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Ricardo Gareca es autor de un gol fundamental para el fútbol argentino. El 30 de junio de 1985, aunque algunos se lo adjudiquen a Daniel Passarella, que hizo la jugada previa, Gareca empujó la pelota para empatarle 2-2 a Perú en River y conseguir la clasificación a México ‘86, un Mundial al que sin embargo no lo convocaron. Gareca, entonces, se quedó sin ser campeón del mundo. Sin su gol, conseguido cuando faltaban apenas ocho minutos para el final del partido, acaso no hubiera ocurrido nada de lo que vino después, incluidos los goles de Maradona a los ingleses.

Fue el golpe más duro que recibió en sus dieciocho años como futbolista, según dice. En
una carrera que tuvo los mejores días en tierra colombiana con América de Cali, y que
incluyó el pase más discutido, al menos, de la década del ’80, cuando junto con Oscar Ruggeri dejó Boca para ponerse la camiseta de River.

Ya lejos de esa polémica, Gareca se sienta a charlar con Un Caño en la villa olímpica de Ituzaingó, después de la práctica de Vélez, un club que lo tuvo como hincha, como jugador y ahora como entrenador. Gareca es un caso extraño: ya lleva cinco años en el cargo (N. de la R; esta nota salió publicada en el número 58, de 2013), cuando se sabe que los técnicos son aves de paso en los clubes argentinos.

Ricardo Gareca y JJ Lopez Boca 1980–¿Es cierto que empezaste siendo arquero?
–Sí, de chico. No me iba mal, pero después ya me gustaba el medio.

–¿Y cómo pasaste del arco al medio?
–Empecé en el barrio, en el potrero. En Tapiales, donde nací. Una vez me vieron, jugaba bien y quedé arriba.

–¿Y llegaste a Boca ya como delantero?
–Claro, mi viejo me anota en Boca, me llega una cita para probarme en Barracas. Antes, Boca probaba primero en Barracas y después te mandaban a La Candela, una vez que habías quedado. En La Candela ya estabas en las divisiones inferiores.

–¿Qué cosas fuiste aprendiendo del puesto?
–Te vas perfeccionando. Cómo estás perfilado, o cómo pegar el cabezazo. La técnica, más que nada. Después, le vas encontrando secretos con el correr del tiempo. El goleador, cuando no encuentra la pelota, sabe que la pelota lo encuentra a él. Son detalles que tiene el goleador. Hay una dosis de fortuna. Pero es importante saber ubicarse adentro del área.

–¿Estudiabas al arquero rival?
–No, el goleador o el delantero, a diferencia de otros puestos, va tomando una técnica y se va posicionando; va agarrando esa intuición y la va perfeccionando para saber cuándo viene el gol, cuándo está en posición de gol, cuándo una pelota le queda para el remate. Cuando hay que hacer el gol, no todo el mundo puede convertir. Ese panorama que tienen otros en distintos sectores del campo, no lo tienen en la red. En cambio, el delantero por ahí no tiene ese panorama en otros lugares del campo, pero sí lo tiene en la red.

–¿A qué jugadores mirabas?
–A Carlos Bianchi, a Mario Kempes, dos referentes en mi carrera. A Pichino Carone, también.

–¿Cómo fue el debut con Boca?
–Me hizo debutar Juan Carlos Lorenzo. Primero jugué de 8, después medio de enganche, después medio de punta, hasta que me estabilicé de punta.

–Te vas de Boca a Sarmiento de Junín y Boca sale campeón. Después volvés. En una entrevista con Diego Borinsky, en El Gráfico, dijiste que estuviste a destiempo. ¿Te arrepentís de eso?

–No sé en qué momento lo habré dicho, pero yo busqué mi camino. Vos imagínate que Boca tenía a Maradona, a Brindisi, tenía al Beto Outes, a Toti Veglio, lo más probable era que fuera campeón. Sabía todo lo que podía producir Diego. Pero yo elegí mi camino para triunfar. El jugador, si tiene la convicción de triunfar, no importa el equipo en que está, triunfa. Por ahí el camino es un poco más largo.

-En esa misma entrevista dijiste que Sarmiento de Junín te relanzó en tu carrera, ¿cómo fue eso?
–Fue clave. Yo pasé de ser un jugador que no era tenido en cuenta en Boca a ser titular con Maradona y Brindisi: en siete u ocho meses me cambió la vida. Tuve continuidad, y esa convicción que tenía la pude plasmar en el campo de juego.

–Tu pase de Boca a River junto a Oscar Ruggeri fue muy discutido. ¿Sabían que iba a generar tanto ruido?
–Por supuesto, éramos dos jugadores importantes de Boca. Pasar a River era un acontecimiento que revolucionó un poco el fútbol. Coppola nos informa que Hugo Santilli
quería llevarnos y provocar una revolución. Era el peor momento económico de la historia de Boca. Nosotros nos quedábamos por la mitad o menos de la mitad de lo que nos daba River. Le ofrecimos al club todas las posibilidades, en ese momento el presidente era Héctor Martínez Sosa. Pero Boca no podía: no tenía plata para nada, ni para el agua. Hubo ocho jugadores que mandaron telegrama para quedar libres, era un caos. Hacía dos años que estábamos sin contrato con Ruggeri. Al principio nos causaba gracia, pero fue adquiriendo seriedad la negociación. Las conversaciones duraron un mes. Y se terminó haciendo.

–Te fuiste rápido de River…
–Sí, me recuerdan más que por el acontecimiento que significó el pase. Fue una etapa de mi vida no relevante, un paso fugaz. No bien tuve la posibilidad me fui.

Ricardo Gareca y Julio Falcioni America 1985–Luego vas a América de Cali. ¿Es cierto que te aconsejaron jugar contra River con una camiseta de Boca abajo para recuperar el cariño?
–Sí, en un momento se acercó gente de la hinchada de Boca, pero yo no lo hice. No me interesan esas cosas.

–¿Fue la más intensa tu etapa en Colombia?
–Fue una etapa de madurez futbolística y personal. Me casé, nació mi primer hijo y pude afianzarme. La pasé bien en Colombia. Fueron varios años de madurez.

–¿Por vos o por el equipo?
–Por mí. Me fui casado, y así estás más asentado en muchos aspectos. Fue una etapa de buen nivel general. La madurez es importante, el camino recorrido, la secuencia que a uno le toca vivir.

–Con América ganaron dos títulos en Colombia y perdieron tres finales consecutivas de la Copa Libertadores. ¿Con qué te quedas de todo eso?
–Ni una cosa ni la otra. Fue una etapa muy buena, en un país que aprendí a querer, y eso me gusta. Si tengo que optar por otro lugar para vivir algún día, elegiría Colombia.

–¿Era importante para ustedes que el club fuera manejado por los hermanos Rodríguez Orejuela, que eran los jefes del Cartel de Cali?
–No, estábamos muy al margen, no teníamos nada que ver con ellos. Siempre fueron dirigentes y no nos hicieron ver nada. Teníamos una relación dirigente-jugador. Ellos no
eran presidentes. Miguel Rodríguez Orejuela era vicepresidente. Cuando me vengo, en el ’89, es cuando estalla todo. Pero mi etapa fue maravillosa, no fue una etapa de inseguridad
ni de problemas o inconvenientes.

–¿Qué significó llegar a Vélez, el club del que eras hincha?
–Me fueron a buscar, armaron un buen equipo y era la última chance para llegar a Italia ‘90. Volví al país para ver qué perspectivas podría haber en caso de que me fuera bien. Y significó recordar mi adolescencia, mi niñez, era un club que iba a ver… Se iba a armar un equipo competitivo con el Coco Basile como técnico. Yo estaba bien en Colombia, vine a ganar el 50% de lo que ganaba allá. Y América me aumentaba para quedarme. Pero hubo muchas cosas que me movilizaron para a venir a Vélez. Entre ellas, la última fichita que me jugaba para la Selección.

–¿La Selección era una gran espina?
–Son metas de los jugadores. Te vas armando de objetivos, y la Selección, mientras uno tenga una determinada edad, es un objetivo. Tenía 31 años, no era tan grande, y podía tener una chance si hacía goles.

–¿Fue muy doloroso haber quedado afuera de México?
–Sí, fue un golpe. Quizás el más duro que tuve en mi carrera, pero lo asimilé bien. Estaba en Colombia y veníamos a jugar a Chile un partido, ahí me enteré.

–¿Nunca tuviste una respuesta de por qué no fuiste al Mundial?
–No, ni me interesa ya. Con el tiempo entendí que quizás no era la forma. Hubiera esperado una comunicación en aquel momento, pero son decisiones que tuvo que tomar el entrenador y las tomó. Nunca he tocado el tema con Bilardo. Había sido un camino duro, muy discutido. Y con ese grupo de jugadores que fuimos los que más luchamos para clasificarnos tuvimos que enfrentar muchas cosas. Y yo me puse del lado del cuerpo técnico. Defendí una posición que creía que era válida para defender.

–El gol contra Perú es tuyo, pero siempre quedó la idea de que era de Passarella. ¿Por qué pasó eso?                                                                                                                                          –Para México ’86, el de Perú fue importante. Y emotivo. Pero por la factura fue más lindo el de Brasil. Por la jugada, el pase de Burruchaga, yo entro en diagonal y defino. Entonces me gusta el gol de Brasil por la jugada en sí misma.

–¿De qué manera maduraste la idea del retiro?
–Empecé a hacer el curso de técnico y no lo consulté mucho. Estaban en desacuerdo mi esposa, mi viejo, mis amigos. Pero tenía 36 años y más ganas de ponerme a trabajar como técnico que de seguir jugando. Y la competencia con los pibes ya era dura.

–¿Influyó la muerte de tu amigo Jorge Vázquez?
–El Gallego se mata en noviembre del ‘94 y acelera un poco todo, sí. Yo ya no quería
saber más nada. Era una decisión tomada.

–¿Cuál fue el gol más lindo que hiciste?
–Hay un gol de chilena que le hice a Bucaramanga en Colombia que fue uno de los más lindos que hice. Después recuerdo el gol a Brasil porque hacía trece años que no se le ganaba a los brasileños. Explotaba la gente en el Monumental.

–¿Sentías mucho la puteada después de errar el gol?
–Son situaciones que se dan. El delantero, salvo excepciones, convive con ellas. Claro, vos agarrás a Messi y si se pierde un gol no pasa nada. Pero si le pasa a otro goleador encuentra la recriminación de la gente. Después eso se transforma en aplauso.

–¿Te sentís más reconocido como entrenador que como jugador?
–Es lo mismo. Fui un jugador importante, respetado, pero tampoco fui una figura mundial. Fui un jugador con regularidad. No es que bajé, subí, bajé, subí… Me mantuve en equipos de primer nivel y con rendimiento de primer nivel. Nunca me sentí ignorado, así como nunca me sentí allá arriba. Creo que de mí tienen un buen concepto.

–Al revés de tu carrera como futbolista, que arrancó en Boca, como entrenador empezaste con Talleres en el Ascenso. ¿Te sirvió?
–La experiencia fue importante, uno nunca deja de aprender. Se convive con treinta, treinta y pico de personas que no siempre piensan igual que vos. Es muy difícil esa convivencia diaria. Vivís con el error, ya sea por poner un jugador o por definir la táctica y la estrategia, la formación del equipo… Vivís permanentemente con el error al acecho. Uno trata de reducir esos márgenes de error. Y eso te lo dan los años.