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Desde pibe había tenido una profunda pasión por el fútbol. Esto era tan así que no podía dejar de pensar en él ni por un momento; todo le remitía a él. Tal vez era por la periferia de una infancia pobre y emocionante, tal vez por la mano de su viejo ajustando con firmeza a la suya rumbo al estadio.

Uno no puede saber por qué se enamora o apasiona de algo, son demasiadas las convenciones que acuerdan por sobre nosotros y superan nuestros dominios. La pasión sucede y es para siempre; puede traer la dicha y la desgracia, hacernos pasar por todos los desafíos y seguir insistiendo en que es lo mejor que nos puede pasar.

Lo cierto es que el fútbol lo fue atrapando a Javier como a todos los pibes. Primero fue en el potrero, un lugar marginal del barrio, de esos que en alguna modificación urbanística quedan como remanente no deseado y, por muchos años, son una falla sin resolución en el medio del barrio, un lugar que no es, un lugar de descarte.

Javier vivía en una ciudad que tenía la característica de entubar sus arroyos y ríos. Habían sido útiles para el suministro de agua y para el transporte, pero la ocupación de las riberas por distintas industrias y por gente que no tenía donde ir, fueron el escenario de lugares no considerados por el progreso, lugares pobres, de trabajadores precarios, de putas y de tangos bravos, de tauras y enfermedades estigmatizantes.

Por eso se entubó el arroyo y, sobre su lomo, quedó tierra pelada. En el barrio, una curtimbre fue la que estableció los primeros cambios, una empresa en dónde trabajaban los padres. Como aporte, la curtiembre había generado un vivero, un cuadrado del tamaño de una manzana con arboledas de pinos y jardines, alambrado propio que sólo podía ser disfrutado como paisaje. No se podía entrar. También le dejaba a la zona un nauseabundo olor que invadía toda actividad, hasta el mismísimo partidito de fútbol.

Entonces, donde alguna vez hubo un arroyo que desembocaba en el río, sólo quedaba una línea de tierra sin catastro, y que para la alegría del piberío podía acomodar sucesivamente una cantidad importante de canchitas de fútbol.

La última tenía una forma extraña, irregular, que jugaba con la idea de un paralelogramo que se apiñaba contra las vías del ferrocarril. Ese hueco limitaba a la derecha con el vivero de la curtiembre que tenía un verde césped como el de los estadios. Al otro lado, todavía permanecía erguida una tapera inmemorial, como una isla que hubiera quedado allí como registro ante los loteos que poblaron a la zona. Esa casa, alguna vez, estuvo a la orilla de un arroyo y conservaba aún un sauce que ya no bañaba su melena en las aguas. Ahora estaba frente a la canchita, al estadio, al que la pretensión infantil bautizó con un nombre: “El Monumental”.

El imaginario estadio representaba la tensión entre aquella tapera criolla y el nauseabundo olor del progreso, que prometía un verde reparador, como así también alguna medallita a fin de año para el mejor compañero en las escuelas de la zona.

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Allí se aprendió a jugar al fútbol y vivir la vida. Horas interminables, partidos que finalizaban en la noche cerrada del invierno, en los que apenas se adivinaba el trayecto de la pelota. Un lugar donde se aprendió a lidiar con los perros asesinos de la tapera, que recibían los balones que allí entraban con franca ferocidad. Se aprendió el arte del arrojo o el de la negociación para recuperar una pelota. También se supo cómo superar la frustración y saltar el alambrado del vivero para jugar en ese pasto increíble hasta que aparecía un guardián con un palo amenazante que obligaba a practicar el salto en alto del alambrado y la solidaridad; porque había que esperar la salida de todos los compañeros.

Fueron un cúmulo de aprendizajes los que se practicaron en ese lugar. Algunos tremendos, como sufrir la humillación de las hermanas y los hermanos menores, quienes venían a buscarnos al grito de “¡Mamá dice que te vayas a bañar!”

Javier era un pibe callado y estudioso de todo movimiento dentro de un campo de juego. Tal vez por eso empezó a darse cuenta que allí había algo que lo iba a atravesar, que lo acompañaría durante la primaria, la secundaria, en el decidido paso por la universidad y que lo iba a devolver ganador al barrio de origen.

Javier siempre supo que el conocimiento en ese irregular terreno era una iniciación, una erudita y dedicada preparación pedagógica que debía convivir con la formalidad de los aparatos oficiales de educación. Por eso estuvo dispuesto a generar un sincretismo, que le permitiría disfrutar de su pasión en forma permanente. Él se iba a llamar a la práctica del futbol por siempre y para siempre, por lo tanto eligió un costado distinto, un lugar propio que tendría códigos propios.

Se dio cuenta de que se le abría un mundo, como el de su querida Alicia en el país de la maravillas pero de fútbol, con inmensas posibilidades y combinaciones para un disfrute pleno y eterno. Y lo confirmó una tarde en la que volvía bajo la custodia carcelera de su hermano menor, que lo maldecía pues debió suspender los dibujitos animados en la tele para ir a buscarlo. Venía eufórico, salticando, haciendo ese movimiento tontuelo y sin gracia de una época de la educación física que parecía brotar del cuerpo cuando uno estaba feliz. Iba digno y contento, había jugado bien. Hizo un gol de rebote medio de chiripa pero que definió el partido. Fue en ese momento, cuando vio servida en el ángulo de una baldosa amarilla de esas parecidas a un paquete de vainillas, a una redonda tapita de Coca Cola. Metálica, gris, con la palabrita mágica en cursiva antigua y roja, dientuda en su circunferencia, con una pequeña muesca hecha por un destapador, sola y quieta. La miró y estableció la dirección del disparo. No fue más que acomodar el cuerpo, darle una inclinación leve que acompañe la dirección que uno quiere darle al shot y balancearlo para precisar y fortalecer el impacto. Le pegó con la cara interna del pie izquierdo, casi con la punta; un toque corto, justo y elegante, conformando un engranaje entre los dientes de la puntera de su zapatilla izquierda y los de la tapita. La tapita tomó el efecto justo, se elevó dos centímetros y giró a gran velocidad. Y entró, de manera limpia y silbante después de elevarse unos seis centímetros más y caer con elegante aterrizaje, por debajo de una puerta blanca que se hallaba a unos metros. Un perro ladraba y repiqueteaba detrás de la puerta en un parquet. La chapita ingresó por debajo en la esquina norte y se coló en un living que ofició de red. Golazo se dijo. Y allí empezó todo.

Esa noche le costó dormirse. No por el gol de chiripa que desconcertó al Gordo Santillán cuando la pelota pico mal y le hizo sapito sobre la pierna derecha, sino por la maravilla de haber hecho ese golazo con la tapita de Coca Cola. Reconstruyó la escena y todo cobraba un sentido, la vereda eran un campo de juego, la puerta un arco, el hocico del perro por debajo de la puerta un arquero inquieto que intuía el disparo, la inclinación de su cuerpo flaco con la pierna izquierda en posición de gol, su mano derecha en alto tapada por alguna letra de la portada de El Grafico, la izquierda con gesto hemipléjico contra un glúteo, la lengua afuera sobre la comisura derecha. Era la imagen de la perfección.

A partir de allí, el fútbol arrasó con todo. Mesas servidas por su madre en el hogar se transformaban en estadios increíbles, donde el ancho entre cuchillo y tenedor podía ser un arco; el de mamá y el otro el de papá y, en el medio, un movimiento incesante de jugadores que podían ser panes, saleros, aceiteros y destapadores que corrieran tras una pelota imaginaria de miga de pan las más de las veces.

Ir por las calles sumaba una cantidad de oportunidades para el juego, donde puertas de garajes, postes de luz, tachos de basura, árboles y cualquier esférico, se metían dentro de esa danza demencial que no lo dejaría de acompañar nunca más. Eran estadios de los más increíbles y eran juegos derivados del fútbol, donde la imaginación daba con criterios de cancha, juego, entrenamientos y mil posibilidades.

Por ejemplo un árbol de navidad podía ser un lugar donde se encontraban pelotas de todos los tamaños a distintos niveles de altura, que bien podían ser para entrenar el cabezazo de distintos jugadores de diferentes alturas en una supuesta carrera desde las inferiores de un club que presidia Papa Noel y en el cual soñó jugar. Una historia delirante, por la cual Papa Noel se llevaba a los niños a sus confines en vez de dejarles regalos. Y les otorgaba el regalo eterno de jugar en su equipo, que era pura felicidad y toque corto.

Así todo fue imaginación y desarrollo, un entrenamiento específico sobre un juego que daba placer y exigía nuevos conocimientos. Empezó a prestar atención a ciertas disciplinas científicas exactas, que sólo le permitían llevar adelante ciertos desafíos a la hora de seguir pensando en el fútbol. La aparición de la palabra bisectriz, nombrada por su tío Eduardo, almacenero en Don Torcuato, fue algo que resultó absolutamente motivador. Claro que su tío no era geómetra, ni matemático y esa palabra tenía que ver con la enigmática figura de Lev Yasin, un arquero apodado la Araña Negra.

Supo del gigante ruso y de su leyenda. Ayudado por su tía Cristina, que deba clases particulares de matemática, pudo entender antes de aprenderlo en la escuela –y aún mejor– que era lo que su tío quería decir cuando contaba que Yasín les hacía la bisectriz y que a los delanteros les quedaba un arco chico para definir. Para el tío Eduardo, la bisectriz era eso. Su tía Cristina lo sentó en una mesa y dibujó un ángulo y, desde el vértice, estableció una línea semirrecta que lo dividía en dos partes iguales. Se quedó con ese dibujito y entendió para siempre el concepto que gracias a la divulgación científica de su tío y a los conocimientos de su tía le darían un nuevo cambio a su vida.

Así surgieron infinidad de aproximaciones a la matemática y la geometría de forma desenfrenada e inexplicable. Sus padres y sus amigos vieron como el pibe se transformaba en una especie de geniecillo, que todo el tiempo resolvía cálculos dificilísimos.

Lo que nadie podía adivinar era que todo eso era por el fútbol. Las ecuaciones, sumas, restas, multiplicaciones divisiones y, con el tiempo, los logaritmos, derivadas, raíces cuadradas y estadísticas se materializaban en su cabeza gracias al fútbol. Y todo había aterrizado de la mano de un arquero ruso o soviético, para ser más preciso con la época.

La carrera de Javier siguió por universidades nacionales, doctorados en Europa, títulos honoris causa y reconocimiento internacional a quien había inventado la increíble matemática en el juego, un descubrimiento que ayudó a muchos a comprender ese conocimiento, pero sobre todo incorporó a miles de pibes de todo el mundo a entender y querer aprender las matemáticas. Jamás utilizó un ejemplo del fútbol para dar una explicación. Su teoría tenía cierta cadencia en la resolución de los problemas, que generaba demasiado placer y despertaba una gran curiosidad en los niños. Parecía que era algo armado para ellos.

Fundó en el mundo instituciones que promovían su método, lo extendían a barriadas populares y hacían que las cosas cambiaran en muchos aspectos de la vida cotidiana. Donde los niños, evidentemente llevaban al mundo hacia otro lado.

Una tarde repasó su vida, se pegó un viaje hasta el viejo barrio, se recordó recorriendo la cinta de tierra que tapaba al arroyo, ritual que repetía hasta que se juntaban los compañeros para iniciar el picado, se vio en una siesta, tirado en el piso, dándose cuenta que se podía sentir el poder del arroyo acompañándolos en su trayecto.

Pensó que debía volver y reencontrarse, tal vez, con aquellos lugares donde había hecho los primeros palotes, donde el amor quedó trunco en aquella noviecita que no entendía de sus ausencias, en las calles y en las mesas; entendió que debía recuperar algo, que el afecto de su padres ya no lo esperaría, pero que Sandrita iba a estar. No quiso la cursilería de una película argentina pero sí deseó el regreso, tan solo por amor, una palabra que nunca lo había perturbado.

Una vez una terapeuta le dijo que algo en él no andaba bien, algo obsesivo. Eso bastó para que no volviera más, no podía poner en juego toda su construcción, no podía salirse así porque sí de lo que le pasaba. Pensó que el afecto y el cariño los había puesto en su cruzada, en su juego que ayudó a los niños. Pero se sentía incompleto. Y por eso se decidió: debía volver. Y tenía que hacerlo como los héroes mitológicos. Ya había hecho su recorrido por otras tierras y otros estadios y debía regresar.

Entendía que todas las respuestas estaban allí: en su punto de partida, en aquel lugar en donde la tierra que tapaba a un arroyo escondido y entubado parecía bloquear toda posibilidad de aprender. Supo que no podría desentrañar los sentimientos que lo contrariaban si no volvía de alguna manera a desenterrarlos y dejarlos fluir, como lo había hecho con su teoría matemática. Un río son todos los ríos y no hay flujo que se pueda interrumpir. En su sistema de juego eso no pasaba porque se trataba de un sistema de interconexiones infinitas. Debía volver y encarar ese pasado, debía volver y enfrentar, si era posible, al amor y al arroyo.

Su llegada a la ciudad de los arroyos entubados coincidió con una gran inundación que, casualmente, fue en su barrio. Ocurrió lo que venía pasando: la naturaleza se manifestaba. Ya no existía la curtiembre ni la tapera; sólo una larga cinta asfáltica donde antes estaban los potreros.

Su llegada y el desborde del arroyo lo perturbaron. Quería ir hasta allí, cosa que hizo al otro día, pero ya el agua había bajado. Sólo quedaban marcas en las paredes, líneas con la altura a que había llegado la inundación.

Se paró donde estaba el viejo Monumental. Allí ahora había una placita que incorporó al viejo vivero. Todavía llovía, emprendió la retirada, hizo aquel recorrido inicial, el del día del descubrimiento. En su trayecto, dos pibes hacían jueguito con una botellita de plástico. Pensó que allí había algún grado de asociación, que tal vez se habían formado en su teoría del juego matemático y que, probablemente, desarrollarían una nueva sociedad de conocimientos.

Al doblar en la esquina volvió a estar ante la misma casa, con el mismo arco, ahora pintado de verde, detrás se intuía por sus ladridos al arquero. En el piso, pero en la baldosa de al lado a la anterior, había una tapita roja de Coca Cola, aunque de plástico y con sus letras en cursiva blanca. Los nuevos balones eran más livianos y coloridos. Entendió que el estadio estaba cambiado y no para mejor. Se predispuso para la definición y fue pegarle de nuevo en forma elegante. En ese momento la puerta se abrió y salió un perro enorme que se le vino encima. La tapita lo pasó por arriba y, por más que se estiró con mano cambiada, ya la tapita venía en bajada. En ese momento se dio cuenta de que la bisectriz era vencida por arriba y fue un alivio. Desde adentro de la casa se escuchó un llamado enérgico: “¡Yasin a cucha!” El dueño del perro peinaba canas y su abdomen hinchado era igual al de siempre. Era él nomás: el Gordo Santillán.