PRIMERA ENTREGA: Capítulos 1 y 2

CAPÍTULO 3

Miró a la cámara que se manejaba desde el control de forma remota y, como un acto reflejo, se acarició la abundante barba canosa de abajo hacia arriba con el índice y el pulgar. Por el auricular, el director anunció: “Tres, dos, uno… Aire…”

Se encendió la lucecita roja de la cámara 2.

Marcelo Doménica observó cómo la cámara se movía lentamente para apuntarlo y puso su mejor cara de circunstancia. Había ensayado ese gesto frente al espejo hasta el hartazgo. Se trataba de una mirada amable, comprensiva, pero enmarcada por un rictus severo. 

Venían de una placa de alerta en el que se anunciaba cómo avanzaba la cantidad de contagiados por el virus que asolaba al mundo desde hacía dos meses. “Ya suman 1 millón 700 mil los muertos por la pandemia mundial”, decía la placa roja en mayúsculas. Lo que no informaba, pensó Doménica, es que había más de 40 millones de contagiados desparramados por el mundo y que la tasa de mortalidad se ubicaba apenas sobre el 4 por ciento de los infectados.

El Ubik 20 había acorralado a la sociedad dentro de sus casas. Un poco por decisión propia de la gente y otro porque el Gobierno había suspendido casi todas las actividades que sumaran más de diez personas en un espacio cerrado. Todo porque la capacidad de contagio del Ubik era extraordinaria: con solo tocar algún objeto impregnado por gotículas emanadas de un contaminado se contraía una enfermedad que primero se manifestaba con fiebre alta y con las señales típicas de una gripe fuerte y luego modificaba casi en 180 grados la conducta de los individuos. Ya no era necesario que a uno le tosieran en la cara para que se contagiase; ocurría por más mínimo que fuera el contacto con los portadores del virus. Así, el planeta con 7 mil 700 millones de habitantes presenciaba ensimismado cómo el virus se desperdigaba por los países como un tsunami incontenible que dejaba muy poco en pie.  

Los síntomas eran claros y precisos: fiebre, mocos, tos, dolor de cabeza y tal vez vómitos o diarrea, pero lo más asombroso era que luego el virus se alojaba en el lóbulo frontal del cerebro y afectaba el movimiento, la concentración, el comportamiento, la personalidad y el humor de las personas. La fiebre y la tos cedían a la semana o los diez días, pero los otros efectos se mantenían en el tiempo y no había medicación para combatirlos.

Las consecuencias secundarias era lo que más preocupaba a los gobiernos, especialmente a las naciones del primer mundo. ¿Cómo se manifestaban? La movilidad de la gente, una vez superada la crisis clínica, se ralentizaba. Los individuos actuaban como si se hubieran fumado varios porros, y de los buenos. Las urgencias quedaban en un segundo plano. Todo se hacía a una marcha menor, como si el tiempo transcurriera de otra manera. Con la concentración pasaba algo parecido. El Ubik 20 transmutaba a los contagiados en seres sin gran poder de especulación. Se vivía el momento, el ahora; la vida se transformaba en una partida de ajedrez sin estrategia, sin la pulsión de querer aventurarse más allá de la siguiente movida. Respecto del comportamiento, la personalidad y el humor, los que salían indemnes de la fiebre, los mocos y la tos se convertían en seres con gran predisposición para las relaciones públicas, la charla agradable y con una imperiosa necesidad de evitar el conflicto.

–Definitivamente estamos ante un cambio de paradigma –improvisó Marcelo ante la atenta mirada de su compañera, Mariela Salamanca–. Poco sabemos de este virus –continuó mientras miraba a cámara con el ceño fruncido–. Hay datos objetivos, por supuesto, como lo pueden ser las cifras de mortalidad que superan el 4 por ciento de los contagiados. De los más de 40 millones de infectados, perdieron la vida un millón 700 mil personas, la mayoría de ellos población de riesgo, es decir personas con diferentes insuficiencias preexistentes que agravaron su cuadro clínico. No lo estamos minimizando, por supuesto. Porque nos compadecemos del dolor y tristeza de las familias de cada una de esas personas que han dejado padres, hermanos, hijos y amigos llorando por su ausencia. Pero así como lamentamos esas muertes, estamos obligados a decir que no hay que entrar en pánico, no estamos frente a una enfermedad como el Ébola, que tiene una tasa de muerte que ronda el 80 por ciento de los contagiados. Y justamente porque afirmamos que no se trata de una enfermedad extrema, hay que expresar que no tenemos aún certezas de los daños colaterales que este mal puede generar a largo plazo. Sí sabemos las consecuencias a corto plazo, los cambios de personalidad que mucha gente ha desarrollado, pero es necesario alertar acerca de que esas modificaciones no han seguido una línea de acción constante… –cerró Doménica para darle paso a su compañera. Mientras el productor del programa le vociferaba por la cucaracha: “Seguí por ese lado que medimos más de doce puntos y le ganamos por siete a Todas las Noticias”.

–Es cierto –suscribió Mariela, con quien compartía la conducción del noticiero del Canal 69 desde hacía dos años. El éxito en el rating alcanzado por la pareja había obligado al canal a llevar el noticiero a sus diferentes plataformas de streaming, lo que lo había convertido en el más visto de la Argentina, incluso más que los de las señales de aire. Mariela hizo un silencio dramático, tal como acostumbraba, un gesto que le daba gran rédito entre los espectadores. Tres segundos después cerró la idea–. Los cambios de personalidad que han sufrido millones de personas han diferido y esto es lo que nos tiene más desconcertados. Estamos presos de la incertidumbre. Y la incertidumbre no es la mejor de las sensaciones para la raza humana, que siempre está buscando respuestas y previsibilidad.

–Exacto –le dio la razón Doménica–. No sabemos aún si un canalla se convierte en una buena persona o viceversa; o si un avaro se transforma en alguien generoso o es al revés. Sabemos que los miserables se han tornado, en su mayoría, y con la salvedad de no poder hacer un chequeo cuantitativo ni exhaustivo para confirmarlo, en mejores personas. Los que antes de contagiarse eran buenas personas, ¿han mantenido esa conducta? ¿La han profundizado? Ya hemos realizado notas con empresarios que tras padecer la enfermedad les han dado a sus empleados participación accionaria en las compañías para que también sean parte de la toma de decisiones y del reparto de las ganancias. Pero, ¿es eso lo correcto? ¿Qué será del capitalismo tal como lo conocemos hoy? ¿Acaso no le tememos a una nueva matriz económica? ¿Nos tranquiliza un cambio de paradigma? Bien lo dijo Mariela –y la miró para habilitarla a hablar–: estamos acorralados por la incertidumbre.

–La confusión atrapa a los seres humanos –aportó Mariela mientas se acomodaba un mechón rubio que le tapaba la mitad de la cara–. Y la confusión es la puerta de entrada al miedo. Y el miedo paraliza. Todos queremos saber más y mejor qué es lo que nos va a pasar. Y no conocer nuestro futuro cercano nos hace más vulnerables. Si se llegara a confirmar la tendencia, ¿es apto el mundo para ser habitado sólo por buenas personas? ¿Y qué pasará con aquellos que no se contagien? ¿Acaso no necesitamos también de los miserables y de los avaros para que la economía se ponga en marcha, para mantener viva la llama de los conflictos? ¿Estamos preparados para ser felices? ¿Qué nuevos problemas nos generará vivir en un mundo sin confrontaciones?

Ambos se miraron. Las preguntas de Salamanca habían calado hondo en Doménica.

Mariela y Marcelo hacían una buena pareja. Durante años habían puesto en crisis las verdades impuestas, habían enfrentado el sentido común más ramplón y combatido contra el lucro salvaje del capitalismo y las diferentes fobias; se habían opuesto a que la sociedad anduviera por la calle armada para llevar adelante lo que algunos llamaban justicia por mano propia, defendido la lucha de los refugiados que escapaban de las hambrunas, de las guerras y de las plagas para asilarse en los países más ricos; se oponían a la xenofobia, al rechazo racial, al clasismo…

Cada una de las injusticias que Mariela y Marcelo percibían en el mundo era abordada desde el noticiero con la mayor seriedad que les permitía el formato televisivo. Y como el rating era generoso, casi nunca recibían llamados de los dueños o de la gerencia del canal para hacerles alguna bajada de línea. También habían sido acusados de ser políticamente correctos, progresistas de manual, de no sacar jamás los pies del plato, de orinar agua mineral Evian en cada una de las transmisiones. Tanto que a Doménica lo habían insultado más de una vez por la calle.

–Ya te vas a quedar sin laburo el día que un senegalés ocupe tu lugar, viejo pelotudo –fue el último insulto que había recibido hacía tres meses, cuando la pandemia todavía no se había declarado y las calles de la ciudad aún estaban plagadas de gente que únicamente observaba lo que pasaba a dos centímetros de su ombligo. A Doménica, aquella vez, le había dolido menos el mote de pelotudo que el de viejo. Tal vez porque en el fondo, el tipo tenía razón. Estaba por cumplir los 65 años y sentía los achaques del cuerpo. Lo de pelotudo, se había dicho a sí mismo, es discutible. Pero lo de viejo, era incontrovertible.

Marcelo pensaba mientras Mariela filosofaba sobre los cambios existenciales que se sucedían en la humanidad. En algún momento llegó a escuchar que citaba El ser y la nada. Y compendió que lo que planteaba Mariela era verdad: ¿estábamos listos para no luchar contra nada ni nadie? ¿En qué se convertiría su vida, la de Marcelo, en caso de no tener que defender a las minorías, a los oprimidos, a los olvidados por el sistema?

El miedo le recorrió la espina dorsal. Su trabajo peligraba si no se detenía la pandemia, si el mundo se convertía en un lugar más justo; todo lo que había construido a lo largo de 40 años de carrera se iría al demonio. Ya no sería un periodista necesario. Ya no habría nada más por denunciar. Ya no tendría su espacio en los medios de comunicación para defender a la sociedad de las muchas injusticias que la asolaban. Sería un muerto en vida. Estaba condenado a convertirse en un jubilado más, dedicado a cultivar begonias y a mantener viva la huertita para hacer alguna comida los fines de semana con los pocos amigos que no se olvidaran de él. Y lo más grave era que él era protagonista principalísimo de todo lo que se estaba jugando en el mundo. Era como si el propio Doménica, sin quererlo, se estuviera cavando su propia fosa.

–Último momento –gritó Roberto Sosa, el productor, por la cucaracha que Doménica tenía en su oído derecho. Sosa, como siempre, estaba excitadísimo. –Miren los teléfonos. Les pasé un link con algo que acaba de ocurrir.

Mariela y Marcelo aprovecharon que el director pasaba imágenes de archivo de lo que ocurría en Nueva York, más precisamente en Washington Square, donde decenas de miles de personas vestidas de blanco cantaba “Imagine”, de John Lennon, mientras agitaban velas. En Estados Unidos no se había restringido la libertad de movimientos y la gente deambulaba por las calles como si nada estuviera sucediendo. Marcelo abrió el link:

El presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, contrajo Ubik 20”, decía. Luego se desarrollaba la noticia.

Brasilia: El presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, dio positivo de Ubik 20. Fuentes gubernamentales declararon que Bolsonaro está internado en la residencia presidencial, bajo cuidados intensivos. Padece fiebre y tos y se teme, por su delicada condición física tras el atentado sufrido antes de las elecciones que le ganó al candidato del Partido de los Trabajadores, Fernando Haddad, que la infección se transforme primero en una bronquitis y luego en una neumonía.

Bolsonaro es el primer líder mundial en contraer el virus, lo que genera una profunda incertidumbre en el resto de los presidentes del planeta. Es importante consignar que Bolsonaro se reunió hace apenas diez días con el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, a raíz de los acuerdos bilaterales firmados por Brasil y Estados Unidos.

El periodo asintomático del Ubik 20 alcanza hasta los 38 días, por lo cual existen serias sospechas de que Bolsonaro ya fuera portador en el momento de reunirse con Trump. Como se sabe, la cadena de contagio del Ubik 20 es infinita, ya que, aun en el momento asintomático, los portadores son capaces de infectar a otras personas.

En Brasil se está evaluando poner en cuarentena a toda la cúpula del gobierno.

En el Palacio de Planalto se analiza minuciosamente la agenda de Bolsonaro, ya que así se identificará con quiénes tuvo contacto en los últimos 40 días, es decir desde el momento mismo en el que podría haber contraído el virus.

Otros de los mandatarios que tuvieron contacto con Bolsonaro fueron la presidenta provisoria de Bolivia, Jeanine Áñez, y el presidente de Ecuador, Lenín Moreno, con quienes también firmó acuerdos comerciales hace apenas tres semanas.

Las preocupaciones del Gobierno de Brasil no solo se circunscriben a la agenda internacional de Bolsonaro, sino también a la local, ya que ha tenido contacto con diputados, senadores, ministros y hasta con el vicepresidente Hamilton Mourão. Ampliaremos…

–Vamos con la barrida y largamos el alerta –sonó la voz de Roberto en el auricular.

Mariela y Marcelo se miraron.

“Tres, dos, uno… Barrida…”, dijo el director.

Mariela y Marcelo se perpararon para desarrollar la noticia que conmovería al mundo.

La luz roja de la cámara 2 se encendió.

 

CAPÍTULO 4

El doctor Klaus von Strasberg, director ejecutivo de Organización Mundial de la Salud, ingresó en la sala de reuniones con aire cansino. El alemán medía casi un metro 90 pero era flaco y delgado como un alambre. Era más que evidente que el gimnasio nunca había estado dentro de sus preferencias. El pelo canoso, la tez pálida y los surcos con arrugas que le cortaban la cara en mitades le otorgaban cierto aire respetable. Era, además, un científico reputado. Y mucho más que eso: un político que jugaba a la mancha con los aviones.

Caminó ante la atenta mirada de los colegas que ocupaban los doce lugares reservados para los directores. Los apóstoles, los llamaban. Se sentó, tomó un trago de agua, carraspeó para darle solemnidad al momento y fue directamente al grano:

–¿Estado de situación? –preguntó sin dirigirse a nadie en particular.  

El congoleño Albert Camolu tomó la palabra:

–Tenemos 40.532.232 contagiados de Ubik 20 y 1.712.345 muertos. Con estos números, la tasa de mortalidad alcanza al 4,224 por ciento. Un dato que también tenemos en cuenta es que ya se recuperaron 10.674.243 personas, algo más del 25 por ciento de los infectados. Ahora estamos realizando un seguimiento de esos 28 millones de enfermos y con el pico de personas que están en cuarentena, recluidas en sus casas u hospitalizadas, dependiendo del cuadro de gravedad.

Von Strasberg intervino:

–Es altísima la tasa de mortalidad respecto de los números iniciales –dijo.

–Pero es falsa –replicó Camolu–. Estamos ante un problema grave porque no contamos con los reactivos necesarios para evaluar a toda la población de los 190 países involucrados en la pandemia, teniendo en cuenta que el Ubik es también asintomático. Esta situación nos genera tres problemas: 1) No tenemos estadísticas confiables. 2) Una progresión lógica indicaría que estamos ante un número mayor de contagiados que rondaría los 120 millones de personas y 3) Como hay pacientes asintomáticos se nos hace muy difícil aislar el virus y poner en cuarentena a los portadores. Eso es lo que nos ocurrió en algunos países como España, Italia, Francia, Reino Unido, Brasil y Estados Unidos, donde el virus circuló libremente por las calles hasta que los gobiernos, salvo los de Bolsonaro y Trump, tomaron medidas extremas de aislamiento colectivo por un lapso que va de los 45 a los 60 días.

–Si, como usted dice, habría alrededor de 120 millones de contagiados, eso haría disminuir la tasa de mortalidad –lo interrumpió Von Strasberg.

–Sí. Caería al 1,426 por ciento, que estaría dentro de los parámetros que nos habíamos planteado originalmente.

–Pero igual, si no paramos la cadena de contagio y tomamos como real la previsión de que se infectará el 80 por ciento de la humanidad, la cifra de muertos sería escalofriante –dijo desde otro costado de la mesa el representante de Italia, Giuseppe Molteni. Su país padecía un calvario de muertes, ya que el sistema de salud estaba desbordado y los pocos médicos que quedaban activos, ya que el 50 por ciento estaba en cuarentena por haberse contagiado, se veían en la disyuntiva de elegir a quiénes les ponían los respiradores artificiales y a quiénes dejaban morir sin asistencia mecánica.

Un silencio sepulcral reinó en la sala. Todos estaban haciendo números mentalmente.

–Estamos hablando de 6 mil millones de personas contagiadas –confirmó Molteni, que ya había hecho las cuentas.

–Y más de 84 millones de muertos –afirmó Camolu.

El más longevo del grupo, el sueco Olaf Johansen, revisó sus papeles:

–La pandemia moderna más grande que padeció la humanidad dejó entre 40 y 60 millones de muertos con una población de 1.800 millones de habitantes y 300 millones de contagiados. Fue en 1918, lo que muchos conocen como la gripe española. La tasa de mortalidad superó el 10 por ciento de los infectados y al 3,33 por ciento de la población mundial. También podría hablarles de la peste negra o la peste bubónica, que ocurrió en el siglo XIV, en 1347, pero no sería demasiado serio porque no hay cifras epidemiológicas certeras por dos razones: no existían las herramientas para cuantificar la gravedad y se extendió por más de un lustro. Los números estimativos consignan 30 millones de muertos, que son tasas infinitamente más altas que las actuales porque se trataba de mundo menos poblado y, por supuesto, con menos recursos científicos para combatir las enfermedades.

Von Strasberg agradeció los datos que ya conocía, pero que probablemente eran novedosos para muchos de los allí presentes, al menos el detalle de las cifras.

–¿Pudimos conseguir alguna precisión más en este tiempo? –preguntó Von Strasberg para no irse del tema que los ocupaba.

Tomó la palabra la representante de Francia, Marielle Andrea:

–Un detalle no menor es que el Ubik 20 no afecta a los menores de 15 años. Y si tienen síntomas, lo que casi nunca sucede, son muy leves. Es como si los niños fueran inmunes al virus por alguna razón que todavía no podemos explicar. Ni siquiera podemos confirmar que sean portadores y por lo tanto transmisores inmunes. Con esto quiero decir que los niños podrían ser tranquilamente los que están contagiando a los adultos. Es como si la naturaleza hubiera declarado una depuración natural, para preservar a los más jóvenes y sanos y desechar a los más viejos y a los más enfermos.

–Parece que el mundo civilizado quedó atrapado por la ley de la selva: la supremacía de los más fuertes –reflexionó Camolu, que algo sabía del dominio de los más fuertes sobre los más débiles.

“O por las leyes del capitalismo más salvaje”, pensó Von Strasberg, pero prefirió guardarse para sí mismo la reflexión

–Lo que me parece inadmisible es que todavía no hayamos encontrado al caso cero. Tenemos los recursos del mundo a nuestra disposición y aún no estamos siquiera cerca de saber dónde comenzó esta puta pandemia. Tengo a los líderes del mundo colgados de los huevos –dijo Von Strasberg ya sin tanta compostura, mientras pegaba un puñetazo sobre la mesa ovalada–. Ni siquiera les pido el país. ¡¡¡Por lo menos necesito el continente!!!

La bioquímica Marissa Sosa, hija de inmigrantes dominicanos pero alemana hasta la médula, tomó la palabra sin levantar la voz. Sabía que la ira de Von Strasberg se podía volcar en su contra. Y nadie quería tener a Von Strasberg como enemigo dentro de la organización:

–Tengo alguna teoría, aunque todavía no estoy en condiciones de desarrollarla porque necesito confirmar algunos datos –dijo Marissa.

Von Strasberg intentó recuperar la compostura. Carraspeó, se tiró hacia atrás en el sillón de amplio respaldo y miró hacia la ventana que daba al estacionamiento de la Avenida Appia. Sólo había dos autos en la línea, lo que le llamó la atención. ¿Cómo habían llegado los directores a la reunión si había tan pocos vehículos en el estacionamiento? No se los imaginaba en el transporte público. Buscó concentrarse otra vez. La tensión en el ambiente se cortaba con un cuchillo.

–Te escucho, Marissa –dijo Von Strasberg en un volumen casi inaudible.

–Hay dos hipótesis que indican que el antígeno se generó por una mutación de un virus que anidaba en las palomas o que proviene, como es más común, de los murciélagos. Todos sabemos que las palomas y los murciélagos son portadores de innumerable cantidad de gérmenes y que son especies que están esparcidas por el mundo.

Marissa miró a Johansen y agregó:

–Son la versión siglo XXI de lo que eran las pulgas en la Edad Media.

–Así es –confirmó Johansen–. Fueron las pulgas las que propagaron la peste bubónica.

Vos Strasberg sintió que un fuego le quemaba el estómago. Pero mantuvo la calma. No le estaban diciendo nada que lo asombrara.

–No aportás nada nuevo, Sosa. Todos sabemos que en la antigüedad los bichos e insectos que transmitían los virus eran las ratas y las pulgas y en la modernidad lo hacen las palomas y los murciélagos –dijo sin levantar la voz ni perder la calma.

–Es cierto. No aporto nada nuevo, pero puedo hacerlo. Desde hace semanas defiendo ante mis colaboradores más cercanos la hipótesis de que el virus se gestó en Buenos Aires, Argentina. Y soy mucho más partidaria de pensar que fueron las palomas y no los murciélagos las que se lo traspasaron a los humanos. Estoy elaborando una teoría que no me animo a comentar ahora porque muchos de ustedes podrían suponer que carece de seriedad. Por eso necesitaría hacer algunas pruebas más para darles a mis sospechas un carácter empírico primero y científico después.

Von Strasberg se sorprendió. Nunca hasta ese momento había escuchado la hipótesis de que todo pudiera haber empezado en Buenos Aires.

–¿Y por qué Buenos Aires? –preguntó intrigado.

–Estamos haciendo un cruce de datos que no sólo está relacionado con cuestiones médicas porque es imposible saber en qué lugar comenzó esta pandemia, si sólo queremos investigarlo desde un costado clínico.

Von Strasberg se interesó en el asunto. Era un científico que sustentaba sus conocimientos en el trabajo de laboratorio, pero sabía que esta vez había que permitirse abordar el caso desde otras disciplinas, porque el efecto que el virus causaba en los humanos era muy extraño.

–Podés ser más precisa, Marissa–. Todos los presentes notaron que Von Strasberg había cambiado el Sosa por el Marissa para dirigirse a su colega–. ¿Qué otras disciplinas estás abordando? –preguntó sin el menor dejo de ironía.

–Por supuesto que tenemos el trabajo de laboratorio. Pero estamos cruzándolo con otras variables más vinculadas a acciones de campo.

–¿Qué otras disciplinas estás abordando? –reiteró la pregunta Von Strasberg, ahora sí dejando entrever cierta impaciencia.

Marissa se puso colorada de vergüenza. No era una situación que extrañara a sus colegas. Siempre se ponía bordó cuando Von Strasberg la azuzaba.

–Matemática, psicología, filosofía, derechos humanos y política –dijo sin dudar, lo que dejó muy claro que tenía preparada la respuesta de antemano.

Se escuchó un murmullo en la sala. Las miradas giraron hacia la cabecera de la mesa. Nadie tenía ni la más remota idea de qué era lo que le podía decir el director de la organización a su directora más joven después de escuchar cómo había abierto el campo de sus investigaciones.

La reacción de Von Strasberg los dejó a todos con la mandíbula por el piso. 

–¿Y cuándo pensás tener algo concreto? –dijo con tranquilidad y sin indagar las razones por las que Marissa había elegido esas especialidades. Eso no quería decir que no tenía cien consultas para hacer, pero prefirió callar. Con el tiempo había aprendido que cuando no había algo interesante para decir, lo mejor era hacer silencio. Y que un director que se precie de tal, jamás muestra debilidades ante sus subalternos. Una pregunta en ese sentido lo podría haber dejado en una posición incómoda, fundamentalmente porque no tenía ni la más remota idea de por qué Marissa había ido hacia ese lado.

–Dos semanas. En dos semanas puedo obtener respuestas.

–Dos semanas es mucho tiempo. Ya te dije que tengo a los líderes del mundo llamándome por teléfono todos los días…

–Una semana –se arriesgó Marissa. –En una semana puedo tener resultados preliminares. Pero si queremos achicar los tiempos voy a necesitar más colaboradores porque necesito hacer muchas pruebas y numerosos cruces interdisciplinarios.

–Hablá con Martins y pedile lo que necesites. Pero en una semana quiero que me traigas alguna respuesta convincente.

Von Strasberg había sido preciso en la utilización de las palabras. No le estaba pidiendo una verdad o revelación exacta. Estaba pidiendo que le dieran alguna explicación verosímil para defenderse ante los incesantes llamados que recibía. Ni siquiera dejó entrever la posibilidad de hacer una comunicación oficial de la OMS para llevar calma a la humanidad. Sólo quería argumentos para apaciguar a las fieras que lo estaban cercando en su jaula de oro.

El director dio por terminada la reunión:

–Seguimos en estado de alerta y con entrevistas presenciales o por video conferencia cada doce horas. Marissa queda relevada de venir. Ponemos todas nuestras esperanzas en tus investigaciones –le dijo mirándola a los ojos– ¿Alguien tiene algo más para aportar?

Los demás directores bajaron la cabeza e hicieron silencio. Alguno de ellos se compadeció de Marissa. Si efectivamente en una semana no conseguía alguna contestación convincente, sería eyectada de la OMS sin escalas. Von Strasberg, además de pedir soluciones, necesitaba alguien a quien responsabilizar en el caso de no obtenerlas. Y Marissa le estaba dando una excelente oportunidad. Muchos ya habían aprendido que no se debía prometer lo que uno no tenía certeza de que iba a cumplir. Y estaban convencidos de que Marissa se había dejado llevar por el entusiasmo. La mayoría de los allí presentes querían conservar sus lugares de trabajo a cualquier precio porque eso les garantizaba un abultado salario en euros y los contactos apropiados con los laboratorios médicos para luego seguir una exitosa carrera en el ámbito privado.

Las doce personas cerraron las carpetas casi al unísono y se levantaron.

En silencio abandonaron la sala. 

La última en salir fue Marissa Sosa.

Von Strasberg permaneció sentado y volvió a mirar hacia el estacionamiento del edificio. Otra vez reparó en los pocos autos que estaba estacionados. De pronto sonrió como si hubiera tenido una idea genial: se imaginó que la mayoría de los científicos se estaban movilizando en bicicleta y quedó satisfecho con su conclusión.

TERCERA ENTREGA: Capítulos 5 y 6

CUARTA ENTREGA: Capítulos 7 y 8

QUINTA ENTREGA: Capítulos 9 y 10

SEXTA ENTREGA: Capítulos 11 y 12