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Es historia del siglo XXI, aunque parezca la evocación alucinada de un tiempo remoto. Gobernaba la familia K, a estas alturas la Señora, y era época de fiestas. El duelo de la viudez, prolongado hasta el ridículo, se había asentado, al cabo de los años, como mitología burda y mención ceremonial en los actos masivos. Un hombre cuyo atributo más digno fue la ambición por el dinero se había coronado santo. Ya era hora de celebrar otra vez; por él y por la lealtad que proclamaba la militancia a su conductora. Así se le decía a la presencia vocinglera que colmaba las cercanías del palco en la plaza. Y que se pagaba bien con planes sociales o un cargo en algún recodo de la red estatal. Ese chantaje, que la familia de gobierno, con escasa originalidad, aplicó para recrear la sumisión de los más pobres, era el motivo de los fastos callejeros. Tal vez asociado a una fecha importante en la gesta del difunto. Qué más daba. La Señora amaba arengar al pueblo desde el proscenio y las pantallas hasta que su voz se escurría en una carraspera apenas audible. Un decrescendo que ella y las multitudes interpretaban como otra fase de su sacrificio.

Pero algo inesperado ocurrió en la vigilia. Los aguafiestas surgieron de una costilla K. Como una Eva pérfida fugada de las Escrituras (que no de los anales del movimiento obrero; hablamos de la hembra original, no de la otra). Los camioneros. Peleado de repente con el gobierno por razones de plata y poder, el hasta poco antes fiel sindicato de camioneros se puso quisquilloso. Sólo para recuperar prebendas, va de suyo. Pero aun así, regidos por la miseria moral inherente a sus fueros vitalicios, los gremialistas hicieron algo por las libertades públicas. Huelga. Eso hicieron. En todo el territorio de la nación, cortando conexiones y suministros. Y dejando a los adictos al nepotismo gobernante sin el combustible de la militancia: el chorizo. Apocopado chori, como la clave de una hermandad secreta, era, servido entre panes, el maná del vulgo. Su máxima aspiración cívica. Así vivía nuestro pueblo. El choripán –nombre oficial de aquella herramienta de la satrapía K–, convocaba a las multitudes que día a día se tuteaban con el hambre. La trama de capataces políticos solía reclutar centenares de miles de indigentes en los vastos suburbios. Y algunos otros en las cárceles provinciales: internos acomodados gracias a su compromiso militante. La militancia abría todas las puertas.

Hacinados en micros, eran compelidos no sólo a concurrir al discurso, sino a alabar a la líder a viva voz, con un entusiasmo sin mengua. A batir el parche. A agitar la chomba como boleadoras: una hélice sobre las crines, un remedo de malón (¡todo lo estudiaban al detalle!). A bailar como murgueros hasta caer extenuados al final de la fiesta. Entonces sí, se habilitaban las parrillas que jalonaban la escenografía callejera e inficionaban el aire con humo gris, espeso como el del hongo atómico. Y ocurría la bacanal del pueblo, la orgía de embutidos que le daba razón y sabor a la peregrinación. El tumulto de menesterosos en torno a las brasas sintetizaba la felicidad popular. Era el orgullo de los gobernantes, su noción más alta de lo que llamaron, con rimbombante descaro, ampliación de derechos.

Pero, en las jornadas que aquí se evocan, la liturgia parecía herida de muerte. No habría banquete de choripán, ni marcha motorizada, centrífuga, hasta el pedestal de la Doña. La juventud K contaba con un centro logístico en Aldo Bonzí, el corazón de La Matanza. Circulaban algunas versiones sobre acopio de oro y dinero en efectivo de distintas denominaciones en aquel solar. Aunque la faz visible lo mostraba como un bastión de la distribución de dádivas: colchones, útiles escolares, bicicletas robadas… y chorizos. Ristras kilométricas atesoradas en un galpón frigorífico de la parte posterior. Había incluso una autoridad partidaria con rango de jefe de distrito, idéntica a las de aquellos que repartían programas sociales y controlaban a sus beneficiarios. Próxima a la bóveda de embutidos funcionaba una panificadora; de modo que, en esos dos recintos se concentraba aquello que el gobierno de los K celebraba como soberanía alimentaria. Contigo pan y chorizo. La mesa de los argentinos, según esta utopía culinaria, se agotaba en un festín de grasas saturadas y sodio, un veneno lanzado a las fauces urgidas de los lúmpenes. Más que alimentarlos, les aseguraban trastornos renales, hipertensión arterial y, por obra de la repetición, la muerte.

En cuanto al transporte de mercaderías, el gobierno populista estaba condenado a la dependencia. Para colmo, no de las fuerzas imperiales que se complacían en imaginar, sino de un gremio taimado y veleta como los camioneros. Que ahora se desquitaban de la Señora por haberlos excluido en el reparto del botín. Las disputas de esta índole absorbían todas las energías del gobierno y sus socios. Y, de terminar mal, derivaban en venganzas violentas mal vestidas de desavenencias políticas. Porque sólo el dinero merecía esfuerzos y desvelos en la cúspide del poder. La ideología de esos mercenarios cabía en una caja fuerte.

Esta fue una de esas venganzas. Se silenciaron de repente los motores de los camiones frigoríficos. La tropa sindical, con malicia y cálculo, apuntó al corazón. Tiró a matar. Los conciliábulos oficialistas comenzaron temprano en busca de remedios. Sin embargo, por más que se declarara la emergencia, los militantes de los distintos niveles sólo podían pensar de forma vertical. Se concebían pobremente como soldados impedidos de decidir, según ellos por patriotismo. Había que alertar cuanto antes a la Señora para que surgieran las órdenes. Mientras, en la base del edificio político, el reverso exacto del pináculo lujoso construido por los K, había que guardar el secreto. Al pobrerío hundido en el fango, al subproletariado sin futuro ni dientes, había que ocultarle que peligraba la festichola. Que tal vez no habría chori en el anzuelo;sólo oratoria y calor.

Así no iba a ir nadie. Aunque los punteros blandieran el rebenque y amagaran con suspender limosnas. Los ómnibus en que los arriaban ya estaban listos, formando fila en las rutas de asfalto cuarteado junto a los rancheríos. Trabajaban para el partido. Sus choferes, a diferencia de los poderosos camioneros, jamás los dejarían de a pie. Pero, sin chorizo, la plebe se declararía en rebeldía. Se sentiría traicionada. Era la víspera de otra gran celebración del régimen; no quedaba mucho margen de maniobra.

Los organizadores preveían desbordar la Plaza de Mayo. Por tanto, la subsecretaría de Insumos para Movilizaciones y Agasajos, a la que reportaba la central de Aldo Bonzi, había calculado tres kilómetros de chorizos y una tonelada de pan. El subsecretario, temeroso de que su cabeza rodara como expiación por el percance, propuso en corrillos reservados, como recurso extraordinario, antes de que bramara de disgusto la Señora, que la juventud militante y solidaria se incautara de algunos camiones en un operativo comando. Después de todo, el asunto tendría reminiscencias del pasado de sangre y pólvora que a la familia K le gustaba enaltecer. Sus héroes históricos eran tan indignos como sus vástagos políticos. Criminales cebados por el embrujo de las armas. Una camorra barnizada de pensamiento popular.

La sugerencia no prendió. Los jóvenes suscribían los gestos revolucionarios, pero les faltaba el entrenamiento de los padres fundadores. Y no comían vidrio, como se decía en esa época. Le tocaba, como siempre, mover su pieza a la Señora, quien, con la voz ajada en la que reverberaban el responso por el gurú extinto, su marido, y la invectiva, su género predilecto, sentenció:

–La Gendarmería.

Los alcahuetes del círculo áulico agitaron la cabeza en vehemente afirmación. Sin embargo, nadie entendió la orden.

–La seguridad la garantizan los compañeros, Jefa.

–No, boludo. Que la Gendarmería ponga los camiones para llevar los chorizos –se mosqueó la Señora. Para mitigar la ira, jugaba con su anillo de diamantes comprado durante la última gira presidencial.

–No tienen cámara frigorífica –le indicaron.

–¿Y cuál es el problema?

–La cadena de frío, madame –musitó el jefe de gabinete– Los chorizos son sagrados. Se trata de un derecho adquirido.

–Okey –dijo la Señora. Hundida en sus cavilaciones, aún tenía reflejos para esparcir otra capa de rubor terracota sobre sus mejillas de muñeca pepona–. Llamen al Ingeniero.

–¿Y qué le decimos? –preguntó tímidamente el ministro de Planificación, forzado a asumir la batuta de la operación cada vez que se mentaba al Ingeniero.

–Que presupueste la construcción exprés de cámaras frigoríficas en los camiones de Gendarmería –ordenó.

–Pero la empresa del Ingeniero se dedica a los gasoductos –apuntó el ministro.

–Tendrá algún amigo que lo pueda hacer. ¡A trabajar!

La estampida de las ovejas temerosas fingía ser un revuelo de pasos diligentes. El frenesí de la acción. O, para decirlo en  términos populistas, iniciativa política, que así bautizaban los K sus dislates, su apego de adictos a la improvisación y el dispendio. Los cortesanos no se atrevían a imaginar el fracaso de la movilización. Sería un triunfo categórico del gremio despechado y, en consecuencia, una sangría en el Gabinete. La ira de la Jefa sólo se aplacaba con los enemigos de rodillas o los súbditos decapitados.

El ministro de Planeamiento regresó a la carrera. Acababa de cortar la comunicación con el Ingeniero y estaba demudado. Los seguía una corriente de funcionarios en ascuas:

–Mil millones.

–¿Dólares? ­­–dijo la Señora.

–Dólares –confirmó el ministro–. La mano de obra es altamente calificada. Además, la tela asfáltica, la fibra de vidrio fundida y el poliestireno extruido son importados.

–Ya va a pedir un favor… –rezongó la Reina. Luego se acomodó el pelo imitando una tijera con los dedos. Y se quedó en trance. Como lo hacía cada vez que le pedía consejo a su marido, que no por difunto dejaba de ser su guía espiritual y político. La Señora se trasladó dramáticamente al Hades, mientras su entorno guardaba el silencio que reclaman los momentos místicos.

–¡Vamos!, ¡qué esperan! –dijo por fin. Los esbirros no atinaban a moverse ni a preguntar–. ¡Él dice que lo hagamos!

***

Era lo que, en la prehistoria del clan K, se llamaba un día peronista: soleado, húmedo, caldo propicio para el fanatismo y su épica del sudor. Y para el vino tibio, que se consumía en cajas de cartón, otro blasón de las multitudes movilizadas. Parte de la inversión pública drenada hacia los arrabales terminaba pagando el alcohol y las drogas del pobrerío. Aunque esta apuesta era más selectiva. No iba a cualquier territorio.

Los micros formaban filas interminables desde el Obelisco hasta Constitución, saturaban el paisaje de carrocerías desvencijadas. La plaza ardía. La invasión colmó cada baldosa con bombos y pancartas. Los punteros y sus subalternos, bastoneros de ese torrente desquiciado, se arremolinaron alrededor de las parrillas, dispuestos a preservar el tesoro hasta después del discurso.

La mercadería había llegado a tiempo: temprano en la mañana, los camiones reciclados de la Gendarmería distribuyeron una provisión de embutidos para 190 mil beneficiarios. Los panes llegaron del cielo, en helicópteros de la misma fuerza sustraídos al control de fronteras. Una tonelada de flautitas.

–¡Eeee, gato, devolvé el chori!­–acusó la turba a un infiltrado que había logrado escalar la barricada y manotear una ristra, cruda, de una enorme bolsa transparente.

–Es pa’ los pibes de Catán, capo. Estamos desde anoche sin morfar –se excusó el ladrón ante el parrillero. Lo dijo antes de escapar por la diagonal atestada, mientras esquivaba un golpe de atizador que le habría fracturado el cráneo. El abucheo censuró la osadía.

–Al próximo que choree, le abro el mondongo –dijo el asador,  el célebre Matopito, exhibiendo su daga de gaucho bruto. El maestro choricero era una autoridad venerada por la montonera en ejercicio (sobre todo Matopito). Además de la consistencia moral (superior incluso a la de los punteros) se le reconocía su calidad de experto en una materia de importancia vital. Los choriceros sabían asar. Como si en esa actividad mediara algo distinto a la paciencia, la espera. El tiempo vacío en que vivían los paisanos que alguna vez cabalgaron la pampa estorbando el trabajo y la organización. El asado siempre se hizo solo, casi al descuido. Las tripas y los chorizos, lo mismo. Lo demás son supersticiones bárbaras.

Confirmada su autoridad con cuatro gritos (el abecé del paternalismo populista) y el filo reluciente de la faca, el choricero oficial dispuso los detalles de la ceremonia. El trasto móvil donde arrojaría la comida era en realidad una malla metálica de cuadrados desparejos. Un objeto precario y sucio que Matopito, creído chamán, trataba como un altar. Razón no le faltaba: allí se arrodillarían los feligreses, no en busca de sanación sino de un bocado caliente. Con un cepillo húmedo acometió una parodia de higiene. Lo esparció con lentitud metódica, en zigzag, sobre los flejes que empezaban a calentarse y despidieron el primer crepitar, los primeros vapores grasientos.

Las aclamaciones de la militancia parecían acompañar los vituperios que provenían del escenario –la Gran Dama se calentaba más rápido que la parrilla y, a poco de andar, su discurso ya había denigrado a la mitad de los ciudadanos y políticos–, pero no. Eran el premio a las fintas de Matopito. A la promesa de felicidad cifrada en el chasquido que producía el hierro candente en contacto con el agua.

Entonces sí, el parrillero jefe ordenó las preciadas tripas rellenas de carne picada en ordenadas filas. Una negrita atrevida, de las que nunca faltaban, fingió ayudarlo y manoseó los chorizos con repugnante lubricidad. Se los pasó por aquí y por allá. Matopito celebró el juego con una risa ahogada de la que colgaba un cigarrillo. Luego alejó a la chiruza con un mamporro de revés en la nalga.

El olor intenso de la cocción narcotizó a la chusma. Y un círculo se cerró con ansiedad suplicante en torno a la parrilla. Familias enteras. Temerario, Matopito comenzó a pinchar los embutidos. No porque le importara desgrasarlos; quería adornar su faena con la ruidosa humareda provocada por el jugo derramado. Pero los indigentes no captaron el alerta de la parrilla en su apogeo, sino la ventura inminente del chori a punto. Así, una maniobra enérgica del tenedor despidió un chorro que cruzó el aire y encontró la mirada inocente de un niño. Más corrosiva que un ácido, la grasa le vació el ojo. Su parentela, sin embargo, no lo tomó a la tremenda. Le secaron la sangre con servilletas de papel y le improvisaron un parche para que no se perdiera la cena.

Una vez que el discurso de la Señora terminó, y terminó su ditirambo de pasos torpes que la masa vivaba como si fuera ballet clásico, el choricero comenzó el reparto. Al igual que en la comunión cristiana, una fila innúmera esperaba turno con la boca abierta y los ojos húmedos de gratitud. Sólo que estas pobres bestias que se afanaban por la ostia sebosa se daban trompadas, patadas y hasta puntazos de navaja para ganar un lugar. Los analistas K se referían a este duelo de harapientos como puja distributiva. Luego, lo corriente era que, con los primeros tarascones en el garguero, la agitación bajara. Y, ya con el chori digerido sin masticación, les llegara a las piernas un cansancio de muerte. Los muchos que apuraban el vino de mesa mezclado con gaseosa sucumbían antes y más estruendosamente. El resultado era un tendal de cuerpos hediondos que, para colmo, sembraban de orines y basura la vía pública.

Pero aquella vez fue distinto. El paso ensimismado –como corresponde al que medita en las profundidades de la política– de un distinguido periodista independiente sacudió el avispero. Decidor libertario, este hombre de ingenio agudo y valentía impar combatía al régimen con sus denuncias. En cada una de las cuales, más que la subordinación al dato frío y verificable –mérito escaso de los amanuenses, que no de los periodistas puros–, latía la voluntad de devolverle a la nación su dignidad democrática y republicana. Por eso lo acosaban, lo denostaban. Alguien lo vio en las cercanías de la plaza. Completaba tal vez alguna investigación reveladora, que lo sustrajo del calor de la barbarie. Y, concentrado en el hallazgo, ajeno a los bombos y los efluvios del chori, quedó a merced de la turba.

–¡El Corneta, ahí va el Corneta! –arrimó la noticia ­un chasqui ávido de ganar puntos para llevarse las sobras de la parrilla.

–¡Andáaaa! –lo desautorizó otro.

El informante juró que decía la verdad haciendo cruces con el dedo índice sobre la boca. Los súbditos que malvivían bajo la tutela de la Señora jamás le habían prestado atención a Corneta: la refinada urdimbre de sus razonamientos los excedía. Si conocían su rostro de barba cana y ceño plegado por la consternación se debía a que el gobierno había empapelado la ciudad con la foto de los periodistas independientes, a los que acusaba de delitos imperdonables como decir la verdad y combatir la doctrina del saqueo que inspiraba al gobierno. Esta incitación cobarde al linchamiento daba ahora su fruto venenoso. Y exigía un ejecutor autorizado:

–Es tuyo, Matopito. ¡Hay que hacerlo cagar!

–Vayan ustedes, muchachos –se desentendió el choricero, que se disponía a levantar la trinchera.

–Dale, puto. Vamo’ a faenarlo y lo tiramo’ a la parrilla –se escuchó entre la muchedumbre. El vino extraoficial le había soltado la lengua a la indiada. Pero antes de que Matopito emprendiera su vindicación a punta de machete (matando primero al que lo había insultado y después al periodista), una partida de hombres, mujeres y niños ya traía a los empujones, maniatado, al comunicador más lúcido e imaginativo de aquellos tiempos oscuros. Sus pantalones color ladrillo, de arriesgada elegancia como su verba, parecían haber frotado el piso. Su chomba, aunque despedazada por la agresión artera, mantenía en su pecho, inalterable, la frase que fue consigna de una generación de periodistas perseguidos: Queremos preguntar. El lema, sencilla afirmación de un oficio indispensable para la democracia, tenía el efecto de una bofetada para el orgullo de la Reina. No todos estaban dispuestos a callarse y aplaudir. Ni siquiera, en circunstancias extremas.

–¡Parásitos! ¡Choriplaneros infames! ¡La mordaza populista no logrará silenciarme! ¡Esto es muy loco, muy impresionante! –de desgañitó el rehén.

Matopito tomó uno de los chorizos resecos de la sobra, y lo empuñó como un facón.

–Gordito, no te hagás el atrevido que acá mando yo –dijo socarrón. El auditorio se sacudió de pronto la modorra del fin de fiesta. Una función imprevista demoraría el regreso al suburbio. Había que prestar la voz. Hacer bulto–. ¿Y a qué venís a la plaza, si sos enemigo del pueblo? –agregó el choricero mientras se acercaba a paso cansino.

–¡Destripalo y lo hacemos vuelta y vuelta! –insistió uno. Enseguida vaciaron sobre la víctima dos frascos del potaje especiado con que se adobaba el choripán. Un menjunje picante y oloroso que tuvo el efecto del fuego en los ojos del periodista. Ya no necesitaba sujeción: casi ciego, se revolcaba frenéticamente para uno y otro lado. No obstante, mantuvo su dignidad en alto.

–¡Estoy dispuesto a morir por la libertad de expresión! ¡¿Se creen que tengo miedo?! –los provocó. Y luego soltó una risa nasal, con sordina, como emitida por un dispositivo electrónico con una distorsión programada. La risa con la que habitualmente coronaba sus ácidos comentarios en radio y televisión. Era conmovedor.

Quizá para suavizar el pasmo de la multitud, que comprobaba en el individuo yacente y humillado una entereza que lo volvía superior, tan superior como un héroe, Matopito aceleró la acción. Sabía que al enemigo, en primer lugar, había que quitarle la palabra. Sobre todo a semejante enemigo. Mediante órdenes gestuales, mandó a que le taparan la boca. Con papales y basura.

­­­–¡Mejor una manzana para que muerda el chanchito! –se mofó una mujer. Sonaron aplausos y aullidos.

Pero el choricero no pensaba emplear sus técnicas de matarife. Con dos brutales movimientos, bajó los pantalones del periodista, que, dado vuelta, corcoveaba, sacudía la cabeza y bufaba como un potro chuzado por la espuela. No faltaron los voluntarios para plantarle la rodilla en la espalda y dejarlo inmóvil. Sacudido sí por el jadeo, última expresión de su resistencia.

–¡Eso, dale en la grieta! –fue el último comentario, el más lacerante, mientras Matopito, al ritmo impuesto por las palmas, torturaba a su presa con el embutido reseco. No duró mucho la algazara de la horda. El decoro –que no la voluntad de rendirse– impidió al periodista continuar respirando.

–Al final era un flojo –se lamentó alguno, de regreso a los ómnibus.

En aquel tiempo, los choriceros sodomitas eran los apóstoles que propagaban el régimen K. Y no es difícil imaginar las consecuencias trágicas de aquel despotismo primitivo y criminal. Pero, aunque cueste creerlo, un día, el arte del consenso pudo más que la prepotencia y los planes sociales. Y la luz de la razón restableció la normalidad en la república. Sirva el suceso aquí narrado como memoria vigilante y homenaje a los mártires.