Chacarita para ser campeón?

–Nosotros peleábamos siempre abajo. En el ‘68 nos salvamos del descenso contra Huracán con un gol de Juan Carlos Puntorero. Y en el ‘69 aparecen muchos jugadores que fueron determinantes, como Leonardo Recúpero, Raúl Poncio, Abel Pérez y Rolando Orife. Chacarita tuvo un técnico que fue un monstruo, Argentino Geronazzo. En el ‘68 decidió irse pero dejó una impronta muy importante. Cuando todos esos jugadores vinieron, hubo una comunión especial. Se armó un grupo muy fuerte desde lo psicológico. El segundo partido que jugamos perdimos 7 a 1, y a partir de ahí empezamos a ganar. Y les ganamos a los mejores. Incluso a River, en la final, le hicimos 4.

–¿Cómo se vivía ese fenómeno con hinchas que no están acostumbrados a pelear el campeonato?

–Era tocar el cielo con las manos. No sólo para el hincha, para nosotros también. Estábamos acostumbrados a vivir otra realidad. Y no sólo nos destacábamos acá, también afuera. Fuimos el único equipo chico en la historia en jugar una Copa Joan Gamper en Barcelona. Eran otros tiempos, no había la comunicación de hoy. Es como si Excursionistas saliera hoy campeón de Primera. Con los medios que existen se transforma en un monstruo mundial, un caso atípico.

vs Bayern–¿Al Bayern Munich le ganan en Barcelona?

–Le ganamos 2 a 0 con todas las figuras que después fueron campeones del mundo en 1974. He vuelto muchas veces a Barcelona, y cada vez que vuelvo la gente grande siempre se acuerda de Chacarita. En la final les pegamos un paseo bárbaro, pero perdimos. Siempre se recordó ese equipo hasta ahí ignoto.

–¿El título fue un sello indeleble para ustedes?

–Viajé por el mundo con Chacarita. Giras por Alemania e Inglaterra… Gracias al título, porque antes no salíamos ni a Campana. Íbamos a Santa Fe porque teníamos que jugar con Unión o Colón. Y de repente estábamos en otro mundo, como si fuera un equipo grande.

–¿Y cuáles son las diferencias con un equipo grande?

–Todas. Económicas y profesionales, cómo te cuidan y te atienden, la infraestructura, la pasión del hincha, la presión, que no es la misma en Chacarita que en Boca. Y los medios son los primeros que hacen presión. La sensibilidad social va de acuerdo a lo que se escribe. Uno en Chacarita podía vivir más desprejuiciadamente. Íbamos a la cancha de Newell’s, a River, y le metíamos dos o tres goles. Porque nos cagábamos de risa. Y si nos tocaba perder, perdíamos. Una vez perdimos 6 a 0 en la cancha de Boca. Era doloroso, pero tampoco tan grave. Hemos ido a la cancha de Boca y ganamos 1 a 0. Eso era lo anormal.

–¿Por qué jugaste poco en el equipo campeón del ‘69?

–Yo era titular. Pero después de siete fechas se me salió el hombro de lugar y hubo tres o cuatro partidos que no jugué porque me tuve que enyesar. Después me recuperé, pero el hombro se me salía y jugaba pensando en eso. Hacía poco que había banco de suplentes en los partidos, así que yo salía al banco porque era de la única manera en que cobraba premio.

–¿Tenías presión para hacer goles?

–No, porque no era una obsesión. Para mí era más lindo dar un pase gol que hacer un gol. Sobre todo cuando uno consigue la asistencia después de hacer una gran jugada.

–¿Qué se siente al dar un pase de gol?

–Que uno ha hecho lo que corresponde y lo ha hecho bien. Una buena asistencia es comparable al gol. Hice goles de casualidad, y los goles que son de casualidad no son lo mismo. Yo disfrutaba mucho más hacer una buena jugada que hacer un gol de casualidad. Mucho más divertido…

con pernia–¿En Boca tampoco tenías presión por el gol?

–Una cosa es tener un estado nervioso y otra cosa es presión. El estado nervioso forma parte del ser humano. Uno se pone nervioso ante un estadio con cuarenta o cincuenta mil personas. El tema es superar los nervios y trasladarlos a otros sectores de uno, o que pase a tener un estado de frialdad para poder ejecutar lo que sabe. Toda mi vida he estado nervioso, pero después tenés que llevarlo a buen puerto. Porque si no, ¿para qué está uno ahí? ¿Para jugar 90 minutos nervioso? Eso es sufrir. Yo me quería divertir, no sufrir los partidos. Yo veo jugadores que sufren los partidos de fútbol y veo jugadores que los disfrutan, como Ronaldinho. Es la gran diferencia entre los brasileños y los argentinos. Los argentinos sufren los partidos, y los brasileños se divierten.

–¿Todavía te resulta increíble lo que pasó con los cuatro goles a River?

–Eso apareció hasta el anuario del New York Times con los acontecimientos mundiales más importantes. Me robaron el ejemplar en un avión. Pero a ese punto llegó. Y con el transcurrir del tiempo me sigue llamando la atención. Las cosas no duran tanto tiempo… El año que viene se cumplen cuarenta años de los cuatro goles y seguimos hablando de esto porque fueron muy importantes.

–¿Y en la cancha qué sentías?

–Era vivir una felicidad bárbara. Estaba jugando un Boca-River, ganando el clásico y haciendo goles. Lo que me hizo pensar que había hecho algo más pasó después del partido. Para los compañeros no sé si era algo especial, nos cagamos de risa, pero nada más. Pero cuando salgo del vestuario, voy a buscar a mi papá y a mi hermano, que estaban en la platea, y mi viejo, que era un tipo muy serio e introvertido, venía desencajado. Mi hermano después me contó que cuando la gente coreaba mi nombre, mi viejo estaba emocionado. Mi papá había jugado en Barracas Central. Tal vez sentía que lo que pasaba era con él, no conmigo.

–¿Con esos cuatro goles no hacía falta más nada con los hinchas de Boca?

–De la boca para afuera. Porque al segundo partido te pedían cuatro más. Decí que tuve suerte porque fuimos a jugar a la cancha de San Lorenzo, le ganamos 6 a 0 y yo hice dos goles. Y después le ganamos 7 a 1 a Argentinos Juniors. Es increíble el campeonato que pierde Boca en una semifinal contra Newell’s, un partido insólito en el que la pelota no entró. Y los dos goles que hicimos los anularon. Después ganamos Metropolitano y Nacional, en el ‘76.

–Y todavía estabas en Boca.

–Sí, porque en el ‘75 Alberto J. Armando quiso renegociar los contratos, hubo un conflicto y los primeros cinco partidos los titulares no jugamos. Al sexto, se arreglaron las cosas. Incluso con esa ventaja terminamos un punto arriba. Después, el Puma Armando fue borrando a los jugadores que fuimos a la huelga: Nicolau, Rogel, Potente, Ferrero… El único que quedé fui yo.

–Pero no jugaste la Copa Libertadores.

–Ya me había ido a Unión de Santa Fe. En el ‘78 volví a Chacarita, previo paso por Grecia, donde estuve seis meses y me quedé viajando seis meses más. En el ‘79 me fui a Estados Unidos, jugué en el Rochester Lancers y en Las Vegas. En el ‘80 me quedé sin jugar, y en el ‘81 me fui a Loma Negra.

–¿Cómo fue esa experiencia de un equipo armado alrededor del emporio Fortabat?

–El que manejaba todo ahí era Valentín Suárez, directivo de Banfield que llegó a ser interventor de AFA. Loma Negra jugó el Nacional ‘81 y el ‘82. Y le ganó a River en su cancha y a la Selección de la Unión Soviética. Amalia de Fortabat, en un momento, dijo que le produjo un ahorro de diez millones de dólares en publicidad. Y había conseguido mucho más con el fútbol que si hubiera invertido en pauta.

–¿La conociste a Fortabat?

–Sí, fuimos a su triplex en Avenida Del Libertador, de cinco mil metros cuadrados. Una locura lo que tenía ahí. En el tercer piso tenía una pileta de natación, y en el segundo piso, un ventanal que daba a la parte baja de la pileta, así veías quién se tiraba.

–¿Cómo llegaste a dirigir en Indonesia?

–Primero estuve en el Blooming de Bolivia. Y después fui a Indonesia, una de las cosas más lindas que viví en mi vida. Era el paraíso. Y llegué de la forma más insólita. Por un electricista que tenía en casa. Hicimos una buena relación. Un día su mujer me cuenta que su jefe tenía relaciones comerciales con Indonesia y que tenía un traductor allá que se iba a dedicar al fútbol y que iba a venir a la Argentina a ver jugadores. Yo estaba sin laburo. Y al final terminé yendo yo. Dirigí el Persija Jakarta, que es como el Boca de Indonesia.

–¿Y cómo te fue?

–Salimos campeones de la Copa del Gobernador, que juegan los diez equipos más importantes. Y después empezó la liga mayor. Pero tienen un torneo muy desorganizado y estaban en un año de elecciones. Cada dos meses había un receso de un mes y se fue postergando el campeonato. Había que renovar el contrato. No hubo arreglo y entonces me vine. Con mi familia, vivimos meses en Bali por las postergaciones. Así que conocí las playas más lindas del mundo. Aunque todavía me falta conocer la Polinesia.

 

Publicada en UN CAÑO#60 – Junio 2013