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1.

Es la madrugada porteña, Buenos Aires, febrero del 2019. La humedad agobiante y el hedor del asfalto anuncian la mañana. Hay desolación en las calles del centro, todavía plagadas de luces de neón y basura acumulada en las esquinas. Parece que la ciudad hubiera sido abandonada, un escenario de posguerra, un barrio devastado, las paredes pintadas con leyendas violentas que apenas se entienden. Un cartonero con el torso al descubierto, transpirado y sucio, traslada con esfuerzo un carro repleto de papel y cartones. Tras él camina Simón Klemperer pateando torpemente una latita medio aplastada como si jugara a la pelota. Está en el callejón más feo posible, el más sin salida de los callejones.

Lleva un andar lento que hace juego con la tristeza que lo rodea. Se mueve con dificultad, renguea como si le doliera al pisar. Lleva un bolso pesado sobre su hombro izquierdo que se acomoda una y otra vez para evitar que se le caiga. Despeinado, con ojeras, cara larga y varios días sin afeitarse. Un ser humano para el olvido. Más vale perderlo que encontrarlo.

Se detiene en una esquina, dobla a la derecha y desaparece, pateando la latita por última vez. Klemperer toca el timbre del pequeño departamento de su amigo Kámara. Klemperer y Kámara son periodistas e íntimos amigos; se conocen desde los nueve años. Trabajan en La Época, uno de los diarios más importantes de Argentina. Klemperer trabaja en la sección de policiales, experto como pocos en temas de violencia en el fútbol. Cubre las noticias relacionadas con mafias, hinchadas y dirigentes. Gentuza, matones, charlatanes, caraduras. La peor jungla.

No es de extrañar que Simón evite a la raza humana y acentúe día tras días su condición de paria. Kámara es el fotógrafo que lo acompaña a cubrir las notas. Kámara tiene treinta y seis años, uno menos que Simón, y la vitalidad se le escapa por los poros. Klemperer solo quiere retirarse. Retirarse del mundo. Hace años que está sumido en una crisis personal y ya no quiere saber nada de nada.

La crisis política del 2001 asoló con todo en el país. Desde entonces, el fútbol también vive una espantosa crisis. Todos los jugadores se fueron por chaucha y media a jugar a Europa, y las canchas, como el país, quedaron

despobladas. Fuga de piernas. El granero del mundo dejó de serlo y duelen los ojos al ver un solo partido de fútbol. Sin belleza ni alegría, se expanden como mala yerba la angustia y la violencia mafiosa que todo lo puede. El juego desapareció, ahora solo importa ganar… ¡Y todos pierden!

 

2.

Kámara se encuentra desparramado en su sillón, en calzoncillos, tomando cerveza de una lata y haciendo zapping en una inmensa televisión. Kámara es moderno y prolijo; su departamento es minimalista y ordenado. Klemperer es

todo lo contrario. Suena el timbre. Kámara se levanta como de mala gana, como padeciendo la interrupción de la pereza perfecta. Lo hace subir y le abre la puerta. Entra sin mirar, deja su bolso en el suelo y se desploma en el sillón.

Kámara lo mira un instante, toma el bolso, lo vuelve a dejar. No sabe qué decir.

—Me separé, Kámara, me separé. Me rajó, me hizo el bolso ella. Ni pude hacerlo yo. Es mi ropa, ¿entendés? El bolso no, pero la ropa sí. No tengo nada. Ni casa, ni mujer, ni bolso.

—Bueno, bolso nunca tuviste, si no era tuyo. Y ahora seguro te lo podés quedar, eso es bueno.

Beben whisky, fuman. Son las tres de la mañana, la botella de Johnnie rojo está casi vacía y el cenicero rebosa de colillas. Al fondo la tele permanece encendida en un canal de deportes, como siempre.

—El tema, pequeño adolescente, es que nos metieron en la cabeza que existe algo así como el amor de tu vida. ¡El amor de tu vida! ¡¿Qué carajo es eso?! Contame primero qué es el amor y después qué es la vida, y ahí seguimos avanzando. Kámara está a punto de responderle a la duda existencial pero antes se detiene a escribir algo en su celular.

—Claro —dice Klemperer—, vos no tenés problemas con nadie porque esa mierda no te deja mantener una conversación de más de dos minutos.

—Klemperer, tarde o temprano vas a tener que usar celular. Somos periodistas, al mundo le importa un carajo tu rebeldía solitaria. Comprate un celular y dejate de romper un poquito las pelotas.

De pronto, como llamados por un grave y sensual timbre femenino, voltean hacia la televisión: es Mariana Fuccile, la hermosa periodista rubia y de labios gruesos rojos naturales que conduce las noticias de la noche. Ambos la miran hipnotizados.

—Cada día está más hermosa. Por culpa de estas mujeres es que uno se confunde. La belleza a veces va en desmedro de la verdad —dice Klemperer, mientras se sirve lo que queda de whisky.

—¿En desmedro, mandaste? ¡En desmedro! ¡Que lo parió, cuánto nivel!

Kámara sube el volumen. Al pie de la pantalla se lee:

NUEVO ATENTADO DE LA BANDA DE LOS PANZERIS

La cosa era así: hacía tres fechas que había dado inicio el Campeonato de Apertura. Había comenzado tanto o más aburrido que el anterior, un sopor permanente, salvo por la siguiente razón: en la segunda fecha, cuando estaba por comenzar el partido entre San Lorenzo de Almagro y Rosario Central resultó que los árbitros del partido no encontraban ni sus silbatos ni sus banderines. No estaban por ningún lado. El partido comenzó una hora más tarde de lo previsto y los árbitros fueron la risa del país entero. Al día siguiente aparecieron los banderines en la puerta de la Federación Nacional de Árbitros con la siguiente leyenda escrita:

FÚTBOL O NADA

La cosa no pasó a mayores. Hasta que llegó la tercera fecha. Sábado a la tarde debían enfrentarse Chacarita y Vélez Sarsfield. Cuando faltaban unos minutos para el inicio, en la salida del túnel se aglomeraban árbitros, dirigentes, delegados, jugadores, periodistas, aguateros y chismosos. Desde la trasmisión se pudo escuchar al presidente de Vélez y al delegado de cancha hablándose a los gritos: ¡¿Cómo que no hay pelotas?! ¡No hay pelotas, señor! ¡¡Ni una!!

¡¡Estaban aquí hace veinte minutos, pero ahora desaparecieron!!

El partido no pudo comenzar hasta que fueron a buscar pelotas nuevas a la Federación de Fútbol. Una hora y media después comenzó el partido. La prensa relacionó el caso con lo ocurrido la semana anterior con los banderines y los silbatos, sin embargo el asunto no tomaba una magnitud considerable. Eran sucesos, digamos, entre graciosos y molestos, pero nada más.

El lunes ocurrió algo en la oficina del presidente de la Federación de Fútbol Argentino. El muy poderoso y poco honorable señor Prondono se encontraba en su oficina de la calle Piamonte, medio al pedo, disperso en alguna pavada sin importancia, sacándole con la uña la mugre a un soldadito de lata que vivía paradito en su escritorio, cuando de golpe un estruendo de cristales rotos lo sobresaltó.

La ventana había estallado en mil pedazos y, al girarse, don Prondono vio una pelota de fútbol que se acercaba a él, mansa y tranquila, que rodó por el piso hasta detenerse a sus pies. A la pelotita solo le faltaba mirarlo y mover la cola. Don Prondono: extrañado, gordo, lento y torpe, hizo enormes esfuerzos para agacharse y levantarla. La tomó, comenzó a mirarla y hacerla girar en sus manos hasta que se encontró con unas siglas escritas al estilo logotipo de V de Vendetta o El Zorro.

Don Prondono encendió la alarma, la pelota apareció en todos los medios y la hasta entonces desconocida banda de Los Panzeris comenzó a tomar notoriedad. Al día siguiente la rubia y descomunal reportera Mariana Fuccile recibe una carta en la oficina del canal. Es una carta de la banda de Los Panzeris que dice:

TENGAN A BIEN DEVOLVERLE LA ALEGRÍA AL FÚTBOL.

EN CASO CONTRARIO, SUFRIRÁN LAS CONSECUENCIAS.

La carta es leída con saña y gusto sensacionalista en vivo y en directo. Fue en ese momento cuando el país entero comenzó a tomarse en serio la cosa. Ya no era tan graciosa la bendita bandita. Es el verano con más calor que se recuerde y el campeonato con menos goles de la historia. La cosa se pone a cada minuto menos graciosa y el país prende con agua.

 

 3.

Bastián Sierra es el director del diario La Época, un hombre de casi sesenta años, alto, pelado y malhumorado, con una panza que diariamente curva, tensa y deforma su habitual camisa a rayas. Sale de su oficina hacia el pasillo de la redacción, camina hablando por teléfono, se detiene, termina la llamada y grita, eufórico y furioso: ¡¡¡¿Alguien lo vio a Simón Klemperer, carajo?!!! ¡¡Dónde mierda se mete este tipo cuando se lo necesita!! ¡¡La puta madre que lo parió!!

Sierra lleva días llamándolo a su casa sin suerte, hasta que un día contesta su mujer:

—¿Me puede decir cuándo mierda se va a comprar un celular este tipo?

—Yo creo que nunca, señor Sierra. Sepa usted que él ya no vive aquí y que no sé dónde está. Simón vive en los años noventa… Ahí se quedó, y no sé si quiere dejar de hacerlo. Una cosa tengo clara: a esta casa no vuelve hasta que no viva en el mismo siglo que yo.

Kámara se despierta por el sonido de su celular. Mira en la pantalla, ve que se trata de Sierra, se incorpora rápidamente y contesta intentando disimular la voz de dormido.

—No, Sierra. Sí, Sierra. No, señor Sierra. Bueno, señor Sierra. Sí. Yo lo busco a Klemperer, señor Sierra, y en cualquier momento estamos ahí los dos. Sí, Sierra. No, Sierra. Sí, Sierra.

—Simón, sos un pelotudo —dice Kámara, arrojando el celular sobre la mesa—. Sierra te está buscando desesperado y yo no le pude decir que estabas acá porque si no… ¡No me va a dejar en paz! Y tampoco le puedo decir que no sé dónde estás porque si no… ¡No me va a dejar en paz! ¡Ponete media pila, chabón! ¡Solo media! ¡Y andá a la oficina!

Klemperer se niega a todo, no sale de la casa, no quiere volver a la oficina, no le interesa el fútbol, no le interesa su trabajo, no le interesa su vida y no soporta el paso del tiempo. Simón solo habla en profundidad con Rubén, el viejo kiosquero que tiene su puesto de diarios a unos metros de la puerta de la redacción de La Época. Rubén fue un gran amigo de su padre y desde hace muchos años habla con él de fútbol, con resignada pasión. El padre de Simón murió en 1998, en un extraño accidente de auto, en condiciones sospechosas, cuando estaba en mitad de una profunda investigación acerca de los lazos entre la policía y algunos dirigentes de muy dudosa moral.

 Cuando Rubén habla de la banda de Los Panzeris le brillan un poco los ojos. Cuenta de cómo era el fútbol antes, de cómo el vil negocio y las sumas de dinero exuberantes han creado un tipo de futbolista moderno y triste, condicionado por la firma de contratos millonarios y sin objetivos deportivos; de cómo el actual sistema ha creado un jugador angustiado y que con angustia no se puede jugar; de cómo aquello que fue un juego ahora es territorio de bandas, mafiosos y negociantes. Entre charla y charla, Rubén le cuenta al joven Klemperer quién fue Dante Panzeri.

—Simón, tenés que saber que tu viejo pensaba así. Él pensaba, jugaba y escribía así, como Panzeri. Esa banda toma su nombre porque él ya anunciaba la decadencia del fútbol hace unos cincuenta años, la decadencia de todo este sistema que ahora estamos viviendo, Simón. Se juega al fútbol como se vive.

—Bué… Está bien…. Pero ¿qué tiene que ver Panzeri con mi viejo?

—Pues mucho, Simón, mucho. Es hora de que despiertes un poquito, eh.

 

4.

Klemperer parece un nene con pataleta, aunque barbudo y tomando Johnnie rojo, pero nene al fin. Kámara lo sube al auto a la fuerza, prende la radio a todo volumen, lo sienta en el asiento del copiloto y lo lleva a la oficina.

—No entiendo para qué siguen dando noticias en la radio si a nadie le importa un carajo— dice Simón, y se queda dormido al instante, babeando contra el asiento.

Ya en la oficina, Simón está sentado frente a Sierra. Sierra lo mira a Simón. Simón mira al suelo, como taimado.

—Das asco, Klemperer, en serio, sos una lágrima total. Me das ganas de llorar. Pero, como te imaginarás, no lo voy a hacer. O escribís o te echo. O te cago a piñas, vos elegís.

—¿Y si me sirve un whisky, Sierra?

—Mirá, Klemperer, el boludo de Vignolo no para de escribir boludeces sobre la banda de Los Panzeris. Cosas que vos sabés mucho mejor que él. Es primera vez en la historia que Hoja/13 vende más que nosotros. El caso de la banda es tuyo. Escribí, que si no, te rajo.

—Sierra, ¿por qué no me sirve mejor un whisky de los buenos, que Kámara tiene solo de los baratos? Y… después me echa, si quiere. Le juro que no me resisto.

 —¡¡¡Kámara!!! ¡¡¡Sacame a este pelotudo de aquí!!! ¡¡¡Te lo pido por favor!!! ¡Y encargate de que se ponga a escribir, o te vas a la mierda con él!

Días después comienza la cuarta fecha. Simón vuelve al departamento de Kámara. Se sirve un Johnnie, se tira en el sillón, pone los pies sobre la mesa, prende la tele y se enciende un pucho. Klemperer y Kámara miran el último partido de la fecha. El sonido del ventilador se entremezcla con el del aire acondicionado.

—Che, Kamarita… No tiene sentido que tengas el ventilador y el aire acondicionado encendidos a la vez.

—El aire es para bajar la temperatura y el ventilador para ventilar —responde Kámara.

—Pero se supone que sí tenés aire no necesitás ventilador.

—¿Quién supone?

—Nadie en particular. Cuándo uno dice se supone, está haciendo referencia a un saber o costumbre generalizada.

—No es lo mismo que baje la temperatura a sentir vientito —insiste Kámara.

—No, lo que pasa es que no querés aceptar que el aire no anda.

—Sí, hay que recargarle el gas. Pero el ruido me hace bien, solo escucharlo hace que tenga menos calor.

Todos los partidos se han jugado con normalidad hasta que nuevamente algo sucede. Se enfrentan Racing e Independiente. En la salida del túnel un enjambre de árbitros, delegados, periodistas y chismosos discuten a los gritos,

algunos llevándose las manos a la cabeza, otros haciendo montoncito con las manos. Los equipos no tienen la ropa en sus vestuarios, no la encuentran por ningún lado. No hay camisetas de reserva tampoco. ¡Ninguna! Una hora después, sin conseguir camisetas de reemplazo por parte de los clubes, las autoridades dan por suspendido el partido.

Al día siguiente aparecen las veintidós camisetas en el sureño barrio de Avellaneda, colgadas de una soga, de edificio a edificio, a la vieja usanza. Cada camiseta tiene una letra en el pecho. Al observarlas, de lejos todas alineadas se puede leer:

LA BANDA DE LOS PANZERIS

 Esa misma mañana a primera hora se emite en todos los canales de televisión una conferencia de prensa conjunta de don Prondono, presidente de la AFA y Octavio Baldani, jefe de Seguridad de la Presidencia de la Nación:

—No nos dejaremos amedrentar por un grupo de violentos ni por ninguna banda terrorista que pretenda con actos vandálicos y carentes de sentido, interrumpir el espectáculo predilecto de todos los argentinos. Nos encargaremos de asegurar el derecho a la seguridad y el entretenimiento de la población.

 

5.

—Simón, se afanaron las camisetas de los equipos, las dejaron colgaditas para que las viéramos, hay conferencia de prensa, las hinchadas salieron a la calle y finalmente atacaron a un dirigente. Y vos seguís ahí tirado sacando raíces.

—¿Y el dirigente se murió? —pregunta Simón mientras comienza a vestirse.

—No, no se murió —responde Kámara.

—Viste cómo es la cosa, ¿no? Estos hijos de puta nunca se mueren. Qué calor, viejo… ¿Cuántos grados hace?

—Treinta y ocho. ¿No vas a escribir nada?

—Al dirigente no lo atacó la banda, eso lo hace la cana para que la banda aparezca como violenta. Quieren deslegitimar su actuar pacifico… Sí, algo voy a escribir.

—¡Eso quería escuchar! Por fin estás despertando.

—Voy a escribir algo solo para ver si Sierra me echa de una puta vez. Me quiero ir al campo y rascarme a dos manos.

Klemperer se levanta y se hace un café con leche, al que le echa un chorrito de whisky. Después se dirige a su mochila, saca una Olivetti del año 91 y se dispone a escribir.

—Che, Kámara, ¿tenés hojas? Me quedan solo tres.

—No, abuelo, no se usan más las hojas.

Simón comienza a teclear. Al cabo de tres cafés irlandeses termina la nota y le pide a Kámara si la puede llevar a la redacción de Hoja/13. Al día siguiente todos hablan de la nota de Klemperer. Sierra se quiere morir. No puede creer que su diario haya publicado un artículo de opinión reivindicando a la banda de Los Panzeris. Llama a Kámara por teléfono.

—Decile que lo voy a rajar a la mierda.

 —Eso es lo que intenta, Sierra, dice que se quiere ir al campo.

—¡Pero qué hijo de puta que es! Decile entonces que no lo voy a echar, que no lo voy a indemnizar, y que si no se desdice y lo publica de inmediato lo voy a meter preso por apología a la violencia.

Don Prondono está en su escritorio de la Federación. Lee a Klemperer sosteniendo el diario en su mano derecha, mientras con la izquierda acaricia la pelota firmada por la banda: Parece que finalmente alguien se acordó de esa cosa olvidada llamada fútbol, ¿recuerdan? Se trata de un juego donde algunas personas intentaban meter gol. Parece que alguien tiene el coraje de recordarnos que esto que estamos viviendo no es fútbol. Que es una lágrima. Que no es nada. Termina de leer, agarra el teléfono y llama al jefe de policía: “Buenas tardes, Gutiérrez, tanto gusto saludarlo. ¿Me podría usted decir quién es ese tal Simón Klemperer?”

 

6.

La quinta fecha se juega normalmente. No faltan los silbatos, ni los banderines, ni las pelotas, ni las camisetas, ni nada. La cosa parece estar en calma. El jefe de Seguridad anuncia por televisión que se han multiplicado los efectivos en todos los estadios del país y asegura que la banda no volverá a aparecer.

Comienza la sexta fecha y sigue sin faltar nada, en principio. Se juegan sin problema los primeros partidos, todos bajo un calor infernal. Solo hay tres goles en tres partidos, uno por partido, y se han jugado ya nueve partidos de la fecha. Es decir: seis empates a cero goles y tres con un solo gol. El tedio es descomunal, no hay una sonrisa ni por casualidad. No hay goles, no hay alegría, no hay nada. Solo calor.

Son las nueve de la noche del domingo y da inicio el último partido de la fecha, River Plate contra Newell’s Old Boys. Se juega el segundo tiempo y van cero a cero. Los goles no llegan y la temperatura no baja. Se desarrolla el partido con total normalidad cuando un apagón deja la cancha a oscuras.

Unos minutos después, cuando la calma en el estadio parece comenzar a irse para dar paso al caos, la pantalla del estadio parpadea un instante, se apaga, parpadea nuevamente, atrae las miradas de todos y se vuelve a prender. Tres personas están sentadas con el rostro cubierto con máscaras caricaturescas de Bochini, Sócrates y Maradona, uno al lado del otro, cual banda terrorista. No dan mucho miedo. Se cagan un poco de risa, la verdad. Sócrates le dice a

Maradona: “Te dije que iba a funcionar, pero vos no confiabas, ¿eh? Qué duro que sos, Dieguito”.

—Buenas noches, gente querida —habla Bochini al país entero, que se encuentra paralizado—. Después de varios intentos por las buenas sin conseguir nada, hemos decidido tomar una medida drástica y sin precedentes: vamos a secuestrar los goles. Sí, reitero: vamos a secuestrar todos los goles del campeonato argentino. Así mismo, como oyen, y no los devolveremos hasta que este juego, llamado fútbol, no vuelva a ser el juego que fue. No tiene sentido aburrirse tanto para no ganar nada. Los poderosos nos tendrán que devolver la alegría si no quieren que este juego se termine de verdad.

Los integrantes de la banda se despiden alegremente y la pantalla se apaga. Regresa la luz al estadio y después de varios y eternos segundos de quietud, silencio absoluto, sorpresa y estupor, se reanuda el partido, que finalmente termina cero a cero.

El hecho trasciende el ámbito futbolístico. Todo el mundo está frente a los televisores. Nadie sabe muy bien cómo abordar el asunto, nadie sabe qué pensar.

—¿Qué es esto? —dice Fuccile ante los ojos de la población—. ¿Un chiste de mal gusto? ¿Una amenaza real? ¿Un cuento de realismo mágico? ¿Una obra de Juan Rulfo? ¿Una mala copia de V de Vendetta? ¿Una versión criolla de El club de la pelea? ¿Qué se hace ante tan extraño suceso? Nadie, ni el más pesimista, ni el más religioso, ni siquiera un niño, ingenuo e inocente, creería que tal afirmación podría convertirse en realidad. ¿Con qué tipo de criminales nos enfrentamos? ¿Qué fuerza se oculta detrás de la banda de Los Panzeris?

Klemperer está completamente embobado frente a la pantalla.

—Esta mina no se puede creer, Kámara, no puede ser tan hermosa… ¡Hasta habló de Rulfo! Solo faltó que citara algún pasaje de El llano en llamas.

—Esa mina es lo peor y vos sos el zonzo más zonzo de la tierra. Todo el espíritu crítico se te agota ante unos labios rojos y un par de tetas —responde Kámara—. La mina quiere fuego, quiere sangre, quiere a la banda en la cárcel y ser la jefa del canal.

—Pero qué linda es…

—¡Ah, bue…! Estás hecho un pelotudo.

Pocos minutos más tarde suena el teléfono de Kámara, quien atiende y le acerca su celular a Klemperer.

—No, no, decile a Sierra que no estoy. Decile que me tiré del balcón, que me morí…

—No es Sierra —le dice Kámara, bastante nervioso—. Es una mujer.

—Decile a mi mujer que no me importa su arrepentimiento, y que no le voy a devolver el bolso, que le queda justito a la Olivetti. Ah, sí, decile también que me morí, que tenía razón cuando decía que me iba a morir joven.

—Es Mariana Fuccile, boludo. Quiere hablar con vos.

—No me jodas, Kámara, ahora resulta que además de lindo sos gracioso. Con esos chistecitos no, ¿eh? ¿No ves que estoy sensible?

—¡¡Simón!! ¡Es Mariana Fuccile y quiere hablar con vos!

Klemperer tiembla por unos segundos y forcejea con Kámara, rechazando el celular, hasta que se deja vencer y lo agarra con terrible miedo. Con la voz baja y temblorosa pregunta quién es.

—Hola, Simón, soy Mariana Fuccile.

—¡Ah mierda! —grita Simón—. ¿Mariana Fuccile? ¿La de la tele? No, no puede ser. ¿No estabas en la tele hace cinco minutos?

—Sí, pero ya me salí. Así es la tele. Hace mucho que quería conocerte. Sé que estás con el caso de Los Panzeris y yo tengo muchas dudas al respecto. ¿Te parece que nos encontremos? Tengo información para intercambiar.

—Sí, claro. Bueno… Este… y… ¿Y por qué debería interesarme a mí tu información?

—Sos lindo, ¿eh? Me hacés reír. Eso lo tenés que juzgar vos. Aunque sea me podrías invitar a tomar algo.

 

7.

A la mañana siguiente Simón sale temprano de su casa, se toma un café con whisky, sale afeitadito y se va al quiosco a ver a Rubén.

—Estás raro, Simón, algo te pasa, algo bueno parece.

—No, nada, ¿por qué lo decís? Solo vine para saber algo más sobre Panzeri y sobre la banda.

 —Ah, sí, claro. Pero algo te pasa… Es la primera vez en años que te veo afeitado.

—Imposible, no puede ser que no me afeite nunca. No puedo ser tan lamentable. Entonces… Panzeri, ¿quién era?

—Panzeri fue un visionario, un periodista de los años sesenta y setenta, el mejor de los periodistas. Un hombre que criticó la maquinaria que se estaba armando alrededor del fútbol. Un francotirador con una crítica ácida y fina. Nunca lo pudieron comprar. Murió hace casi cuarenta años.

—Mirá vos… ¿Y por qué nadie habla de él?

—Porque es peligroso para el sistema.

—Mirá vos… Y mi viejo…

—Tu padre —interrumpe Rubén— te dejó un tesoro aquí hace casi veinte años. Me pidió que te lo entregara solamente si vos preguntabas por él, si venías a pedírmelo. Y creo que es buen momento.

Rubén saca de un pequeño cajón un ejemplar antiguo de un libro de Dante Panzeri. Se titula Fútbol. Dinámica de lo impensado.

—Simón, esto es para ti. Este ejemplar original se lo regaló personalmente Dante Panzeri a tu viejo, el gran Enzo. Es un gran libro, cuídalo. Aquí está todo, o casi todo, el pensamiento del Dante.

Simón lo abre y lee en la primera página la dedicatoria manuscrita y firmada: Para hacer el bien es necesario destruir el mal y ese es un camino plagado de enemigos. Al joven Enzo Klemperer, con afecto, DANTE PANZERI

Klemperer mira fijamente el libro, impactado, silencioso, paralizado. Un pequeño brillo asoma por sus ojos. Le da un abrazo a Rubén y se va con el libro, nervioso y medio apurado A los pocos metros se da vuelta para mirar a Rubén, como sabiendo que este le estaba por decir algo.

—No seas boludo, no hagas todo esto por una mina.

Simón sonríe, por primera vez en años, y sigue su camino.

Ya en casa, Klemperer lee Fútbol. Dinámica de lo impensado en la cocina. Lee, lee y no para de leer. Pasan horas y él sigue ahí. Kámara pasa por al lado suyo y le dice:

—Es impresionante cómo se incrementó repentinamente tu interés en el caso, ¿eh? Y ni hablar de tu interés en tu estética personal. Tené cuidado con esa mina, no seas boludo.

—No sé de qué me hablás.

—No… Y yo nací ayer. Vos tené cuidado con esa mina. Igual tranca que estás muy lindo afeitadito. Al menos ya no parecés de cincuenta.

 

8.

Sobre la mesa del bar hay un vaso de whisky y una botella de Coca-Cola Light a medio tomar. Klemperer y Fuccile conversan.

—Mirá, Klemperer, en el canal se están volviendo locos con el tema. Quieren datos, algo de información fidedigna. O al menos verosímil. Allá nadie sabe nada y yo quiero ser la primera en informarse.

—Pero yo no tengo la más puta idea —responde Simón.

Mariana sonríe provocativa. Se pone de pie y lentamente camina hasta el sillón de Klemperer y se sienta al lado.

—¿Cuál es la clave, Simón?

—La verdad, no lo sé… Creo que lo primero que habría que hacer es conocer mejor a Panzeri —responde Klemperer, y se toma un largo trago de whisky—. Pero no sé si eso a vos te interesa.

 

9.

Las siguientes tres fechas se juegan con relativa normalidad: sin robo de pelotas, camisetas o silbatos, pero también sin goles. Todos los partidos terminan empate a cero. La gente comienzan a temerle al acto de magia anunciado. Todo el mundo habla de lo mismo. Los diarios titulan:

CREER O REVENTAR: TODOS LOS PARTIDOS CERO A CERO

BANDA TERRORISTA DEJA SIN GOLES AL FÚTBOL ARGENTINO

UN MES SIN GRITO SAGRADO

LA TRAGEDIA SOBREVUELA LA ARGENTINA

Sierra y Klemperer están sentados frente a frente, se miran en silencio. Sierra levanta las cejas, Klemperer hace lo mismo. Sierra hace un gesto con la mano como para que le dé algo.

—Dame algo.

—¿Algo de qué?

—Algo, Klemperer, dame algo. Si voy hasta la estación de servicio, me bajo del auto y le doy la llave al chico que maneja el surtidor, ¿qué le estoy pidiendo?

—Nafta o Gasoil.

—Exactamente.

—O GNC.

—Dale forro, combustible de todas formas. En una estación de

servicio, pido combustible. Pero a Simón Klemperer no se me ocurriría pedirle combustible, porque Simón Klemperer no trabaja en YPF. No, Simón Klemperer es uno de los periodistas y redactores más reconocidos del país. Por eso le pido notas. Diez notas, cinco notas, una nota, algo. Pero él no me da nada. Y yo necesito algo, algo sobre los Panzeri. Si no mi auto no anda. Entonces… Dame, dame una nota antes que termine el día. Lo que sea, pero dame algo.

Pero Klemperer tiene la mirada fija en una mesa baja que está detrás de Sierra.

—Sierra, el etiqueta negra ese que tiene ahí… ¿No lo piensa abrir?

En la tapa de La Época se lee la nota de Klemperer, titulada “Réquiem por el fútbol”, en la que reivindica nuevamente el accionar de la banda y cuestiona el fútbol en su totalidad.

Donde los poderosos de turno son los responsables de la muerte del potrero, de la creatividad y de la inocencia. Hoy esa llama de rebeldía, sobrevive únicamente en la acción y reivindicación de la banda de Los Panzeris.

—Simón, sos un verdadero pelotudo —dice Kámara—, nos van a rajar a la mierda. No podés ser así. Sierra nos va a matar a los dos.

 —Pues seré muy pelotudo, pero el diario está agotado en todas partes. Yo creo que Sierra debe estar cambiando sus principios por unos cuantos pesos.

—No puedo creer que hagas todo esto solo para impresionar a Fuccile. Y encima crees que no me doy cuenta. Qué básicos que somos, ¿eh?. Dos más dos.

Mientras tanto, don Prondono está indignado en su oficina, comienza a sulfurarse. Le cuesta respirar, hace ruidos en cada inhalación y le sale humito en cada exhalación. Vuelve a leer en el diario la nota de Klemperer y golpea la mesa gritando: ¡¿Quién carajo es este Klemperer?! Y llama por teléfono al jefe de seguridad:

—Baldani, ¿cómo andás? Escuchame negro, algo hay que hacer con esta banda de Los Panzeris, necesitamos un gol urgente, esto se nos va a la mierda. Ah, sí, y hablá con tus hombres para que se encarguen de este tal Klemperer. No me gusta su existencia.

Ese mismo día, Mariana llama al teléfono de Kámara.

—Hola, Kámara, ¿cómo estás? ¿Está Simón por ahí? Kámara lo tiene en frente y le pasa el teléfono con gesto de desaprobación.

—Hola, Mariana. ¿Cómo andás?

—Sos un genio, Simón —responde ella—. Faltan valientes como vos. ¿Qué te parece si nos vemos? Pido sushi y te espero en casa.

Mariana corta el teléfono y Kámara adivina lo que está pasando.

—Me la juego que en este instante te vas a afeitar de nuevo, me la juego que te estás comiendo el juego enterito. Me la juego.

 

10.

Simón camina a buen ritmo por el medio de la calle. La noche porteña está desierta. Se dirige a casa de Mariana. Unos perros destrozan y esparcen una montaña de bolsas de residuos. A lo lejos arden en calma varias carcasas de autos.

Una vez en casa de Fuccile, Simón camina por el amplio living del acomodado departamento del barrio Belgrano. Una barra de desayuno lo separa de la cocina donde Mariana prepara unos tragos. Klemperer mira los libros, lee los títulos y autores con atención. Hace lo mismo con algunos discos. Luego se queda fijamente observando una foto de Mariana en bikini en la playa. Sus ojos van y vienen de arriba abajo.

—Sos un investigador algo descarado vos —dice Mariana,  acercándose a él con los tragos.

—Solo estaba mirando más de cerca lo que está a la vista.

—Así nomás, sin pedir permiso —se detiene ella.

—Digo yo que si está expuesto puede verse sin pedir permiso.

Mariana lo mira sonriendo, como disfrutando la conversación.

Da un paso más en dirección a él, ya están a pocos centímetros, casi se tocan. Pero no hay roce.

—Deberías considerar que las cosas vistas de cerca no se ven igual. Y que no es lo mismo mirar un libro en el estante que agarrarlo y abrirlo—. Mariana se sienta en un sillón de aterciopelado tapiz verde totalmente acorde con el resto del departamento, tan moderno y recargado de adornos. Suena su celular. Estira la mano para agarrarlo pero Klemperer la toma de la muñeca y se lo impide. Ella lo mira sorprendida. Se acerca más a él y lo besa. Un beso. Dos. Tres. Calor y furia. Se desabrochan los botones, vuela la ropa por los aires.

A la mañana siguiente Simón se despierta con el ruido de golpes en la puerta. Está en bolas y desparramado en una cama que apenas reconoce. Los golpes son firmes y se repiten varias veces. Se da vuelta y ve que Mariana llora

sentada al borde de la cama. Llora en silencio y disimula. Se seca las lágrimas mientas se viste. Se incorpora y se dirige a la puerta. Simón no entiende nada. Escucha a Mariana abrir la puerta del departamento. Se incorpora y camina hacia el living en calzoncillos. Apenas atraviesa la puerta de la habitación ve a Mariana sollozando frente a la ventana. No logra mirarla de frente. Entonces entra al living y se encuentra con la policía.

—Señor Klemperer, queda usted arrestado como sospechoso de ser el líder de la banda de Los Panzeris. Todo lo que diga puede ser usado en su contra —Simón no dice una sola palabra, se viste tranquilo y sale esposado sin ofrecer resistencia mientras Mariana lo mira por la ventana.

 

11.

En las noticias se ve a un reportero recorrer las calles. Relata en vivo: La profecía se está cumpliendo, se robaron los goles y el caos se expande en la ciudad. La fantasía es realidad y tiene forma de pesadilla. El caos reina en las calles. La gente quiere goles y no llegan.

Se llenan de manifestaciones los barrios. Vuelan piedras, arden los clubes de fútbol, la policía montada reprime a los manifestantes. Fuego, gases y humo se mezclan entre la gente corriendo.

El reportero anuncia una noticia urgente y da paso a las declaraciones del jefe de Seguridad de la Nación, el señor Baldani: Hemos detenido al líder la banda. Se acabó el terror. No vamos a permitir que estos antisociales se burlen de nuestra democracia. Hemos duplicado las fuerzas de seguridad en los estadios y la fecha se va a jugar en paz hasta el último partido. Les aseguro que va a haber goles, lo que ocurrió es solo una fatalidad conducida por un efecto psicológico del temor.

El calabozo está iluminado por una lámpara que cuelga desde el centro del techo, tenebrosa y amarillenta, que ilumina a Klemperer de pie y esposado contra una columna que atraviesa el recinto. La zona iluminada se expande en un pequeño diámetro circular a su alrededor, dejando el resto del calabozo en penumbra. Desde la oscuridad se enciende la luz de un habano consumiéndose, lo que deja entrever de manera intermitente los rostros de don Prondono, Baldani y el jefe de policía. Este último se acerca hacia Klemperer con su bastón en la mano y le susurra al oído:

—Te conviene colaborar. Hacela corta papá.

—Simón, decime, ¿por qué sabes tanto de ese tal Panzeri? ¿Por qué apoyás tanto a la banda? —pregunta Baldani—. Necesitamos saber dónde encontrarla, y más te vale que sepas cómo. Klemperer no contesta. El jefe de policía le pega un bastonazo en la rodilla. Klemperer cae arrodillado gritando de dolor. Baldani lo mira a don Prondono y le dice:

—Puede hablar. Menos mal, pensé que le había pasado algo. Aquí nuestro compañero tiene un palo medicinal. Entonces continuemos. ¿Qué relación tenés con la banda?

—Ninguna —dice Klemperer.

—Aplicale más medicina, por favor.

 El jefe de policía le da varios bastonazos en el cuerpo. Klemperer grita y se retuerce de dolor.

—Si no te va esta corriente médica podemos pasar a la acupuntura.

 

12.

Está por empezar la conferencia de prensa, la sala está repleta de periodistas y de policías custodiando el lugar. Se oyen cantos de una hinchada proveniente de algún sector externo al salón. Don Prondono y Baldani ingresan a la sala y

se sientan frente a los micrófonos. Los flashes de las cámaras invaden el lugar. Los gritos y murmullos son generalizados. Se oyen algunos insultos y silbidos. Baldani toma un trago de agua y se dispone a hablar leyendo una hoja impresa que acomoda sobre la mesa.

—Como ha trascendido, a través de un brillante operativo, hemos dado captura al líder de la agrupación terrorista que se hace llamar la banda de Los Panzeris. Esta hoja que tengo en mis manos es una nueva amenaza de la banda, ante la cual no nos hemos doblegado, y dice lo siguiente: “Si devuelven a

Klemperer, se acaban los atentados”. A través de esta conferencia comunicamos que tanto el Gobierno como la Asociación de Fútbol Argentino (AFA) rechazan cualquier tipo de tregua con los integrantes de la banda de delincuentes y tenemos la enorme satisfacción de anunciarles que la paz y la armonía han vuelto a nuestras vidas. No aceptaremos ningún chantaje. Que continúe el espectáculo. Muchas gracias y que tengan buenas noches.

 

13.

Esta por empezar un nuevo partido. El comentarista luce sonriente y emocionado al presentar la trasmisión. “Señoras y señores, podemos afirmar que vuelve el fútbol grande de la Argentina. Vuelve la alegría. Es hora de dejar atrás los tiempos de oscuras amenazas y disfrutar de estos tiempos de paz y justicia que se avecinan. Los culpables tras las rejas y la pelota rodando”.

Los jugadores de Boca hacen ejercicios de calentamiento, jueguitos con la pelota, miran al suelo concentrados. Aún no ha salido Huracán, el equipo contrario. El comentarista continúa emocionado su relato: ¡Vuelve la fiesta del fútbol! ¡Vuelve la pasión! ¡Solo falta que salga el Club Atlético Huracán a la cancha!

 Los jugadores de Boca Juniors están formados para empezar el partido pero nada, no aparece el equipo contrario. Pasa el tiempo, la espera se alarga. Se acerca el árbitro al capitán de Boca y le dice algo al oído. Los jugadores se reúnen desorientados en el círculo central. El comentarista le pide al reportero en cancha que se acerque por favor, que averigüe qué es lo qué está pasando. Este se acerca, mete el micrófono entre las cabezas de los jugadores, delegados, periodistas, camarógrafos y chismosos, y escucha que el otroequipo no está en el vestuario.

De repente se viene un corte publicitario que se extiende por media hora y da paso al programa de concursos Dígalo Si Sabe. El partido no se juega.

 

14.

Reunidos en torno a un antiguo teléfono digno de la administración pública están don Prondono, Baldani y el jefe de policía. Sus rostros denotan furia y ansiedad. Por el teléfono, en altavoz, se oye a “Bochini”.

—Los once están sanos y salvos… por ahora. El tiempo está de nuestro lado, la bocha es nuestra. La propuesta es clara, Huracán por Klemperer.

Baldani enfurecido golpea la mesa.

—Está bien, se autoriza el canje.

 

15.

El escenario del canje es una cancha de tierra abandonada, triste, dura, seca y polvorienta, en un barrio de arrabal al sur de la ciudad. De un lado de la cancha, la banda. Del otro, las fuerzas de seguridad.

Mariana Fuccile transmite en vivo para todo el país a pocos metros del centro del campo. En un arco hay varios patrulleros, en el otro extremo, un bus escolar. De un patrullero descienden don Prondono, Baldani y el jefe de

policía, sosteniendo a Klemperer esposado y con el rostro desfigurado por la golpiza. Desde el bus descienden en fila los jugadores secuestrados, caminan en dirección al centro del campo. El jefe de policía le retira las esposas a Klemperer y lo empuja para que cruce la cancha.

Los jugadores de Huracán y Klemperer se cruzan en la mitad de la cancha, se saludan con un gesto de camaradería y siguen su camino. De pronto se oye un disparo. Klemperer cae desplomado. Fuccile lo narra entre lágrimas: “El cuerpo sin vida del periodista ha sido trasladado por los integrantes del equipo hacia el micro de los delincuentes y han desaparecido con rumbo desconocido. El fútbol se cobra una nueva víctima”.

 

16.

Plena tarde en el centro porteño. El tránsito está trabado y el calor no se soporta más. Se apagan los carteles electrónicos de la Avenida 9 de Julio y Corrientes y comienzan a titilar todos a la vez. Al encenderse de nuevo unas letras negras dicen:

SE ACABÓ EL JUEGO, NO SE ACERQUEN A LAS CANCHAS

NO JUEGUEN NINGÚN PARTIDO

EL DOMINGO A MEDIODÍA SE ACABÓ LO QUE SE DABA

El domingo siguiente, día en que se jugaría la última fecha del campeonato, las calles amanecieron vacías y los estadios acordonados. Las cámaras registran las canchas vacías cuando de pronto comienzan a explotar los estadios. Estallan

en pedazos. Todos los canales retransmiten en vivo el momento: se derrumban todos y cada uno de los estadios del país.

 

17.

La ruta que une Argentina con Uruguay es surcada por un auto viejo a toda velocidad. Es conducido por un joven de no más de 35 años, acompañado por un copiloto de su edad. Ya están en Uruguay y escuchan la radio local. En el asiento trasero viajan Klemperer y otro joven. Klemperer está vendado y despertando de un largo sueño. Entre él y su acompañante, una máscara de Bochini. El copiloto le dice: “Vos quédate tranquilo. Kámara y Rubén ya saben

todo y están en perfecto estado. Descansá nomás. ¿Querés un mate?”

El comentarista radial dice: “Al término de la primera fecha del campeonato uruguayo de primera división, todos los partidos han terminado empatados cero a cero”.

 

*La banda de los Panzeris es un anticipo del libro Crónicas fortuitas del fútbol que fue (1990-2020), de Simón Klemperer y Sebastián Kohan