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En uno de los tantos e inútiles ceniceros que tengo en mi estudio, conservo, amontonados, cuatro o cinco sobrecitos de azúcar robados del Caffe Greco, de Roma. Falto de coraje como para robar toallas, salidas de baño o mesitas de luz de los hoteles, suelo llevarme esas cosas menores, como papel carta o fósforos con membrete, que están allí, precisamente, para que uno se los lleve. En los sobrecitos se aclara que el contenido es zucchero semolato y debo haberlos tomado la última vez que estuve allí, con Liliana, mientras un mozo me ofrecía una increíble gama de diferentes tipos de té dentro de una lujosa caja compartimentada, de madera. Terminé eligiendo, por supuesto, el peor, el que tenía un gusto parecido al del agua de compota recalentada.

bo derekLa vez anterior que había estado en el Greco fue con Horacio Altuna, el dibujante de El Loco Chávez y El Nene Montanaro, y en uno de los barrocos y elegantes salones más alejados de la puerta estaba Bo Derek con John, su marido. Altuna me insistió en que Bo lo había mirado con algo más que curiosidad. Yo pasé un par de veces frente a ella pero ella no repitió esa mirada, al menos conmigo. Bo Derek vivía el éxito de La chica 10 y posiblemente no quería complicarse con un diseñador tercermundista.

Lo cierto es que si uno sale del Caffe Greco, y mira hacia la izquierda, verá allí nomás, a tiro de piedra, cómo finaliza (o comienza) la elegante Via Condotti al pie de las escalinatas de la Piazza Spagna. Y en las escalinatas se juntan siempre montones de turistas, especialmente jóvenes, mochileros, desharrapados, que eligen ese lugar como punto de encuentro. Allí mismo, a esas escaleras flanqueadas de macetones con flores, me había arrojado la sabiduría del destino, una tarde de 1974.

Era la primera vez que yo viajaba a Europa y en el entusiasmo que depara ese tipo de experiencia –donde uno recoge y guarda toda clase de boletos de ómnibus o entradas de museo como si fueran documentos históricos– me había olvidado, en parte, de que en Rosario ya se debía de haber jugado la final entre Central y Ñuls que proclamaba al campeón del Torneo Metropolitano. Sabía, de todos modos, que Ñuls, con el empate, se consagraba. Por supuesto, entre la multitud de pibes que había en la escalinata, no tardé en detectar a un grupo de Buenos Aires. Les pregunté, ansioso, si conocían el resultado del partido. “Creo que se suspendió porque se armó quilombo”, me contestó uno, dubitativo. “Me parece que ganó Central”, arriesgó otro. “No. Empataron”, afirmó un tercero, lapidario. Agradecí estar allí, entonces, en esa ciudad disputada en la Edad Media por bárbaros y bizantinos, residencia del Papa, sobre esos formidables vestigios de un imperio, y no en Rosario donde, sin duda, los hinchas leprosos debían estar festejando como locos su primera estrella. La lejanía, sin duda, y el lógico desinterés de aquellos turistas nórdicos y orientales por el resultado de un partido amortiguan bastante los contrastes y, obviamente, ponen distancia prudencial de las cargadas.

zanabriaAl regreso, mucho tiempo después (uno podía irse más largamente en esa época), les pregunté a mis amigos canallas por el partido. Pepe me contó que Central ganaba 2 a 0 y no faltaba mucho. Descontó Capurro en un centro, casi con la nuca y, a poco del final, Marito Zanabria la metió en un rincón desde el borde del área. “Pero no nos ganaron”, procuró conformarse alguien del grupo. “Fue como si nos hubiesen ganado”, dijo Pepe.

Bastantes años después, Pepe se fue a vivir a México y procuró hacerse hincha de algún equipo. Precavido, decidió que no quería sufrir más y que, por lo tanto, pudiendo elegir, se haría hincha del más poderoso. Le dijeron que Televisa bancaba al América (el “Amerique”, como diría nuestro conocido comentarista) y se hizo hincha del América. Le duró poco el entusiasmo. Los mexicanos llegan a la cancha diez minutos después de que ha comenzado el encuentro y se van a tomar una cerveza diez minutos antes de que termine el primer tiempo. Cuando los hijos de Pepe, mexicanos todos, vienen de paseo a Rosario, compran banderas y sombreritos de Central.

Aquel equipo de Ñuls era un equipazo. Contaba con Mario Zanabria, para prolongar su duelo de habilidad vs. fuerza con el Cai Aimar; el Mono Obberti; Cucurucho Santamaría, histórico rojinegro, un atacante por afuera, por derecha e izquierda, de gran velocidad, habilidad y remate con las dos piernas. Otro zurdo fino como Rocha, quien tenía un cierto parecido con el David Carradine de Kung Fu y que, pese a eso, no terminó en Japón sino en Grecia. Incluso el equipo del Parque presentaba –frente a la sobriedad provinciana y uruguaya del arquero Carrasco– la singular personalidad de Pastor Barreiro, un pionero en eso de salir a jugar con el pelo teñido o con adornos estrambóticos.

Un día, charlando con Jorge Valdano, le confié que si Dios hubiese depositado sobre mí la pesada carga de ser hincha de Ñuls, yo hubiese escrito, sin duda, algún cuento sobre esa final del 74 en cancha de Central. Porque tuvo todos los condimentos necesarios para armar un gran relato, sin duda, mal que me pese. La tensión, el drama de la derrota inminente, la esperanza y el grito agónico de la hazaña sobre la hora. No por nada, aquel zurdazo de Marito aún hoy es levantado como bandera de lucha por la gente del Parque. Pero, más comprensivos que los canallas con Poy, no le piden a Mario que lo repita. Es que no es tan sencillo empalmar un zurdazo desde fuera del área y clavarlo en un ángulo. Recuerde, estimado amigo del viril deporte del balompié, allí en la escalinata de Piazza Spagna, donde a veces suele aparecer Valeria Mazza presentando desfiles de moda, se encuentra uno de los mejores lugares para recibir la noticia de una derrota decisiva frente al clásico rival de todos los tiempos.