CAPÍTULO 1

Estaba solo. Su amigo ya se había ido. Sobre la mesa quedaban los dos vasos de whisky vacíos. Fue hasta la biblioteca y agarró el libro que le andaba dando vueltas por la cabeza desde hacía rato, desde que todo este asunto de la pandemia se había desatado: Realismo capitalista, de Mark Fisher. Se sentó en el sillón individual y buscó el párrafo que había marcado con resaltador amarillo en la página 42: “No hace falta decir que lo que se considera ‘realista’ en una cierta coyuntura en el campo social es solo lo que se define a través de una serie de determinaciones políticas. Ninguna posición ideológica puede ser realmente exitosa si no se la naturaliza, y no puede naturalizársela si se la considera un valor más que un hecho”, decía.

Se paró y caminó lentamente hasta el escritorio. Cada paso que daba le costaba una enormidad. Era como si cien años le hubieran caído de golpe. Se sirvió otro whisky. Siguió leyendo: “Por eso es que el neoliberalismo buscó erradicar la categoría de valor en un sentido ético. A lo largo de los últimos treinta años, el realismo capitalista ha instalado con éxito la ‘ontología de negocios’ en la que simplemente es obvio que todo en la sociedad debe administrarse como una empresa, el cuidado de la salud y la educación inclusive.”

Dejó el libro sobre la mesa ratona abierto en la página indicada. Sabía perfectamente lo que decía el siguiente párrafo, pero quería recordar las palabras exactas. Fue hasta el balcón y miró hacia la calle desierta. La cuarentena que desde hacía dos meses impedía que la gente circulara por la calle era un éxito. El Ubik 20 había cambiado los hábitos de la sociedad. Había puesto las cosas patas para arriba.

Se sentó nuevamente en el sillón, se bajó el contenido del vaso de un trago, tomó el libro y siguió leyendo: “Tal y como han afirmado muchísimos teóricos radicales –radicales en el buen sentido de la palabras, reflexionó y se rió por el chiste que hacía siempre que escuchaba la palabra “radical”–, desde Brecht hasta Foucault y Badiou, la política emancipadora nos pide que destruyamos la apariencia de todo ‘orden natural’, que revelemos que lo que se presenta como necesario e inevitable no es más que una mera contingencia y, al mismo tiempo, que lo que se presenta como imposible se revele accesible. Es bueno recordar que lo que hoy consideramos realista, alguna vez fue imposible”.

–Lo que hoy consideramos realista, alguna vez fue imposible –repitió en voz alta.

Y las imágenes de los últimos cuatro meses se le vinieron encima como un alud que lo desparramaba por la ladera de una montaña. El descubrimiento del virus, su propagación, la pandemia mundial, las muertes, la emergencia declarada en todo el planeta, las cuarentenas, las grandes empresas echando gente, y las medianas y pequeñas peleando por subsistir, la economía mundial en recesión, los cambios en la personalidad en las personas, el sueño de parir al hombre nuevo y de conseguir una refundación de la humanidad. Todo se había ido al carajo después de una video llamada. De un puto Skype. Estaba abatido. Había fracasado. Otra vez. Pero esta vez el costo de la frustración era altísimo. Casi dos millones de muertos y todavía contando. ¿Podría seguir adelante conociendo su responsabilidad en la propagación pandemia? Su amigo, en el fondo, tenía razón. Si no la iniciaba él, hubiera sido cualquier otro. Pero había sido él y no cualquier otro, se repitió una y otra vez como una letanía.

Pensó en terminar con el sufrimiento. Por su cabeza cruzaban mil imágenes. Sus hijos, sus amores, sus amigos, sus compañeros de militancia, la gente con la que había luchado por años en la defensa de los derechos humanos… Había peleado por un mundo más justo y perdido mil veces; y se había levantado novecientos noventa y nueve. Cada derrota, en lugar de desmoralizarlo, lo había fortalecido. ¿Se daría por vencido esta vez? Sabía que su único motor era estar en la trinchera.

Se paró y caminó como un autómata hasta el dormitorio. Buscó el Taurus 410 que guardaba en la mesita de luz. Lo agarró y lo llevó al escritorio. Fue hasta el placar y revolvió en el bolsillo interior del saco azul en donde guardaba la cajita con las balas.

Se sentó frente a la computadora y comenzó a cargar el pequeño revólver negro. Ponía las balas en el tambor una por una, casi como en una ceremonia religiosa. Eran cinco. Las puso todas pese a que sabía que con una sería suficiente. 

Cuando terminó, apoyó el arma en el escritorio junto a la laptop y se echó para atrás en la silla. Miró el cuadro en el que estaban su mujer y sus hijos, todos abrazados y sonriendo. Se inclinó hacia adelante y prendió la computadora en un gesto automático. No pensaba utilizarla. Luego se distrajo ojeando el libro de Fisher. Pensó que tal vez si releía otras páginas encontraría las respuestas que estaba buscando. No halló nada interesante.

En un arrebato tomó el arma y se la puso en el pecho. Cerró los ojos. Todo su mundo se detuvo. Su pasado, su presente y su futuro dependían de que la falange superior de su dedo índice derecho se moviera medio centímetro hacia atrás.

Abrió los ojos y bajó el revólver.

Lo dejó sobre el escritorio.

No era el momento.

Necesitaba estar seguro.

Y no lo estaba.

CAPÍTULO 2

Salí de casa después de quince días de sufrimiento. La tos, el dolor pulmonar y la fiebre me habían tumbado. La había pasado mal. Tanto que por Tetê supe que mis lugartenientes habían comenzado a medir fuerzas para saber quién se iba a quedar con el negocio de la cocaína y la marihuana, con el abastecimiento del gas, la provisión de agua y la venta de la televisión por cable en el caso de que muriera. La favela Santa Helena era un estado dentro del Estado. Jugaba con reglas propias y con las condiciones del mercado que yo imponía. Desde hacía casi 25 años controlaba cada una de las fuentes de ingreso. Nadie se metía conmigo: tenía comprada a la Policía Estadual, a la Policía Militar y a las milicias. Hasta los evangelistas me pedían permiso para realizar alguna acción adentro de la favela.

Miré al sol, sentí como me pegaba en el rostro, abrí los brazos y respiré profundo. Mis hombres, armados hasta los dientes, formaban un semicírculo alrededor de mí. Vigilaban hacia uno y otro lado del morro para detectar cualquier movimiento sospechoso. Esa era mi vida: millonario y poderoso pero aislado. La fortuna que había acumulado alcanzaba para que mis nietos vivieran como reyes sin mover un dedo. Me reía cuando aparecía en los rankings de los criminales más peligrosos del país y de los cien hombres más ricos de Brasil. Las dos eran exageraciones.

Mi ejército personal costaba una fortuna, pero la seguridad siempre había sido cara. Los reales en los bolsillos de mis soldados eran la garantía para que nadie se me acercara. Ni a mí ni a mi familia.

Después de disfrutar del sol durante unos quince minutos regresé a casa. Era un chalet que parecía suspendido en la mitad del morro, blindado y con vista a la Lagoa. Se podía decir que era una fortaleza. Rosa y mis tres hijos tenían cualquier cosa que desearan menos la libertad. Vivían encerrados porque yo no quería correr ningún riesgo. Sabía que la familia era mi talón de Aquiles.

Fui hasta el living y me senté en el sillón. Estaba feliz por la mejora física, pero al mismo tiempo sentía el efecto de la frustración. Nunca me había formulado muchas preguntas, pero desde que la fiebre me atacó, una obsesión se había instalado mi mente: ¿para qué? Esa era la cuestión. ¿Para qué? Y pese a que le daba vueltas al asunto no encontraba la respuesta.

No aguanté más y fui hasta la cocina. Necesitaba hablar. Rosa canturreaba mientras revolvía una cacerola de la que salía un aroma exquisito.

–Rosa –le dije.

Mi esposa se sobresaltó porque estaba distraída.

–¿Puedo hacerte una pregunta?

Me miró como si fuera un desconocido. Yo jamás hacía preguntas, sólo daba órdenes.

–Podés –respondió tímidamente aunque no salía de su sorpresa.

Y le dije lo primero que se me vino a la cabeza, por más estúpido que sonara:

–¿Sos feliz?

La vi dudar. Me imaginaba que no sabía si se trataba de una broma o de otra de las tantas pruebas de lealtad a la que la había sometido durante los 20 años que llevábamos juntos.

–Sí –dijo.

Comprendí que había respondido de manera automática lo que ella suponía que yo quería escuchar.

Traté de ser más persuasivo:

–En serio… ¿Sos feliz?; los chicos, ¿son felices? –insistí.

Rosa vaciló:

–No entiendo –se sinceró.

–Es que estoy agobiado. Hasta antes de la enfermedad, me manejaba sobre certezas. Pero ahora ya no le encuentro demasiado sentido al poder, al dinero… Bah, a nada. Ni siquiera puedo soportar que la gente me tenga más miedo que respeto.

Se puso seria:

–Sigo sin comprender qué querés decirme…

–Que veo las cosas de otro modo.

–¿Y eso significa…? –noté que por alguna extraña razón había entrado en confianza. No era una mujer que bajara la guardia fácilmente. Y mucho menos conmigo.

–Que me gustaría probar ser un hombre ordinario. Que los últimos 25 años no tuvieron demasiado sentido. Me considero… –no encontraba la palabra exacta–. Me considero a mí mismo… como si estuviera vacío –dije.

Rosa miraba fijamente. Me estudiaba.

–Garrincha, ¿vos querés saber la verdad en serio? –preguntó finalmente.

–Sí. Quiero la verdad.

–Bueno –dudó un instante–. No. No soy feliz. Y los chicos tampoco. Daríamos todo lo que tenemos para irnos de acá, para vivir otra vida. Para escapar del miedo.

Suspiré. Tal vez por primera vez desde que estábamos juntos coincidíamos. No dije nada más. Era lo que necesitaba escuchar. Salí de la cocina. Rosa se quedó paralizada, con los brazos en jarra. Me miraba como si fuera un extraterrestre.

Ya en el living observé por el ventanal hacia la Lagoa. Dejé que mi cabeza volara hacia un mundo imaginario. O no tanto. Fui hasta la bóveda que teníamos disimulada detrás de una pared del dormitorio y la abrí. Había allí 4 mil fajos de diez mil dólares, prolijamente apilados. 

Busqué un bolso grande y guardé lo que puede. Entraron 200 fajos. La cuenta era fácil. Para llevarme todo, necesitaba por lo menos 20 más. En la casa tenía de sobra. Subí a la buhardilla y los busqué. Llevé los bolsos a la bóveda. Tardé casi dos horas en embalar.

Luego bajé y esperé en el living hasta pasada la medianoche. Observé durante horas como se movía el segundero del reloj. Rosa cada tanto se asomaba para ver qué hacía. Cerca de las 11, se fue a dormir. Era casi la una de la mañana cuando la desperté y le dije que se vistiera rápido y que preparara a los niños. Íbamos a salir.

Entre sueños alcanzó a preguntar:

–¿Pero adónde vamos?

–Hacia un nuevo mundo –le respondí con una sonrisa.

No preguntó más. Se levantó, se vistió y fue hasta la habitación de los niños.

Busqué el Mercedes rojo, lo saqué del garaje y estacioné enfrente del chalet. No había ni un alma en la calle. Sin demasiado apuro, guardé como pude los 20 bolsos. El baúl no era suficiente. Tomé el que quedaba y caminé amparado por la oscuridad. Fui hasta la casa de Tetê, el jefe de mi custodia. Estaba despierto viendo televisión. Golpeé la puerta y abrió inmediatamente.

Sin decirle palabra alguna le entregué el bolso. Abrió el cierre, miró el contenido y se sorprendió.

–Distribuirlo mañana entre los muchachos –le dije. –Quedate con una buena parte. La merecés.

Dos millones de dólares me parecían un pago justo por los servicios prestados durante tanto tiempo. Sabía que Tetê dejaría contenta al resto de la gente. No le di ninguna otra explicación y volví a casa. Le pedí a Rosa que subiera con los niños al Mercedes. Segundos después trepábamos por el morro hacia la casa de Salvador.

A los diez minutos le toqué el timbre. Dormía. Asomó su carota por la puerta sin entender demasiado. Yo ya había apilado diez bolsos a un costado de la puerta. Salvador los observó:

–¿Qué es eso?

–Veinte millones de dólares. Ocupate de que los reciba la gente de la favela.

–¿Qué decís, Garrincha?

–Que te dejo veinte millones de dólares para que los distribuyas entre la gente de la favela.

–No entiendo.

–Sos la única persona en la que puedo confiar, Salvador. Me voy. Pero quiero que esta plata le llegue a la gente de Santa Helena. Sos inteligente. Vas a encontrar la manera de hacerlo sin correr riesgos.

–¿Pero qué pasa? ¿Te vas? ¿Adónde? –se le atropellaban las preguntas.

–No lo sé –respondí con sinceridad–. Sólo quiero tener una vida distinta, hermano. Esta es la última vez que vas a saber de mí.

Salvador me miraba. No terminaba de comprender en toda su dimensión el sentido de mis palabras.

–Pero no podés irte de un día para otro.

–Lo estoy haciendo –le dije casi con cariño.

Miró hacia el auto y vio a Rosa y a los niños.

–Estoy en un sueño… –dijo Salvador a modo de explicación.

–No, Salvador. Si ahora hay alguien que está soñando, ese soy yo.

–No podés… –repitió.

No lo escuché más. Lo abracé, lo apreté fuerte contra mi cuerpo, le tomé la cara y lo besé en ambas mejillas. Me di vuelta y subí al auto. Aceleré lo más que pude y encaré para el centro de Río de Janeiro. Nos esperaba un largo viaje con destino aún desconocido. 

SEGUNDA ENTREGA: Capítulos 3 y 4

TERCERA ENTREGA: Capítulos 5 y 6

CUARTA ENTREGA: Capítulos 7 y 8

QUINTA ENTREGA: Capítulos 9 y 10

SEXTA ENTREGA: Capítulos 11 y 12